¡A lomo de mula!

Por: Uriel Ortiz Soto (*)

Un monumento y un museo a la arriería, sería apenas el breve reconocimiento a quienes fueron los pioneros del incipiente desarrollo a lomo de mula y la revolución de las enjalmas.

Las mulas, los arrieros, las enjalmas y el perro andariego, merecen un sitio en el pedestal de la grandeza y el progreso de los pueblos, puesto que fueron los pioneros de una incipiente economía, hoy pujanza de verdaderos emporios industriales y económicos.

Son muchas las empresas que tuvieron su nacencia a lomo de mula transportando sus primeros proyectos con fe en el futuro, que desafiando las adversidades de las nacientes aldeas, jamás se rindieron, por eso, hoy en pleno siglo XXI, reclamamos para ellos, con justificada razón un reconocimiento en la historia del desarrollo.

Hemos propuesto en anteriores columnas, que se debe promover el museo de la arriería con el fin de detener el ostracismo y el vuelo del tiempo, de una actividad que fue pionera del progreso y pilar fundamental para el progreso empresarial, no solamente del Gran Caldas, sino de la madre Antioquia y del País en general.

Construir este museo no es más que recoger los vestigios que aún se encuentran abandonados a su suerte en los cuartos de san alejo de las fincas cafeteras; también muchos deteriorados en los cúmulos de objetos inservibles de los inventarios municipales, pero que rescatándolos para someterlos a un proceso de refacción podrían entrar a ocupar un sitio distinguido en los anales de la historia.

Los bellos paisajes de amaneceres y anocheceres con el desfile de recuas de mulas encabezados por la campanera, que orgullosamente se iba abriendo paso, por trochas y barriales hasta llegar a los pueblos y aldeas a entregar las encomiendas, eran el puntal de la economía y la supervivencia de sus moradores, que hoy recuerdan con nostalgia esas épocas, obnubiladas por las brumas del olvido.

Las enjalmas, los aperos, los galápagos que usaron nuestras mamás y abuelas, para transportarse de la finca al pueblo a lomo de mula y conservar su dignidad y señorío; los implementos de herrería, las indumentarias de los arrieros, entre muchos otros que merecen conservarse como fieles testigos de lo que fue una época de bonanza y tranquilidad, cuando los arrieros podían acampar en las orillas de los caminos sin el temor de ser asaltados por los delincuentes de la noche.

El peor pecado de la ingratitud, es llevar al olvido a una institución que dio gloria a los pueblos de Colombia, especialmente de Antioquia y del Eje Cafetero, que hoy no obstante muchos de ellos estar incluidos en el paisaje cultural, se mueren en medio de la nostalgia y el tedio, parece que ignoraran que tiene un pasado glorioso, una historia que contar y abundantes recursos naturales y humanos de los cuales está sedienta la humanidad entera.

El correr de los años los seguirá persiguiendo, y continuarán siendo el manjar delicioso de poetas y escritores solariegos, que incursionan con sus musas en los recodos de las nostalgias y del olvido. No se dan cuenta sus habitantes que el fantasma de la gloria los persigue y los seguirá persiguiendo hasta encontrar el reposo merecido con alguien que escudriñe su glorioso pasado para ponerlo como ejemplo de presentes y futuras generaciones, rescatándolos del ostracismo en que se encuentran.

Hablar del oficio de la arriería es sinónimo de mula, el bello cuadrúpedo de gran nobleza y estirpe de fina cabalgadura, tal cual lo describe el poeta Antioqueño, Jorge Robledo Ortiz, en sus hermosos poemas: La casa de los abuelos; Siquiera se murieron los Abuelos y Nuestra Señora del Paisaje.

El oficio de la arriería que aún se resiste a desaparecer en muchas regiones, tiene secretos encantadores, pero también historias tenebrosas, unas vividas, muchas inventadas y otras construidas por los arrieros que todos los días muy de madrugada salían a fustigar paisajes y a cargar el futuro de Colombia en las enjalmas.

De la arriería son famosas las leyendas: de la patasola, la madremonte, la bruja, el sombrerón, el cazador, el mohan, el fraile, entre muchas otras, que aún nos deleitan escuchándolas cada vez con un poco de exageración. Las historias de amores de los arrieros son famosas en su lenguaje propio, puesto que en cada posada dejaban una flor que con el tiempo se marchitaba con los sopores de la ausencia y el olvido.

En sus posadas que muchas veces eran a la intemperie, ya entrada la noche, daban rienda suelta a sus nostalgias, rasgando los tiples que siempre los acompañaban para delirar en medio de coplas y unos cuantos guaros, hermosas composiciones, muchas de ellas se quedaban grabadas para siempre en la memoria de sus lugareños.

Hay que felicitar muy sinceramente a quienes con alguna frecuencia organizan cabalgatas para retomar lo que fueron los caminos de la arriería del Viejo Caldas, valdría la pena que en cada una de esas antiguas posadas, se fuera gestando un ritual a los bellos e inolvidables recuerdos, de lo que fue una época tranquila y de grata recordación .

En cada uno de ellos, existe el nudo del silencio, pero está viva la melancolía que habla de un pasado que fue glorioso y de grandes innovaciones, para lo que es hoy el presente y el futuro de los Pueblos que crecieron gracias a la naciente economía con la revolución de las enjalmas.

Las empresas que se iniciaron desde la arriería y que hoy son emporios económicos, deberían vincularse al Museo, el cual debe perfilarse como todo un monumento de gloria y reconocimiento al pasado, símbolo de posteridad y grandeza de quienes al son de paz y de constancia construyeron lo que hoy es Colombia y cada uno de sus regiones y municipios.

 

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