“Se empieza rompiendo libros y se termina matando gente”: Mario Vargas Llosa  

Por: Ricardo Rondón Ch.

Bogotá, 01 de Mayo ­_RAM_¿Cómo se les puede llamar a aquellas personas que sienten aversión por los libros, que los destruyen, los queman, ordenan desparecerlos? ¿Está tipificado por el Psicoanálisis este trastorno de la personalidad? Agradezco si algún especialista en el tema me puede ilustrar al respecto.

La verdad que invertí la noche y parte de la madrugada consultando, pero no encontré nada que me sirviera, nada que explicara el desagradable y bochornoso incidente que protagonizó un desadaptado durante la expectante conversación que el escritor Mario Vargas Llosa sostuvo con el también narrador colombiano Juan Gabriel Vásquez.

Un descabellado insulto a la inteligencia, después de media hora y veinticinco minutos de una exposición memorable, como son habituales las amenas disertaciones del laureado autor de ‘La ciudad y los perros’, que al borde de los ochenta años hace gala de una memoria puntual admirable.

Con un lleno hasta las bombillas en el auditorio principal de Corferias –donde se desarrolla la 27° Feria Internacional del Libro de Bogotá- , y luego de algunos tropiezos en el ingreso por el sobrecupo de gente que asistió a la anunciada charla, Vargas Llosa se embarcó en un recorrido fascinante de su vasta producción narrativa.

Habló del interés que a manera de juego empezó a despertar en él la escritura. De las cartas de amor que él le escribía a sus compañeros de colegio, que un compinche avivato cobraba en monedas o en cigarrillos, y que muchos años después, cuando Vargas Llosa recibió el Nobel, confesaría con aguda ironía que él había sido su primer agente literario.

Reconoció las duras pruebas iniciáticas del ejercicio de escribir, pero más complejo aún, de publicar, cuando en Latinoamérica eran escasas las noticias editoriales que llegaban al Perú, salvo de Argentina y de México, los únicos dos países que asumían la quijotesca labor de sacar a la luz novedades y rúbricas para beneplácito de lectores esporádicos.

Contó en detalle cómo se hizo escritor profesional a temprana edad, gracias al rigor dictatorial de su padre, que no concebía los guiños que su hijo impúber le hacía a la literatura, que él consideraba un oficio de bohemios y desubicados, más próxima a la frustración y al desencanto, argumento que lo llevó a matricularlo en una academia militar.

El escritor peruano enfatizó que justamente esa intolerancia y severidad de milicias, fue la que le abrió con más intensidad y disciplina los derroteros del oficio, al tiempo que incentivó su amor por la libertad, negada para él por el uniforme y las drásticas imposiciones militares, en una época en que era algo comparable con un delito mayor contradecir o desacatar una orden: “Si no hubiera sido por eso que me sucedió con mi padre, con toda su autoridad y dureza, a lo mejor yo no habría sido escritor”, puntualizó el Nobel.

 

Picado por las inquietudes y las inteligentes reflexiones de Juan Gabriel Vásquez, Vargas Llosa siguió recabando en sus exploraciones y obstáculos como escritor en crescendo, en la influencia de la novela francesa del siglo XVIII, en su vigorosa y productiva temporada en París, en ese círculo de jóvenes intelectuales latinoamericanos, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Carlos Onetti, Arturo Uslar Pietri, Alejo Carpentier, el mismo Jorge Luis Borges, entre otros, que años más tarde, entre los años 60 y 70, repercutirían en el movimiento icónico de las letras latinoamericanas conocido como boom.

Con el humor y desparpajo que hacen parte de su sello característico, Mario Vargas Llosa recordó las novelas que más trabajo le han dado como ‘Conversación en la catedral’ y ‘La guerra del fin del mundo’, pero también las melodramáticas y desabrochadas por sus personajes y sus historias, inspiradas en hechos reales como ‘Historia de Mayta’ y ‘Pantaleón y las visitadoras’, revelando en ellas, con un sarcasmo a toda prueba, los desafueros y las arbitrariedades de las dictaduras y la mediocridad, como también el fracaso inexorable de las utopías socialistas, citando el caso Venezuela, y apoyando desde su fuero el coraje y la vehemencia de las protestas estudiantiles.

El coloquio había alcanzado un punto alto de calidez y camaradería, y entre sillas hacíamos fuerza para que se prolongara más del tiempo programado, cuando de repente, del costado derecho del auditorio, emergió la figura de un hombre de rostro cetrino y figura esmirriada, que interrumpió de tajo el diálogo con una sarta de incoherencias altisonantes que provocaron de inmediato el rechazo del entrevistador en tarima, y las rechiflas del público.

El agitador indagó al escritor sobre su relación con el ex presidente Álvaro Uribe Vélez e insistió en su perorata rabiosa en nombre de “la población oprimida”, y no valieron los llamados de atención de la vigilancia local ni de los agentes de la policía para que mostrara respeto y cordura. Haciendo caso omiso de las recomendaciones, se envalentonó más, y en un acto desagradable, de reproche absoluto, empezó a hacer añicos un libro de Vargas Llosa que portaba entre manos.

El espectáculo no pudo ser más desalentador ante la mirada de los presentes, pero no ante los ojos del invitado de honor, que con razonamiento y perspicacia resolvió la situación con otra cuota de su inagotable humor: “Esto es lo interesante de estas reuniones, que pueden resultar aburridas para muchos, y de un país como Colombia donde hay gente para todo: ya lo describió en sus novelas García Márquez. Estos personajes son necesarios para decorar las veredas de la imaginación”.

No acaba de cerrarse el atronador aplauso para congraciar la máxima, cuando el autor de ‘La tía Julia y el escribidor’ conectó con una más detonante: “Se empieza rompiendo libros y se termina matando gente” (al que le caiga el guante…). Magistral punto y final a la extraordinaria conversación.

En efecto: un individuo que destroza con alevosía un libro en una feria del libro, puede segarle la vida a un recién nacido en un pabellón de neonatos. Arranques incontrolables de la ignorancia y de la desviación social que día por día cobra racimos de pacientes a la deriva, los mismos que desenfrenan su odio y rencor contra el prójimo lanzándoles ácido, o abusan de mujeres indefensas en los articulados.

Un problema preocupante, como hemos comentado en otras ocasiones, que no ha recibido la merecida atención del gobierno, totalmente centrado en su quimera reeleccionista, ni de las autoridades sanitarias, que a la fecha, y con todo lo visto y lamentado, agregado a la impunidad rampante de la justicia, se resisten a promover una campaña nacional de salud mental.

Un tipo que rompe un libro en presencia de uno de sus más notables exponentes, en un auditorio colmado de personas ávidas de saber y conocimiento, no está bien de la cabeza. Necesita ayuda urgente. Porque como lo expresó Vargas Llosa, y no necesariamente en broma, hoy el sacrificado es un libro, mañana puede ser un ciudadano, un anciano, una mujer, un niño.

¿Qué hacía este sujeto en un escenario que no le corresponde para dar rienda suelta a su incontenible ira? Sin tener mayor información de esta anomalía, pienso que este proceder tiene que ver con un crítico desorden de la personalidad, un desajuste neural que demanda un monitoreo clínico inmediato.

Acabo de leer ‘Por favor ¡no leas este libro!’, del escritor, poeta y catedrático John Fitzerald Torres, libro que el año anterior se alzó con el cotizado Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor-Biblioteca Luis Ángel Arango, donde el protagonista, un párvulo, Lorenzo Acevedo, siente una aversión enfermiza por la lectura y contradice todo estímulo en el ejercicio de la misma por parte de sus padres y maestros. Sólo la prematura sabiduría de una niña vecina, Isa, que el chico no frecuenta porque ella sí profesa una gran pasión por la lectura, lo reivindicará con los libros, bajo la premisa de que las historias de todos ellos tienen que ver con nuestras historias, con nuestras vidas.

‘Por favor ¡no leas este libro!’ debería ser un texto obligado en las asignaturas de español y literatura de colegios distritales y privados. Lastimosamente no ha contado con el interés de la prensa cultural, más inclinada, hasta la saciedad, por los ‘Enemigos’ de Vicky Dávila y ‘Los apuntes de Cata’.

Si la población infantil y juvenil de este país tuviera a mano el maravilloso cuento de Fitzerald Torres, o las narraciones de otros autores del mismo género como Jairo Aníbal Niño, Celso Román, Evelio Rosero, Fernando Ayala Poveda, el mismo Eduardo Caballero Calderón, entre otros, seguro que no se presentarían actos tan vergonzosos como el del sujeto mencionado que masacró el libro de un Nobel con sus dedos crispados de rabia, y se abonaría en un semillero fecundo de colombianos generosos, dispuestos a socavar la brutalidad y la violencia con la palabra y la virtud creativa.

-¡Qué pena con el señor Vargas Llosa!-, musitó a la salida una señora entrada en años.

-Tranquila, noble dama, que el maestro hace mucho tiempo que está por encima del bien y del mal.

 

 

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