Una bacteria llamada Revolución

Por: Carla Angola Rodríguez

Por favor, mire a la parte superior de esta pagina de su periódico… allí, debería estar la columna de la profesora Marta Colomina. Mire por favor al lado izquierdo de este articulo… allí, debió aparecer como cada día, la viñeta de Rayma Suprani. Cuando comencé a escribir en “El Universal”, hicimos un convenio sin remuneración económica, perfecto no porque no lo necesitara, perfecto porque así podría traducir mis pensamientos y alma para la gente, no para el antiguo o el nuevo dueño del periódico.

Recuerdo que me comentaron: tu columna será pequeña, pero estará en la misma página en la que aparece el análisis de la profesora Colomina y justo al lado de nuestra caricaturista desde hace 19 años. Suficiente pago y honor para mí. Pensé: todo el mundo vera mi cuadrito. Y ahora, desapareció de mi lado, el trabajo de estas dos damas del periodismo.

El cuadrito se va quedando solo, tanto para el como para su autora se ha hecho hábito la despedida. Siempre de luto por un medio secuestrado o por una emisora temerosa y acomodaticia de la que te invitaron a salir. Siempre el adiós, incluso al canal que creíste tuyo, de los venezolanos, de su desconsuelo. El gran compañero de tu vida, ese con el que creciste y después dejo de parecerse a ti.

Pero lo peor de la vida, siempre será la agonía y el desahucio. Esa amenaza de muerte que signa a los medios como una brujería, un conjuro que los condena de forma inevitable a elegir entre ser decapitados, desmembrados o a tomar un cuchillo y autoinfligirse un castigo que creen ineludible.

Así es como el leviatán gana.

Su víctima al final, le termina haciendo el trabajo. La guerra bacteriológica se diseñó en el 92 y se dispersó con un escalofriante éxito, sobre el país más sublime. Esta patria que no merece morir así, gradual, de esta afección que se ha hecho endémica, aguda, eterna. Llegaron, dicen, por amor al pueblo y resultaron ser de esos enamorados celosos que soportan mejor la enfermedad de su amante que su libertad. Dicen que una vida no vivida es un trastorno, un desarreglo del que se puede morir. ¿Qué clase de vida tienes Venezuela?

Acosada por quien ya te condeno a padecer y acorralada por tu propio agotamiento. Una vez leí que el tedio es la peor de las enfermedades, porque es la única que nos permite seguir viviendo después de muertos.

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