¿Una generación brillante?

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Si se es un buen observador, si se tiene la capacidad de quitar de en medio las cortinas y ver lo que hay más allá, afuera de la ventana, en el horizonte, si se agudiza el oído para no hacer caso a todo el ruido que produce lo mundano y lo perverso, puede uno decir que hay razones para el optimismo, para sentir que, de verdad, Colombia está cambiando. Es un cambio que se produce por debajo de la piel y el maquillaje, un cambio esencial. Un cambio invisible. Y a veces, logramos percibirlo, como lo dije arriba, siempre y cuando seamos buenos observadores y veamos más allá de la superficie.

En su columna “Una generación brillante” (El Espectador, 17-07-14), título que, dicho sea de paso, da pie a esta columna, Julián López de Mesa hace referencia a esto: “Así esta generación se hace responsable por sí y por los demás de una manera fluida, sin imposturas, porque se asume colombiana dándole valor a lo que ayer era vergonzoso: el mestizaje, la diversidad; esa identidad variopinta; desordenada pero creadora; vocinglera pero amable; caótica pero generosa…”

Y esa generación es más que evidente. Una Selección Colombia que logró lo inimaginable en Brasil, con sus bailes grandiosos y sus colores auténticos y libres. Un hijo de Boyacá de apenas 23 años que se coronó campeón del Giro de Italia, Catherine Ibargüen, múltiple campeona de la Liga de Diamante de salto triple, Orlando Duque, Yuri Albear… hay una generación estupenda de deportistas en Colombia que creció y se fortaleció en medio de la adversidad, que corre paralelamente a una generación igualmente estupenda de ciudadanos que han aprendido a ver el mundo sin cortinas, sin vendajes, que han logrado liberarse de moldes y ataduras.

Esas voces magníficas han marchado por la tierra y han ido ganando su lugar. Se han ido inventando formas nuevas de ciudadanía, de individualidad, han creado formas distintas de habitar sus territorios, han parido fórmulas bellísimas de resistencia: a través de la música, el arte, el teatro, la danza, la gastronomía. Pero no es un proceso nuevo: una vez cada generación surge esa misma voz disonante y liberadora. La de hoy, la nuestra, ha entendido que hace parte de un núcleo en constante movimiento y ha aprendido a interactuar con este, comprendiendo que lo que pasa en su entorno genera consecuencias, cambios que pueden ser estructurales, que lo local, lo cotidiano, repercute a nivel global. La generación brillante de hoy es más fuerte por ser la suma de todas las anteriores: la de las ruidosas bandas de punk y metal que resistieron con su sonido a la violencia del narcotráfico; la de los grupos de teatro que llevaron su tragedia a las tablas, trasformando su tristeza en arte; la de los jóvenes que se oponen a la muerte y la violencia con los beats del rap y el hip-hop en Medellín, en Soacha; la de los colectivos universitarios que trabajan con comunidades vulnerables; la de los artistas callejeros que le ponen colores a las calles y los parques con sus obras impensables; la de los agricultores urbanos de Cazucá.

Hay cada vez más personas conscientes de que las acciones que cambian su entorno pueden también cambiar el mundo. Y todos van por ahí, sumándose, actuando, pese a la violencia, pese a la guerra, pese al miedo, pese a las interminables diatribas de políticos oportunistas y egoístas.

Lo decía Piero en una de sus canciones más hermosas y tristes: “las cosas se cuentan solas, solo hay que saber mirar”. Veamos, pues, a esta generación brillante actuar.
@acastanedamunoz
Referencias:
http://www.elespectador.com/opinion/una-generacion-brillante-columna-504840

 

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