Gustavo Rodríguez, escritor peruano: “La literatura, como el mejor afrodisiaco”

  • Cuando se vende un plato se vende una historia, que puede alcanzar una resonancia épica.

Por: Ricardo Rondón Ch. (*)

Bogotá, 02 de Mayo ­_RAM_ “(…) Estaba deliciosa. Él sabía, sin embargo, que a nadie se le ocurriría pedir una sopa negra. No le importó: la había creado solo para él. Sería su experiencia secreta. Cuando acabó el plato, se sintió un somnívoro, un tipo capaz de comerse sus sueños y recuerdos sin llegar a destruirlos. ¿Podría hacer lo mismo con sus miedos? (…)”.

Claro que sí, y estas salvedades sólo las ofrece la literatura: ese ejercicio catártico capaz de redimir y sanar las heridas del pasado, los malos recuerdos de un padre alcohólico y una orfandad lacerante, no obstante la virtud de este exitoso chef peruano, Rembrandt Bedoya, quien se debate entre los afectos de una esposa, Marcia, en proceso de divorcio, su pequeña hija Antonia, y el tormento de una amante pragmática y fría, Cristina, una relación a cuenta gotas donde él sabe, de antemano, que lleva las de perder.

Son los protagonistas de ‘Cocinero en su tinta’, novela del escritor peruano Gustavo Rodríguez, que no se la imaginen como un recetario más para gourmets, de tantos que abundan en las estanterías del mundo (más España), especializados en comida peruana, el último cucharonazo de la globalización, sino una franca y vertiginosa lectura para limpiar las salmueras del pasado, el sabor agrio y pastoso que deja el desamor y procurar, como en el plato estrella del prestigioso cocinero, un volcánico postre de caramelo, el más recomendado en épocas turbulentas, que no es otro que el del perdón, la vuelta de página y la reconciliación.

Rodríguez, literato y periodista en la línea de los 42 años, nos pone al tanto, a través de esta historia, de este mundo codicioso y rimbombante de la cocina peruana y de sus sumos sacerdotes Gastón Acurio, por ejemplo (que aparece en la novela), en un país donde a falta de Mesis brilla, con rúbrica altisonante, la selección peruana de sus cotizados chefs, quienes lucen orgullosos en sus uniformes de oficio la impronta laureada de la estrella Michelín en los más prestigiosos restaurantes del mundo.

En ese proceso de creación, y entre exóticos insumos de la cocina peruana prehispánica, y esa revolución del paladar de sus nuevos creadores, pontífices de la cocina vanguardista, de autor y molecular, Rodríguez, con una voracidad narrativa, ofrece al lector su plato maestro, el de su identidad, el del sitio que le corresponde desde la trinchera de sus emociones, frustraciones y fracasos, cuando habla entre líneas que las heridas más dolorosas no las hacen los cuchillos, y que algo anda mal en un país cuando la gente conoce más los nombres de sus cocineros que de sus escritores.

Lo curioso aquí es que el autor no sabe cocinar. Por eso se inventó a Rembrandt, su alter ego, el hombre que a prueba de valor y sazón lo saca a flote de resquemores y acideces pretéritas en esta novela de profusas claves autobiográficas, con rumores de baladas de los años 70 (Sergio y Estíbaliz) y abuelas macondianas que aparecen en el inodoro o en la crema de un capuccino, tocadas de ternuras y perfumes entrañables, y de una espléndida e imperturbable escritura.

Gustavo Rodríguez es uno de los 60 escritores que hacen parte de la delegación de Perú como invitado de honor en la 27° Feria Internacional del Libro de Bogotá.

La Pluma & La Herida lo entrevistó 

¿Se escribe como se cocina?

“Dependiendo qué escribes”.

¿En el caso de la novela?

“La construcción de una novela se parece más a la organización de un bufete”.

¿En cuántos hervores se cocina un cuento?

“En un solo hervor”.

¿Y un poema?

“Un poema se calienta de a poco”.

¿Qué es eso que no puede faltar en la mesa de un escritor?

“El cuidado en los detalles”.

¿El oficio de la cocina es tan solitario como el de la narrativa?

“Sólo en la etapa de creación, porque después, en la ejecución, se vuelve una actividad fructífera y con muchos actores más”.

¿Cómo es su cuota de neurosis en estos asuntos de la creación?

“Una inseguridad intermitente muy grande: lo que me parece bueno de mi creación al día siguiente me puede resultar un desastre. De modo que me debato entre ambos precipicios”.

¿Qué recomienda de entrada a la hora de escribir una novela?

“Mis novelas han tenido revelaciones dispares. Por ejemplo: ‘La risa de tu madre’ empezó con una foto; ‘La semana tiene 7 mujeres’, con la anécdota de un velorio; y ‘Cocinero en su tinta’, con un divorcio”.

¿Cree que las segundas partes en el amor sí funcionan?

“Pueden funcionar, he conocido casos; pero el paréntesis ha sido muy grande”.

¿Cuál es ese plato peruano que le hace chupar los dedos?

“El chupe de camarones, que es una sopa arequipeña muy tradicional y una de las más sabrosas del mundo”.

¿A usted se le conquista por el paladar?

“Mis mujeres no me han conquistado por ese lado, sino por el humor”.

¿Han confundido su novela, ‘Cocinero en su tinta’, con un recetario de cocina?

“Es probable, por lo que te agradeceré mucho divulgar su verdadero contenido”.

¿Se la envió a Gastón Acurio?

“De eso se encarga mi editorial. A quién sí se la di en persona fue a Ferrán Adria”.

¿Usted sí se come el cuento de ese decorado exótico y por las nubes al que ha llegado la comida, no sólo peruana, sino del mundo?

“Me lo como con reservas. Yo sé que con todo acto de seducción hay algo de exageración”.

¿Qué es lo más raro que se ha comido en la vida?

“Un gusano gordo de la selva peruana, en Iquitos. Allí lo comen frito. Pero es muy grasoso. Me quedo con las hormigas culonas de Santander”.

¿Cuándo llega de noche a casa, le reconforta saber que tiene un pucho de arroz en la nevera, justo para estallarle un huevo en la sartén?

“Sí. La verdad que yo prefiero un huevo frito montado en arroz a una espuma sofisticada de faisán”.

¿Qué es para usted la cocina?

“Un espléndido y provocativo caos”.

¿Cuál es su mayor glotonería?

“Tiene que ver con el buen cine y la buena literatura”.

Recomiéndanos una cena peruana romántica.

“Sushi peruano-japonés, bossa nova y escasa luz”.

De Colombia, ¿qué se llevará como memoria grata en el estómago?

“Unos aborrajados y unos pandebonos muy ricos de Cali”.

¿Existe el afrodisiaco perfecto?

“El mejor afrodisiaco es la fantasía y de eso hay mucho en la literatura”.

 

Javier Wong, el mejor cevichero del mundo:

 

Receta y preparación del sushi peruano-japonés:

 

(*) La Pluma & La Herida

 

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