Gaminocracia

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

A mí no me sorprende que Uribe sea popular. Uribe es popular porque la gaminería es popular. Porque ese estilo ramplón de hacer las cosas es ampliamente aceptado y celebrado. Porque las cosas se parecen a su dueño y por eso los electores uribistas se parecen a su ídolo.

Porque el ahora Senador Uribe tiene una capacidad innegable para generar identidad en la gente. Es un fiel representante de la cultura del “Usted no sabe quién soy yo”, herencia de esa idiosincrasia mafiosa tan dañina que pretende siempre encontrar superioridad valiéndose del miedo que pueda generar su lenguaje. Uribe es el tipo social de individuo capaz de soltar frasecitas amenazantes de tipo “No se equivoque conmigo” (“Es que yo tengo quién me respalde”, “ya me grabé su cara”, cosas que dice cualquier pillo de barrio), haciendo alarde de su ímpetu arrogante y tropelero. Ya lo hemos visto desencajo, gritando desde todas las tribunas posibles contra todos y contra todo lo que se manifieste opuesto a él, denunciando la traición a su figura, a sus órdenes, a sus parámetros, desnudando su paranoia, su ambición desenfrenada de poder y control. Es capaz, sin vergüenza alguna, de usar la figura efímera, el enemigo ficticio del “Castrochavismo” como método para infundir terror entre la gente, de inventar mentiras y lanzar insultos, de burlarse de la justicia. “Es que sí tengo pruebas y las voy a presentar. Pero no las presento porque no tengo garantías, es que yo nunca dije que tuviera pruebas, yo dije que tengo es indicios”. Ya lo hemos visto en todos los espacios posibles, decía, y ahora tendremos que soportarlo en el Senado.

Y cubierto por el aura de deidad que le fue proferido por los furiosos uribistas, fue capaz también de forjar a sus fanáticos a su imagen y semejanza. Porque el uribismo está plagado de gente que lo imita a él en todo. Abundan personas como Paloma Valencia, que gritaba desconsolada por el mero placer de pelear cuando trabajaba en Blu Radio, o Everth Bustamante, que se opone férreamente a que la guerrilla tenga la posibilidad de participar en política que él sí tuvo. O María Fernanda Cabal, que anda públicamente (y seguramente en su intimidad con mayor frecuencia) mandando al fuego infernal a los comunistas y ateos (¿Será que sí cabemos todos comunistas ateos allá en el infierno?), y que se propone legislar para quitarle sus derechos a la población LGBTI básicamente porque en el pequeñísimo mapa de Colombia que la ahora muy honorable Representante a la Cámara lleva su cabeza no pueden vivir homosexuales.

Y desde el auditorio, aplaudiendo, extasiados, como en un orgasmo colectivo, están los uribistas. Ellos, que le perdonan todo su patrón, a su amigo que nunca falla. Los uribistas tienen una especie inexplicable de tolerancia con el delito y encuentran la manera de justificarlo. Para ellos María del Pilar Hurtado es una perseguida política porque consideran que no es un delito que el DAS haya interceptado las comunicaciones de Magistrados, periodistas y políticos de la oposición. No, para ellos eso es hacer patria. Ni tampoco es cuestionable que Andrés Felipe Arias esté huyendo de la justicia. “Ojalá no sea tan huevón de dejarse coger”, me dijo un uribista acérrimo. Nada de qué extrañarse. Y también andan por ahí, insultando y matando con su lengua y su mente a los “mamertos” y los “pro Farc” que, básicamente, somos todos los que no somos uribistas.

Por eso no me sorprende que Uribe sea popular y que tenga una base electoral tan grande. Es que un país tan belicoso y vengativo escoge dirigentes así. Si se me permite el neologismo, eso se llama gaminocracia.

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1 comment

Me parece que este señor solo lee y escucha a los periodistas enmermelados; solo una pregunta, dónde están las tales chuzadas? porqué no las publican?

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