Compartir la cama

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Si viviéramos en una democracia no tendríamos que discutir si los homosexuales tienen o no derechos, simplemente los tendrían. Si viviéramos en una democracia no tendríamos que debatir si las parejas del mismo sexo tienen derecho a casarse, a adoptar niños, y, en fin, a conformar libremente una familia. Si viviéramos en una democracia no tendríamos que esperar a que la Corte Constitucional falle una tutela para que Verónica Botero pueda finalmente adoptar a la hija biológica de Ana Liederman, su compañera sentimental. Si viviéramos en una democracia, una de verdad, no tendríamos que esperar a que un alto tribunal diga que una persona, un ciudadano, en efecto, goza de igualdad de derechos, principio consagrado en la Constitución, sin importar su preferencia sexual.

Si viviéramos en una democracia, digo, porque parece ser que no es nuestro caso. O que esto que nos dijeron que se llama democracia no es tal. Porque cualquier sociedad que se ufane de ser democrática no puede permitirse negarle derechos a un grupo poblacional.

Los argumentos en contra de la adopción por parte de parejas del mismo sexo parten, todos, de prejuicios que a su vez nacen de convicciones religiosas lo cual de entrada es un problema porque para empezar, porque como es bien sabido, no todos los ciudadanos profesamos la misma religión, no todos creemos en el mismo dios ni todo tenemos la misma idea de lo que dios es.

Pretender que el hecho de que Colombia es un país mayoritariamente católico para imponer un modelo de familia es poco menos que lamentable. Una familia no es una ecuación matemática inalterable. En Colombia muchas familias se desarrollan en ausencia de uno de los padres, o de los dos. Hay incluso parejas que no quieren tener hijos y que no por ello dejar de constituir una familia. La iglesia católica tiene tanto derecho a opinar sobre el tema como cualquier otro grupo de ciudadanos, pero a lo que no puede aspirar es que a las leyes de un Estado estén apegadas a sus principios religiosos.

Decir que un niño criado por una pareja homosexual tiene “riesgo” de convertirse en homosexual es pretensioso y falso. Pero aun suponiendo que esto es cierto, tampoco serviría como argumento. La apreciación nace de un prejuicio absurdo y es que es malo que una persona sea homosexual y si se va más lejos, sirve para acentuar la falacia de que la homosexualidad es una enfermedad y que se puede contagiar. Creer que un niño adoptado por homosexuales será igualmente homosexual al crecer es como decir “si los padres son homosexuales es cosa de ellos, pero el niño no puede ser así”. Esto ocurre porque aún hoy se pretende que los bebés tengan características preestablecidas desde antes de nacer para que desempeñen un rol específico dentro de la sociedad. Hoy, por fortuna, muchos se han atrevido a salirse de las líneas, a romper el molde y los resultados son fantásticos, pero eso es un tema distinto.

Ya el gobierno, a través de ministerio de Salud avaló que las parejas homosexuales adopten, algo que, por supuesto, es un avance. En el concepto se afirma que “el único factor diferenciador en el bienestar de menores adoptados o criados por parejas del mismo sexo está en el estrés y las dificultades que pueden causar las restricciones legales y el estigma” (El Espectador 24-08-14). Ese ha sido precisamente uno de los argumentos utilizados por quienes se oponen a esta medida: que los niños adoptados por padres homosexuales corren el riesgo de ser discriminados. Esto es cierto, lo cual devela un problema de fondo y es que como sociedad no hemos estado dispuestos a garantizar una educación para la inclusión en lugar de enseñar a discriminar. Vivimos en una sociedad que cree que es normal maltratar a alguien por ser distinto. Los autoproclamados defensores de la moral y las buenas costumbres deberían incluir entre sus buenas costumbres el no discriminar a otras personas por su condición sexual y comprender que los prejuicios destruyen y que en muchos casos, matan.

Y, ante todo, como principio fundamental, ya es hora de que esta sociedad ortodoxa y sexista deje de pasear su mirada acusadora por todas partes, que deje de creer que puede metérsele en las sábanas a todo el mundo y que puede decidir a quién es correcto o no amar.

@acastanedamunoz

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