Abel Cárdenas, maestro del retrato

Por: Ricardo Rondón Ch. (*)

Bogotá, 26 de Marzo_ RAM_ El Premio del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) otorgado este año a Abel Enrique Cárdenas Ortegón a Mejor Fotografía (publicada el 20 de septiembre de 2014 en el diario ADN de la Casa Editorial El Tiempo), resume a la vez la trayectoria y vocación de un reportero -equipo al hombro- en todo el sentido de la palabra, un foto periodista todo terreno.

Tuve la fortuna de compartir labores reporteriles con Abel, por varios años, en el antiguo diario El Espacio, en los derroteros de la crónica roja y la información judicial, y en general, en los diferentes avatares que exigía el rigor polifuncional de un periódico sensacionalista, decano de este género en Colombia y modelo a seguir de empresarios contemporáneos, fascinados por la atractiva circulación y las reconfortantes ganancias de este tipo de publicaciones, ante la crisis inminente e irreversible del papel periódico.

Era habitual que en la sala de redacción, por muchos años al mando de Alberto Uribe Gómez, se disputaran los servicios de ‘Abelito’ -como de él nos referíamos en glosa de afectos y compañerismo-, en los distintos frentes a cubrir en el día a día: el impresionante crimen que reportaba en su boletín la oficina de prensa de la Policía o del desaparecido F2; la visita al diario del cantante o la actriz de moda; la entrevista con la Reina de la Panela recién coronada; la función de ensayo de un montaje teatral en La Candelaria, y en el escritorio deportivo, la expectativa para que su cámara estuviera presente en el gramado de El Campín para un clásico de Santa Fe y Millonarios.

El escultor Rodrigo Arenas Betancourt, en 1994. Foto: Abel Cárdenas

 

Y no por subvalorar el profesionalismo de los otros fotógrafos, muy buenos por cierto, sino porque Cárdenas siempre ha gozado, además de su olfato y habilidad reporteril, de una personalidad desabrochada para tomarse la vida en las buenas y en las malas, y de un sentido de pertenencia y capacidad de aguante en el oficio, que al final de una ardua jornada, con todos los bemoles del agite cotidiano y la neurosis de última hora, preguntaba con la más desconcertante frescura: ‘¿Hay algo más por hacer?’.

Eran los tiempos de las cámaras análogas, la Zenith, de manufactura rusa, luego la Canon AE1 japonesa, con sus respectivos teles de 200 y 400 milímetros, (una para color, otra para blanco y negro), y del revelado en el cuarto oscuro, que para los aprendices de fotografía de la posmodernidad, embebidos con el endiablado derroche tecnológico digital, podrían asociar con un exabrupto de la imaginación o una película de misterio.

Abel, recibido del SENA como Técnico en Artes Gráficas, se la jugaba en todos los frentes: en el trabajo de campo, ojo avizor al temible bandido de turno recién capturado en las huestes de la delincuencia doméstica, las tragedias aéreas, los incendios forestales, o la primicia en sus placas del sicario que segó a metralla la vida de un candidato presidencial, carrera mar al habitáculo de revelado, entre el fragor de químicos y bandejas con agua, y una exclamación furibunda de ‘¡Paren la rotativa!’ para triplicar el tiraje con la noticia nacional del día.

El pintor Omar Rayo, en 1994. Foto: Abel Cárdenas
El pintor Omar Rayo, en 1994. Foto: Abel Cárdenas

Maestro de artes marciales con especialización en Karate-Do Shotokan (cinturón negro segundo Dan), nuestro reportero de cabecera, placeado en fotografía, revelado y fotomecánica en diarios de Venezuela como La República, La Crónica Deportiva, El Meridiano y el Diario de Caracas, se hizo célebre en el colegaje por su entrecejo y mostacho de Charles Bronson, esa mirada maliciosa del actor de marras en ‘Vengador anónimo’, y una disciplina y metodología derivadas del milenario Oráculo del Dragón y la Serpiente en el continente asiático, que él ha aplicado en el arte de atrapar la vida y dejarla congelada para siempre.

Tres veces ganador de la Media Maratón de Bogotá, y un segundo y tercer lugar en la misma competencia, las sabrosas tertulias de Cárdenas Ortegón en el solaz de un viernes al final de la tarde, entre anécdotas de oficio y camaradería, se remitían a la calle como escenario y escuela permanente del reportero, ese ejercicio de composición, de medir la luz y precisar el objetivo, que es a la vez el todo, el mínimo detalle y la expresa singularidad que culmina en una fotografía.

Desde los tiempos del admirable Hernán Díaz -de cuya obra la Biblioteca Luis Ángel Arango inaugura esta semana una retrospectiva-, no se había perfilado un retratista en el magisterio del detalle y la composición ideales como Abel Cárdenas.

 

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La actriz Vicky Hernández, durante una filmación en 2004. Foto: Abel Cárdenas

 

Sus retratos, sobre todo los de época, en blanco y negro, verbigracia sus impresiones de la fiesta brava en la plaza de Santamaría, y los de personalidades del arte y la cultura como Rodrigo Arenas Betancourt, Omar Rayo, Sonia Osorio, Fanny Mikey, Santiago García, y unos del comediante francés Marcel Marceau, durante su breve estadía en Bogotá, entre tantos, son de colección.

No son retratos superpuestos y montados a merced de fotógrafo y personaje, como ha sido costumbre arquetípica en los gurús de la publicidad, con denodados resultados efectistas para su cometido masivo y comercial. Los de Cárdenas brillan por su naturalidad, porque da la impresión de que el sujeto en cuestión nunca se hubiese percatado de la existencia de una cámara: aparece el rostro en su forma y medida justas, sin ninguna alteración y sin el menor artificio.

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Niña chocoana observando el Atrato (2010). Foto: Abel Cárdenas

 

En los retratos de Abel está el entorno preciso, que los entendidos definen como la geometría de la composición. En ellos se percibe la realidad en su crudeza, en su estado puro, como en un cuadro, esa sutil coherencia entre lo orgánico y visual. No hay restricciones entre el fondo y la forma. Hay un equilibrio latente, expresivo. La foto en su integridad y su lenguaje plástico, habla por sí sola.

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El productor musical Alexis Play (Choquibtown), en 2010. Foto: Abel Cárdenas

 

Cumpliendo a la máxima de Robert Capa, cuando dice que si las fotografías no salieron buenas fue porque el reportero no se acercó lo suficiente, Abel suele sobrepasarse en cercanías y de su obstinación de sabueso no siempre ha salido bien librado.

 

Abel Cárdenas, maestro de la lente, premiado por el Círculo de Periodistas de Bogotá, en la mansarda de la librería Torre de Babel, en el centro capitalino. Foto: Archivo particular
Abel Cárdenas, maestro de la lente, premiado por el Círculo de Periodistas de Bogotá, en la mansarda de la librería Torre de Babel, en el centro capitalino. Foto: Archivo particular

 

(*) http://laplumalaherida.blogspot.com

 

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