Candidatos

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Se acerca irremediablemente el fatídico momento, el cruel e infeliz día en que Colombia escogerá a quien ocupará la Casa de Nariño por los próximos cuatro años, a la persona que “regirá los destinos de nuestra nación”, para usar esa frase común y simplona, a quien manda sobre todos nosotros pero que mantenemos todos nosotros.

Nos encaminamos hacia ese día con la única certeza de que cualquiera de las cinco opciones es una mala elección. De las seis, si tenemos en cuenta el voto en blanco.

Está Juan Manuel Santos, el presidente, el también candidato, condición que hará entender cualquier cosa que haga, cualquier decisión que tome, cualquier discurso pronunciado, como un acto de campaña. Santos: el de la mermelada, el de “acata pero no aplica”, el que intenta afanosamente conquistar el voto de la ultraderecha, el de “si dictan medidas cautelares las acato” pero también el de “las medidas cautelares no son vinculantes” y para rematar, el de “qué bueno tenerlo otra vez de alcalde”. El que no ha terminado de inventarse su imagen: no sabe si es Santos, o Juan Manuel Santos, o Juan Manuel a secas. El que busca reelegirse pero no le gusta la reelección. Pura coherencia.

También está  Óscar Iván Zuluaga, el ungido, el hombre probo que ha dado muestras de una inquebrantable fidelidad al expresidente Álvaro Uribe y que promete traer de regreso la Seguridad Democrática y la confianza inversionista, el que dice saber la solución al problema de la vivienda en Colombia pero que no lo resolvió siendo ministro de Hacienda, el que promete no traicionar a su feje y serle fiel en la salud y en la enfermedad. El que no es candidato sino emisario y que de presidente será lo mismo. Los uribistas no quieren escoger un presidente, quieren escoger un mensajero.

Ó Enrique Peñalosa, el eterno candidato, el alcalde de los bolardos y las lozas de Transmilenio, el alcalde del cemento. Ecologista, independiente, uribista, alternativo. El que no duda en calificar a un niño que vende mango como “joven empresario”.

Pobre país: acá se le dice confianza inversionista a feriar el país a las multinacionales, mermelada a la corrupción y emprendimiento al trabajo infantil.

Martha Lucía Ramírez debería tener al menos un grado de responsabilidad política en los casos de falsos positivos, al ser, como ella misma lo admite, quien ayudó a diseñar y poner en marcha la Seguridad Democrática de Uribe siendo su ministra de defensa.

Clara López, si bien ha logrado adelantar una campaña alejada del discurso tradicional de la izquierda, tiene serios problemas para transmitir su mensaje político y para canalizar los grandes problemas del país en apoyo electoral.

El voto en blanco es un salto al vacío, es, en palabras de sus defensores, obligar a un cambio de candidatos por las vías democráticas. Y sería una buena alternativa si en algún punto del espectro político hubiera alguien capaz de representar y encabezar el cambio que urge en el país desde hace años. Mientras tanto, es una quimera, un espejismo, un “miremos a ver qué pasa”, un “es que alguien debe haber”.

Uno quisiera que hubiera esperanza o por lo menos algo que se le pareciera, uno quisiera que los candidatos no representaran el absoluto desprecio a su contrario o que no se hiciera política con la muerte de nadie, ni que se ansiara la victoria de los sepulcros, ni que se levantaran discursos como odas a la muerte y la guerra. Pero la realidad es que se acerca la fatal hora y a la deriva, como estamos, solo queda una certeza: que Colombia no sabrá elegir y seguiremos parados al borde del abismo.

Nota: Si el doctor Fernando Londoño tiene algún grado de ética periodística, debería renunciar a su espacio en El Tiempo en la que acusa al Gobierno del atentado en su contra y de querer asesinar a Álvaro Uribe. O al menos publicar una rectificación de esas afirmaciones. Empero, El Tiempo no debe, bajo ningún motivo, suspender su columna.

 

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