El amanecer de los ídolos

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

La mano se levantó decretando su sentencia. Y el sonido agudo y fatal del pito se escuchó, como señalando el final de los tiempos. Y por un segundo que pareció infinito, el mundo entero enmudeció y todos los gritos se convirtieron en lágrimas. Durante ese segundo infinito el corazón dejó de latir y las rodillas se rindieron ante la impotencia y tocaron el suelo. Por un segundo infinito la realidad absurda nos golpeó la cara: Brasil 2, Colombia 1.

Luego, el segundo infinito de silencio se fundió en un solo estruendo. Y todas las lágrimas se convirtieron en aplausos, y toda la amargura se tornó en una alegría incesante. Y por primera vez había un lugar para todos en ese amarillo, en ese azul, en ese rojo… esta tierra a veces tan hostil que ha negado tantas cosas a tantos, por fin elevaba su voz para gritar su nombre.

Y entonces fuimos testigos de la historia. Lloramos cuando las voces fueron más fuertes que las notas del himno, cuando el estadio entero continuó cantando, cuando el balón cruzaba la línea y pretendía reventar la red a su paso. Lloramos cuando Mondragón entró a la cancha, cuando esas dos generaciones estupendas se abrazaron, cuando se hizo gigante bajo los tres palos y realizó su última atajada como profesional… Gritamos hasta que la voz amenazó con abandonarnos cuando aquel equipo, victorioso, se hizo a pulso un lugar entre los ocho mejores del mundo. Lloramos cuando, tras ser derrotados, pudieron salir con la frente en alto por la puerta grande, cuando fue cierto eso de que “Colombia no perdió el Mundial, el Mundial perdió a Colombia”. Quizás, durante tres semanas, fuimos realmente el país más feliz del mundo.

Esta Selección Colombia hizo algo más que romper récords, algo más que anotar doce goles, algo más que llegar a cuartos de final en una Copa del Mundo: fabricaron felicidad. Hicieron lo inimaginable.

Convirtieron cada calle en un estadio, cada gol mudo en el gol más bonito de la historia. Y le dieron a este país nuevos ídolos. Porque los niños que juegan en la calle no son ellos mismos: son Armero, Cuadrado, Ospina, James, Mondragón, Zúñiga, Guarín, Jackson, Aguilar, Yepes… Porque quizás todos hubiéramos querido ser como ellos. Colombia aplaudió de pie su regreso y lloró de nuevo. Es que tanta felicidad no cabe en el cuerpo ni en el alma de un país y termina por desbordarse.

Acaso alguien dudaba de la magia del fútbol. Fue ella la que nos convocó en torno a una misma cosa. Y por fin en la cancha sucedió lo que tenía que suceder y que se venía aplazando desde hace tanto tiempo: nos dimos cuenta que somos algo más que una multitud de discursos de guerra y muerte, mucho más.

Presenciamos todos en conjunto el amanecer de los ídolos. Porque indudablemente es mejor una sociedad que tiene como ídolos a deportistas y no a capos de la mafia. El recuerdo de la generación del Pibe, de Córdoba, Higuita, el Chonto Herrera, Leonel Álvarez, el Tren Valencia, el Tino Asprilla, ha encontrado magníficos herederos.

Evocaremos entonces la felicidad de aquel Mundial de fútbol estupendo en el que soñamos con que la Selección Colombia se coronara campeona el mismo año en que un hijo de las montañas de Boyacá fue campeón del Giro de Italia… Ese año en el que de nuevo, aprendimos a soñar.

@acastanedamunoz 

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