El arte de matar

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Y como si este país necesitara más actos violentos, como si este país demasiado agitado por la agresividad y la muerte no se cansara de ser un lamento y una plegaria implorando salvación, como si este país necesitara más motivos de vergüenza o más hechos que de golpe lo sepultaran para siempre en el pasado, vuelven las corridas de toros a Bogotá.

Los fanáticos de la tauromaquia aseguraban que se les estaba vulnerando el derecho a la libre expresión artística. Que la tauromaquia es arte, cultura, y tradición, dicen.

Lo del arte, lo pongo en duda, aunque no es la única cosa que pasa por arte sin serlo. Lo de la tradición es verdad, pero de todas las tradiciones españolas que sobreviven hasta hoy, la tauromaquia es, de lejos, la más aberrante. De los españoles heredamos otras cosas: una religión, un dios (y aunque no practico esa religión y no creo en ese dios, están ahí, en el imaginario y son tradición y cultura y eso no se puede negar) y un leguaje y por medio de él, una forma de escribir nuestra historia y de entender y fijar nuestra posición en el mundo. No en vano Pablo Neruda decía que eran las palabras el legado más hermoso que recibimos de España.

Y lo de la cultura es plenamente cierto. Porque la tauromaquia es una práctica cultural, en eso tienen razón sus defensores.

La tauromaquia es cultura, por supuesto que lo es, pero eso no quiere decir que sea buena o justificable.

La esclavitud también era una práctica cultural. El mismo Aristóteles sostenía que era apenas natural que existieran esclavos y amos. Sin embargo, nadie hoy (o quizás sí, vaya uno a saber) se atrevería a justificar la esclavitud.

La tortura y la muerte en el circo romano también eran una práctica cultural. El público gritaba extasiado, reclamando sangre y muerte. Hoy aquel espectáculo parece primitivo y despreciable.

Creer que los indígenas no tenían alma también era una tradición cultural.

La discriminación racial era una práctica cultural que de hecho existió en Estados Unidos hasta mediados del siglo pasado y fue hecha añicos con el surgimiento del Rock and roll. Aún hoy el racismo existe y es parte de una cultura, pero no por ello deja de ser cuestionable.

No se puede pretender que la etiqueta de “cultural” sirva para justificar un acto violento. El machismo es cultural, la homofobia también lo es y el simple hecho de ser una práctica cultural no hace válida su existencia.

 

Cultura no es sinónimo de algo virtuoso, hay que empezar por entender eso.

Pero incluso se podría llevar la discusión al escenario político si se afirma que históricamente han sido grupos dominantes política y económicamente los que han sacado mayor provecho de la práctica de la tauromaquia, lo que desdibujaría el argumento de que la prohibición de las corridas de toros afecta los derechos de una minoría puesto que una minoría solo puede ser considerada como tal si sus derechos se ven afectados y vulnerados sistemáticamente. Y sucede que ni siquiera las clases dominantes, que pueden comprarlo todo, tienen el derecho a matar.

A riesgo de ser declarado comunista –cosa que no soy­–, el debate sobre la tauromaquia es en el fondo una modalidad de lucha de clases. Con el regreso de las corridas de toros a Bogotá, el pulso lo ganaron las clases dominantes. Los ricos, como diría Antonio Caballero, aunque él haga parte de los ricos y de los fanáticos de la fiesta brava.

@acastanedamunoz 

  Share: