Nuevas imágenes del 9 de abril

Por: Eduardo Mackenzie.– (*)

“Cesó la horrible noche”, el documental de 24 minutos de Ricardo Restrepo Hernández (1) sobre la tragedia del 9 de abril de 1948, es una novedad audiovisual. No tanto por la interpretación de lo que ocurrió en ese aciago día en Bogotá, sino por  las secuencias fílmicas inéditas que contiene, tanto de los momentos iniciales del violento intento de golpe de Estado como  de los resultados físicos y morales de los pavorosos cuatro días de terror y destrucción comunista que siguieron.  

Esas interesantes imágenes –filmadas por Roberto Restrepo Ramírez(1897-1956), un médico, escritor y filólogo caldense radicado en Bogotá–,  dormían en los archivos privados de su familia hasta que un día Ricardo Restrepo, nieto de don Roberto, las descubrió y decidió sacarlas del anonimato.  El “ensayo documental” que salió ese esfuerzo obtuvo tres premios, incluido uno de la Cinemateca Distrital de Bogotá en 2012.

Ese trabajo muestra el gran contraste que existió entre la Bogotá próspera y optimista de 1945 y la Bogotá destruida y postrada que dejaron los instigadores y ejecutores del 9 de abril de 1948, una minoría bien organizada y comandada desde el exterior que quiso, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, acabar  con un gobierno legítimo y quebrar el destino democrático de la nación colombiana. Por fortuna, la acción decidida del presidente  Mariano Ospina Pérez y de las Fuerzas Armadas puso fin al falso y sangriento alzamiento “popular”.

Captadas por Roberto Restrepo, las imágenes de la pacífica capital y  de otras ciudades y pueblitos –algunas tomadas a bordo de un avión DC 3 de Avianca–, años antes del Bogotazo, son de gran interés. También él filmó a agricultores de la zona cafetera, a niños y campesinos pobres. Con cierta sensibilidad social, el contrasta esas imágenes con las de sus amigos y de su propia familia, gente cultivada, emprendedora y alegre. Pero Roberto Restrepo dejó algo más que un retrato de familia. Esas imágenes resuenan como un eco lejano de los diez millones de colombianos que ingresaron en esos días, sin saberlo, en un periodo internacional y nacional tumultuoso.

Los comentarios en off que acompañan las imágenes son de dos narradores diferentes y se mezclan de manera confusa. Hay frases de Roberto Restrepo, tomadas probablemente de su libro “Nueve de abril, quiebra cultural y política”, y hay otras de Ricardo Restrepo. Son dos niveles discursivos distintos. Empero, los dos coinciden en algo: en no tomar partido en el debate acerca de quién fue el responsable de esa gran tragedia.

Roberto Restrepo estimaba que el 9 de abril había sido un crimen de los propios colombianos, al decir: “De estos días de locura y de crimen vuelve uno a la realidad (…), a la zozobra, por la suerte de esta patria futura, con la infinita vergüenza de ver lo que somos”. Su nieto no contesta ese curioso enfoque aunque tampoco se atreve a desarrollarlo. Ante el torrente de falsas explicaciones y de verdades a medias que destilan desde 1948 las pitonisas mamertas, que pretenden ocultar el papel de Moscú en ese horrible putsch, y gesticulan que el Bogotazo fue, por el contrario, obra de “la oligarquía colombiana y del imperialismo yanqui”, la prudencia tanto de Roberto como de Ricardo Restrepo es sumamente loable. Ricardo, en un momento,  reitera que no sabe “si fue la CIA o si fueron los comunistas” los causantes de tanta desdicha.  

Empero, si Ricardo Restrepo hubiera tratado de ir más lejos en su investigación, habría podido ver en el 9 de abril un crimen no de los colombianos, sino de una potencia extra continental que creía que Washington preparaba una nueva guerra mundial contra ella, razón por la cual todos los atentados contra los intereses de Estados Unidos, dentro y fuera de ese país, eran legítimos.

Stalin decidió sabotear la política de solidaridad continental que los Estados Unidos  y los gobiernos de América Latina habían adoptado y que iban a ratificar en la novena  conferencia panamericana, reunida en Bogotá. Moscú sabía que el panamericanismo sería un obstáculo a        su penetración en el continente, así como lo sería, y de qué manera, en los años siguientes, el Plan Marshall para Europa. El Plan Marshall, logró, en efecto, frenar la expansión imperialista de la URSS sobre el Viejo Continente, tras sus exitosos asaltos contra la democracia en Europa del Este.

Roberto Restrepo no aborta esta temática. Su mirada del 9 de abril es localista. Como la opinión pública de la época, el ignoraba probablemente todo acerca del  terrible papel jugado por los saboteadores profesionales que fueron enviados de Europa a Bogotá, semanas antes del magnicidio, para organizar y explotar políticamente la muerte violenta de Gaitán,  sabotear  la IX Conferencia Panamericana, destruir el centro de Bogotá, sacar vivo o muerto  al  general Marshall, derribar el gobierno legítimo e imponer una junta de gobierno con liberales y comunistas. El plan era repetir lo hecho con éxito durante la guerra civil española y en países como Hungría y Checoslovaquia, donde las facciones liberales fueron manipuladas como trampolín para desbordarlas enseguida mediante la fuerza para erigir “democracias populares”.

Tras el fin de la segunda guerra mundial, la agresividad de la Rusia totalitaria estaba ya en su  fase más alta. El 9 de abril no fue sino un eslabón de su dinámica de agresiones a escala planetaria, la cual incluyó en ese periodo, entre otros hechos, su abuso del derecho de veto en la ONU, su sabotaje de la conferencia del desarme, su bloqueo de Berlín y sus agresiones militares ulteriores en Corea e Indochina. 

No, el 9 de abril de 1948, no fue el resultado “de lo que somos”, como pensaba Roberto Restrepo, sino de lo que nos hicieron a los colombianos.

El doctor Roberto Restrepo estimaba que “la mayor parte de los muertos que entre las calles quedaron fue obra de la chusma misma cuando se disputaba el botín”. Es verdad que el populacho, llevado al desenfreno por las prédicas sectarias de esa época –a las cuales Gaitán contribuyó de manera principalísima–, cometió ese día muchas muertes. Sin embargo, el documental no explica el por qué de la masiva  violencia contra los edificios públicos, los tranvías, las iglesias, los centros educativos y las sedes diplomáticas.  Ebria y desesperada, la “chusma” no pudo haber hecho eso ella sola. Hubo, por el contrario, un plan y unos recursos técnicos y humanos muy precisos para realizar esas destrucciones, para dividir y neutralizar la fuerza pública e intentar el derrocamiento del presidente Ospina Pérez, cuyo palacio alcanzó a ser incendiado, como lo muestra muy bien el documental. Pero Roberto Restrepo no captó la existencia de ese plan.

El documental tiene el acierto de incluir apartes de las arengas incendiarias lanzadas por los secuaces de Gerardo Molina, Augusto Durán y Gilberto Vieira. Da cuenta de los llamados histéricos a la Policía del Tolima para que se insurreccione y de las mentiras lanzadas por la Radio Nacional asaltada, donde hablan del linchamiento “popular” del ministro Laureano Gómez y otras personalidades políticas conservadoras.

El documental debería llevar otro nombre. En lugar de “Cesó la horrible noche”, más valdría intitularlo “Así comenzó la horrible noche”. Pues en esto hay como una continuidad siniestra. Los que estallaron el 9 de abril no han renunciado a sus planes. Son los mismos que treinta o cincuenta años más tarde, siguen tratando de hacer otro tanto para alcanzar el paraíso socialista. Lo que hacen hoy en menor escala, con pueblitos y grupos humanos aislados, es la aplicación de esa misma ambición demencial. Son los mismos que están en La Habana tratando de convencer al país de que si les cedemos en toda la línea nos recompensarán con la más grande paz.

(*) Periodista y escritor. Autor de “Las Farc, fracaso de un terrorismo” (Random House-Mondadori, Bogotá, 2007).

 

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