Miedo

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Quiero suponer que, ya que la suerte está echada, podemos al menos sacar como provecho de esta situación que tenemos todas las cartas sobre la mesa. Quiero pensar que el desespero que se ha apoderado de todos es la última etapa de esta esquizofrenia que llamamos país. Quiero pensar que está cerca el día en que Colombia se pueda llamar Colombia y no “Locombia”, o “Cocalombia”, o “La Patria Boba”. Quiero pensar que un día, la indignación durará más de un día, o que al menos el silencio no va a terminar de sepultar en vida a las víctimas. Quiero pensar que este país de tierras tan ricas e hijos tan pobres dejará de ser finalmente el retrato de sucesivas tragedias, el recuento de fechas tristes, la expectativa del hierro que mata.

Quiero pensar que un día –cualquier día, cualquier noche, pero que sea pronto- Colombia se quitará el miedo de encima y así, finalmente, con dos siglos de retraso, pueda ser un país que haga a sus hijos dignos de vivir, como lo dijo el poeta nadaísta.

El miedo es un instrumento de dominación altamente efectivo. El miedo se transmite, se difunde, se amplifica, pero, sobre todo, posee una característica que lo fortalece y lo prolonga en el tiempo: se hereda. Así, una generación heredó los miedos de la anterior y junto con ellos se fueron sumando las violencias, las masacres, los desplazamientos, las torturas y el país se fue llenando de fantasmas que no lo dejaban dormir ni respirar.

Ha habido, por supuesto, quienes entiendan esto con fatal precisión. Porque sucede que en Colombia hasta el miedo tiene dueño pero sus apoderados no se lo quedan. Lo reparten, lo infunden, lo inyectan. Y este hace su trabajo. Los dueños del miedo (que son dueños también de casi todo lo demás digno de ser apropiado en esta tierra) han sido siempre más o menos los mismos. Los que por temor –o por ambición, o por las dos cosas, vaya uno a saber- se negaron a la reforma agraria de 1936; o los que temieron el final de los días si Jorge Eliecer Gaitán se hacía con el poder y por ende auspiciaron la violencia que empujó al país a la ambición del Frente Nacional y, cuando sintieron su poder tambalear, no dudaron en propiciar el fraude esa noche amarga del 70 que terminó fortaleciendo la guerra y sus desmanes; los que pretendieron detener la violencia que se les había venido encima también a ellos financiando paramilitares en los 80’s; los que usufructuaron la violencia narcotraficante de los 90`s; los que permitieron la escalada de las autodefensas cuando el siglo XX agonizaba y el XXI apenas veía la luz en este país como un neonato sin futuro… los que hoy publican fotos de desmanes, de soldados muertos, los que hablan del cataclismo mientras ambicionan empujarnos afanosamente al abismo de la guerra sin final.

Debería entonces Colombia negarse a estampar su firma en el documento de sucesión de esta herencia fatídica y silenciosa.

Quizás sea ese el primer paso para hacer la paz, no en el papel, sino en la tierra, que es de donde debe nacer. Quizás así este país, que es de todos aunque muchos no tengan escrituras sobre él, pueda empezar a recorrer el camino que lo aleje para siempre de la imagen fatal de saberse resignado al afán de escapar del ruido de la guerra y de estar cansado de tanto ir arrastrando tristezas. Pero, como dice el refrán popular, toca hacerle sin miedo.

@acastanedamunoz 

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