Los sórdidos

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Los sórdidos candidatos sonríen y prometen. Los sórdidos candidatos, sobre todo esos dos que puntean en las encuestas, gritan y maldicen, rompen descaradamente su palabra y se contradicen, tomando al país por su tribuna, condenándonos casi irremediablemente al lamentable espectáculo de su disputa pasional y egoísta. Los sórdidos candidatos miran a la cámara y quieren engañar al país con sus palabras mentirosas, con sus inacabables deseos de poder. Los sórdidos y desvergonzados alardean y se insultan y se lanzan basura, se picotean y se desgarran, desearían sacarse los ojos, actúan como buitres, como aves de carroña en disputa por un trozo de carne. Quieren devorarse y que asistamos a la función, que aplaudamos, que creamos sus discursos escritos por algún asesor espiritual o un rey de propagandas negras, que veamos en ellos a mesías y salvadores, que olvidemos sus mentiras y no despertemos del letargo.

Los rapaces candidatos ofrecen peroratas prefabricadas, frívolas, empacadas al vacío, listas para la venta, prestas para quienes quieran tragárselas completas, sin masticar. Esa es la democracia más madura de América Latina, una de improperios que emanan de los sórdidos candidatos y que repiten seguidores enceguecidos e intransigentes, doblegada ante el bipartidismo arcaico: derecha y ultraderecha.

A la derecha está quien pretende hacernos creer que sin su oficio no se podrá alcanzar la paz; el que la ha utilizado como argumento político; el de discursos inexactos y que ha faltado a su palabra constantemente, el “traidor de clase” que cree que la “mermelada” no es algo para escandalizarse; al que no le gusta la reelección pero aspirará a ella con el patriótico fin de acabarla pero extendiendo el periodo presidencial.

A la ultraderecha está el más sórdido de todos, obedeciendo órdenes y prometiendo no salirse del libreto que le escribieron; el de la muy sonora “paz sin impunidad” que disfraza la ínfulas de grandeza, poder y venganza de su jefe, de su patrón, de su mandamás; el de “no fui, pero me recordaron que sí fui, pero fui a saludar solo una vez, pero fui dos veces, pero ya me acordé que fueron tres, pero es un montaje, pero no había nada ilegal, pero yo no soy ese, pero es que infiltraron mi campaña”. Ese que garantizará que se sigan sumando eslabones a esta cadena de odios y hará que la guerra trascienda fronteras; el que quiere ir a marcar territorio al Meridiano 82 abanderando un discurso nacionalista barato que le dicta que se puede desacatar un fallo de la justicia internacional así, sin más. Pero no: no se puede desacatar un fallo así y pretender parecer un gran estadista. Y no: las Farc no se van a acabar en cuestión de seis meses ni de cuatro años ni de ocho años si la ultraderecha vuelve al poder, pero de seguro el número de víctimas seguirá creciendo para satisfacción y legitimación de su discurso.

Los sórdidos y sinvergüenzas quieren llevar al país por las sendas de sus ambiciones personales con sus palabras falaces y sus actuaciones lamentables.

A mí no me gusta ninguno de esos dos personajes malevos y ninguno de los otros me convence. Ejerzo mi derecho a no creerle a ninguno, ni al señor Blanco, que finalmente los legitima a todos aunque quiera posar de inmaculado y rebelde.

Los sórdidos candidatos están inhabilitados para gobernar y deberíamos declararnos inhabilitados para votar por ellos.

@acastanedamunoz

 

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