La sociedad de las buenas costumbres

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Uno creería que no es cierto: que es parte de una noticia del pasado, una de esas que pertenecen al país que hace mucho debimos haber olvidado, que es una noticia que retrata esa sociedad que hace mucho debimos dejar de ser. Pero los periódicos y los noticieros nos siguen revelando como una sociedad arcaica y mojigata y comprendemos que pese a haber avanzado tanto, ese pasado que debía estar sepultado aún puede alcanzarnos con extender su mano.

Sergio Urrego se suicidó porque fue discriminado. Así, sin más. A Sergio lo discriminaron las directivas del colegio donde estudiaba, las mismas que debieron actuar como garantes de sus derechos. No soportó la presión a la que fue sometido: el colegio pretendió tratar su preferencia sexual como un asunto psicológico, lo cual devela un problema más grave y es que los entes formadores continúan educando desde la lógica del prejuicio lo cual conlleva a formar ciudadanos que consideran aceptable discriminar a una persona por no ser igual. (Aquí no cuentan las justificaciones que pretenda dar la rectora del colegio ni las pataletas legales que quiera emprender para salvaguardar el buen nombre del Gimnasio Castillo Campestre).

Y Sergio sí que se había salido de los parámetros: era homosexual, anarquista y ateo. Pertenecía a una organización estudiantil y chocó de frente con un ambiente que le dijo que él no tenía cabida allí. Las directivas del colegio donde iba a graduarse de bachiller se encargaron de decirle que en el pequeño mundo que tienen en su cabeza no podía existir un ateo, homosexual y anarco. O que podía, sí, siempre y cuando certificara acompañamiento psicológico.

La densidad del ambiente propagó un incendio que le quemó la vida. Si los buenos cristianos antes quemaban cuerpos, ahora van por ahí pretendiendo incinerar vidas. Vidas distintas, claro, vidas que no son como las de ellos. No hemos comprendido que la discriminación es una alteración psicológica, que discriminar mata.

Y seguimos: un colegio, muy católico, muy cristiano, contempla dentro de su manual de convivencia como una falta “gravísima” que un estudiante sea homosexual. El colegio La Enseñanza castiga con expulsión cualquier acción dentro y/o fuera del colegio, contra cualquier aspecto de la moral cristiana y las buenas costumbres, tales como embriaguez, tenencia, tráfico y/o consumo de sustancias que produzcan adicción, manifestaciones de homosexualismo, lesbianismo”.

Es como si estuviéramos condenados a avanzar un paso y retroceder dos. La Corte Constitucional avala que una mujer pueda adoptar finalmente después de tanta discriminación absurda a la hija biológica de su esposa y dos semanas después nos encontramos con esto, con la evidencia irrefutable de que no somos aun lo que deberíamos ser. La homofobia es, ante todo, un problema social. Grandes batallas se han librado para garantizar la igualdad de derechos, esa cosa que está en el papel y que sería tan fácil de aplicar si no fuéramos una sociedad representada por políticos tan patéticos. Pero más que la letra de las leyes, o por encima de estas, lo que hay que cambiar es la mentalidad de la sociedad. Porque es ahí donde nos encontramos todos. Porque algo funciona demasiado mal en el sistema educativo cuando un colegio considera que discriminar –cosa que ya había dicho yo en este mismo espacio- puede contarse entre las buenas costumbres.

Quizás somos una sociedad incorrecta. O quizás no. Quiero creer que los avances que hemos tenido cuentan más, que son más fuertes que toda la mecánica de odio y represión social y sexual que quiere ese país viejo y asesino. Quizás los incorrectos son esos que se endilgan el papel de nuestros representantes, que son vestigios de la peor versión de país que pudimos ser. Quizás esos educadores del odio amparados todos en la “moral cristiana” son el rezago de esa sociedad que no podemos volver a ser nunca y están ahí para que veamos su cara y sepamos que hay que tomar otra dirección. Quizás ya hemos comprendido que más allá de las etiquetas y las ecuaciones, más allá de lesbianas, bisexuales, homosexuales, heterosexuales y un largo etcétera, somos todos seres humanos y sociales con capacidad de amar.

Y quizás, finalmente, comprendimos que ya es hora de cambiar algunas de las buenas costumbres.

@acastanedamunoz

 

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