Semana Santa en Piedecuesta

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

La Semana Santa tiene un olor particular: el incienso. Una multitud de elementos –entre terrenales y metafísicos- convergen en el ceremonioso rito. La mirra, el palosanto, la solemnidad de las imágenes magníficas, el humo de los incensarios, las túnicas púrpuras y rojas con hilos dorados de los sacerdotes… todo ello blinda a esos días indescifrables a los cuales la tradición profiere santidad.

Hay un misticismo vertical latente en Semana Santa. Un misticismo que se desborda el Viernes Santo, cuando Cristo muere, una vez más, como cada año durante la celebración de la Semana Mayor, fiesta en la que se sustenta la existencia de la cristiandad entera.

A lo lejos se escuchan las primeras notas entonadas por una banda marcial. El humo del incienso anuncia la avanzada de la procesión por las calles de Piedecuesta. Lentamente, las imágenes adornadas con flores, velas y telas de colores múltiples y hermosos toman posesión de esas calles, las inundan con sus tonalidades y sus luces y su tristeza latente.

Piedecuesta es un pueblo ubicado a 17 kilómetros de Bucaramanga, en Santander. A sus originarios los llaman “garroteros” y no les falta razón: cuentan que los piedecuestanos solían resolver sus diferencias peleando y matándose a garrote. Es un pueblo tabacalero por excelencia y con tradición de cañadulzales y trapiches. Incluso, en su plaza central, puede verse una vieja máquina para moler caña que era impulsada por mulas. En sus montañas se cultiva también mora y por sus entrañas pasa el río de Oro, de aguas amarillas y turbias, en el que, según dicen, el oro viajaba con el agua y se podía coger a manotadas. Piedecuesta es un pueblo lleno de innumerables historias que sus habitantes parecen haber olvidado conscientemente. Su memoria, la de sus casas coloniales y sus lugares tradicionales, yace sepultada bajo locales comerciales y restaurantes. El centro de Piedecuesta es un hervidero de sonidos a destiempo que nunca se callan.

Cuando el pueblo fue fundado, hace casi 300 años, se le dio el nombre de La Villa de San Carlos de los Caballeros de Pie de la Cuesta. Fue construido, como su nombre lo indica, junto a una montaña: el cerro de La Cantera, lugar de donde se extrajo la piedra para levantar la Iglesia. Aún en la actualidad, el cerro de la Cantera, vigilado por la Virgen patrona del pueblo, es lugar de peregrinación constante. Hoy, La Villa de San Carlos de los Caballeros de Pie de la Cuesta lleva el nombre de Piedecuesta. Economía de lenguaje, dirían algunos.

Las imágenes de la procesión emergen del fondo de la Parroquia San Francisco Javier y empiezan su recorrido mágico sobre los hombros de los Nazarenos.

La Hermandad de Jesús Nazareno es una comunidad religiosa fundada en el municipio del Pie de la Cuesta en 1802. Su función principal consiste en cargar sobre sus hombros las imágenes que pueden llegar a pesar 3 toneladas. Caminan vestidos de blanco, como un batallón de fe, con el rostro cubierto por un antifaz terminado en punta, abrazados al honor que se les profiere. A veces los niños rompen el cerco imaginario que se teje entre los espectadores y los actores y se lanzan a la calle a abrazarlos o a tomarlos de la mano.

El sonido brillante y metálico de las liras entonando canciones religiosas y las marchas estupendas de los tambores encabezan el desfile. Van apareciendo, una tras otra, las efigies solemnes que han soportado imbatibles el paso de los años: El niño Jesús, el Buen Pastor, las insignias, María Dolorosa, vestida de túnica negra inmaculada, el apóstol San Pedro, San Juan, María Magdalena, La Última cena, Jesús en el huerto de los Olivos, Jesús condenado a muerte (con Poncio Pilatos lavándose las manos), Jesús azotado, el Jesús de la humildad –donde aparece, habiendo sido flagelado ya, con la túnica roja y la corona de espinas, bañado en sangre y con la espalda en carne viva, sentado sobre una columna con las manos atadas-. Luego cada una de las caídas, el Cirineo obligado a cargar la cruz de un condenado a muerte, la Verónica, que lleva en sus manos el sudario con que secó el rostro cansado de Jesús durante su camino al Calvario. Viene entonces la crucifixión, la muerte en la cruz y el Santo Enterramiento.

Cerrando la procesión, marcha solemne el Santo Sepulcro. A su paso, los espectadores guiados por una fuerza inexplicable, agitan pañuelos blancos en señal de duelo y respeto. La procesión termina en el lugar donde descansará el Sepulcro durante dos noches: la capilla del colegio La Presentación, frente al parque de Las Hermanas.

Dispuesto en un ataúd de cristal, rodeado de flores, mantos blancos, oraciones y bajo el cuidado de guardias romanos, Jesús muerto yacerá allí hasta el día de la Resurrección.

El desande

Dicen que, pocas horas antes de morir, el alma, haciendo uso de alguna virtud metafísica, recorre los pasos del cuerpo en vida, como asimilando su propia muerte. El alma empieza así a “desandar lo andado”.

Acá (y digo “acá” porque desconozco por completo si existe esta misma tradición en otro lugar) quien emprende el desande no es Jesús sino María, su madre Virgen y el apóstol San Juan quien, según dicen las escrituras, fue el único en acompañar a Cristo durante todo su padecimiento. Poco antes de la media noche, vestidos de negro y en silencio sepulcral, los Nazarenos recorren de nuevo las calles en sentido contrario a la procesión del Santo Sepulcro, llevando a cuestas a María y a San Juan. El silencio profundo solamente se rompe con el sonido de las matracas, con su canto violento como una venganza. El párroco da inicio al Viacrucis y la multitud marcha tras él, desandando los pasos del hijo de su Dios.

Poco falta para el Domingo de Resurrección. Pasada la media noche del sábado, cuando el reloj marque el primer minuto del día de la buena nueva, las puertas de la parroquia San Francisco Javier se abren para dar paso a Jesús resucitado, vestido de blanco, con las llagas en sus manos y sus pies, imponiéndose a la muerte. Sobre su cabeza, como una aureola de santidad, tres rayos de luz se posan como una blasfemia que pasa desapercibida y yo recuerdo, guardando para mí aquellos pensamientos, que la multitud que agita pañuelos blancos en medio del repicar de las campanas, está adorando a la última de las deidades solares.

  Share: