Los de ruana

Por: Andrés Felipe Castañeda.—

Gran impacto me causó el reportaje Encuentro con los “guerrilleros bajo la ruana” (El Espectador, 13-04-14) escrito por don Fidel Cano, director del periódico. El calificativo de “guerrilleros bajo la ruana” va entre comillas por ser la manera como el doctor Fernando Londoño, representante de una godarria intransigente, se refiere a los campesinos del Sumapaz que piden la creación de una Zona de Reserva Campesina (ZRC).

Visibilizar las luchas por la tierra de las comunidades es, además de importante, una obligación de los medios de comunicación. Sobre todo cuando se trata de grupos poblacionales como este, ampliamente estigmatizado. Las Zonas de Reserva Campesina resultan peligrosas para poderosos grupos económicos –arduos defensores del latifundismo, el monopolio, la concentración de la tierra y contrapuestos a las economías populares y a la repartición equitativa de los medios de producción- por considerar que serán asideros de las Farc o que fungirán como “repúblicas independientes”. Esa misma excusa –la de las repúblicas independientes, sumado al “fortalecimiento de la autoridad del Frente Nacional”- la usó el Estado para bombardear Marquetalia hace 50 años, lo cual desencadenó el surgimiento de las Farc. Pero eso es otra historia.

Esas acusaciones son perniciosas e irrespetuosas porque desconocen la capacidad de las comunidades campesinas para liderar sus propias luchas y la búsqueda de soluciones a sus problemáticas, reduciéndolas a voceros de la insurgencia.

Entre tanto, la presencia del Estado se limita a la permanencia del Ejército en estos territorios. Pretende, pues, ejercer autoridad por medio de la fuerza. Es apenas natural entonces que estos campesinos desconfíen de la Fuerza Pública: más que respeto, los soldados con sus fusiles siempre preparados infunden temor.

En el reportaje, se afirma que el trámite para la ZRC está cumplido hace más de un año. Solo falta la audiencia pública, pero esta ha sido aplazada en varias ocasiones por caprichos enteramente burocráticos. Lo que los pobladores de esta localidad de Bogotá están pidiendo no es nada revolucionario, simplemente piden –aunque deberían exigir- que se cumpla la ley.

Justo ahora que se habla de la inminencia de un nuevo paro agrario que quizás se prolongue más que el del año pasado, hacer visibles estas situaciones contribuye a desmontar los mitos que se tejen en torno a ellas. La lucha por la tierra, la autonomía y la soberanía alimentaria no son afirmaciones de la guerrilla. O como le dijo Aracely Romero a don Fidel Cano: “… Y si defender el territorio es ser guerrillero, el mundo se está llenando de guerrilleros”.

Esa consigna, sencilla y elocuente de defender el territorio evidencia una profunda conciencia política que ha llevado a los campesinos del Sumapaz a comprender la rotunda importancia de la organización social. “Aprendimos de nuestros antepasados  cómo se organizaban para defender lo suyo. No tenían tierra, pero tierra había. Y no la iban a tener sino organizándose. Hoy es lo mismo…” dice Gustavo Delgado.

Tal vez eso, la organización social, fue lo que logró la consolidación y cohesión del paro agrario y popular que el año pasado sacudió al país. En la plaza pública se juntaron muchas minorías sociales organizadas que no habían notado la importancia de sumarse. Puede que este sea un primer paso para la transformación social, política y económica que necesita Colombia. Además, quedó demostrado que la organización social sumada a la movilización ciudadana y al trabajo conjunto pueden hacer tambalear un gobierno y construir una sociedad verdaderamente democrática.

Los campesinos del Sumapaz constituyen un ejemplo de perseverancia y organización popular digno de ser replicado en otros lugares del país. Ellos ya cumplieron su parte, falta que el Estado haga la suya.

@acastanedamunoz   

 

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