El monstruo de debajo de la cama  

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Lo vi en un meme en Facebook. De repente el mundo entero volvió a mirar hacia África. Lo hizo por egoísmo. Lo hizo porque, a diferencia del hambre, del ébola se puede contagiar. Una amenaza inminente proveniente de esa tierra demasiado vulnerada y ultrajada se cernía sobre la civilización de plástico. El ébola era un virus extraño y salvaje hasta que llegó a Occidente con su fiebre y su delirio y su muerte, e hizo tener lo incontenible.

Ya lo dijeron: el mundo corre peligro, y por eso, solo por eso, África vuelve a tener un lugar en todos los mapas. El virus ha dejado de ser una fantasía metida entre los límites olvidados de latitudes extrañas. Entonces se habla de prevención y se exigen acciones. Y volverán los tapabocas y los guantes quirúrgicos. De buenas a primeras, el ébola dejó de ser una leyenda lejana para convertirse en el monstruo de debajo de la cama.

Nadie pudo prever lo que ocurriría porque el mundo estaba demasiado ocupado atendiendo recesiones económicas y luchas contra el terrorismo.

La Organización Mundial de la Salud data en 4.500 las muertes por ébola en siete países. No es poca cosa. Y la ONU llama a la solidaridad mundial. El fondo fiduciario creado para combatir la enfermedad espera recaudar 988 millones de dólares para invertir en los próximos seis meses. Las grandes potencias del mundo actúan con suma indiferencia. Mientras tanto, Estados Unidos invierte 1.000 millones de dólares al mes en su lucha contra el Estado Islámico -ese demonio sanguinario insaciable que creó Washington por su afán de expandirse y dominar el mundo entero tras la invasión a medio oriente, buscando armas químicas que nunca encontró, y dejando tras de sí una estela de desolación y muerte irremediable-, bombardeando Irak y Siria, matando combatientes yihadistas y civiles.

Pero en medio de todo el miedo y el ruido mediático, queda espacio para la esperanza. Nos queda -al menos yo quiero quedarme con ello y destacarlo, aunque me cueste una vez más el rótulo de comunista y mamerto, etiqueta que me han puesto tantas veces que incluso he llegado a sentirme cómodo con ella- nos queda, decía, el ejemplo de Cuba. Un país pequeño que ha padecido más de 50 años de bloqueo económico y que aún así fue capaz de enviar una misión médica de 165 personas a SIerra Leona. Y contempla enviar una más, de 296 médicos a Liberia y Guinea Conakry. Es una de esas cosas que se nos olvida. Se llama solidaridad.

Nos queda el ejemplo de Cuba, pues, que no tiene 1.000 millones de dólares al mes para atacar territorios lejanos, pero al menos tiene la grandeza de dar lo que tiene a la mano, eso que se entrega entre iguales, sin el innecesario asomo de la arrogancia que suponen las donaciones.

(Todo esto pasa mientras en Colombia el protocolo de prevención es un cuestionario y evacuar un hospital entero).

Y no voy a detenerme a leer entre líneas. Pido disculpas a mis amigos partidarios de teorías conspirativas. Porque sí: seguramente algún laboratorio encontrará una vacuna que haga ya innecesaria la prevención. Y seguramente ese laboratorio patentará la cura para privatizar mundialmente el derecho a la salud, para que el virus se quede en África, donde quizás nadie, o casi nadie, mejor, podrá pagar por la inyección milagrosa.

Pero aunque el egoísmo se imponga, aunque el mundo entero siga teniendo más dinero para bombardear que para curar enfermedades, seguro nos quedará la solidaridad. La de Cuba o la de algún otro país pequeño, la de alguna misión médica anónima que actúe sin pedir permiso y sin buscar la luz de los reflectores y las cámaras.

Quizás la solidaridad pueda espantar al monstruo de debajo de la cama.

@acastanedamunoz

 

 

 

 

 

 

 

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