Macondo, de puertas abiertas

 

Por: Ricardo Rondón Ch.

Bogotá, 26 de Abril _ RAM_ Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere.

Esta reflexión premonitoria de Gabriel García Márquez no puede ser más precisa y oportuna para el gran homenaje que este año, la Feria Internacional del Libro de Bogotá (con el respaldo del Ministerio de Cultura, IDARTES, la Biblioteca Nacional, la Cámara Colombiana del Libro y Corferias) le tributa al genio de las letras, en el marco de las actividades programadas para conmemorar el primer aniversario de su fallecimiento.

Macondo, esa gran metáfora de su Aracataca natal, es el país imaginario invitado a la nueva cita con los libros, el debate, la lectura y la cultura, que este año llega a su 28° edición.

Macondo como un estado de ánimo en el imaginario colectivo, que en el recinto ferial, entre el 21 de abril y el 4 de mayo, dispondrá de 3.000 metros cuadrados para que públicos de todas las edades, de aquí y de allá, puedan disfrutar con ávidos sentidos, hasta el paladar, de ese universo Caribe que el premio Nobel colombiano plasmó y dejó como valioso legado a la humanidad.

Cada quien tendrá su propia versión de lo que observe, palpe, lea, olfateé o señale, como lo hicieron en la saga garciamarquiana los de la generación Buendía, cuando “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Allí, en su mágico recorrido, el espectador descubrirá muchas claves secretas, de tantas del entramado novelístico de Gabo. Por ejemplo, y para no ir tan lejos, una réplica fantástica del hielo que recordaría el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, la oficina del telegrafista, la estación del tren y la gallera, una empalizada en vivo y con graderías, donde en vez de plumíferos en riña, se citarán gabólogos, escritores, periodistas e historiadores, con el público como testigo activo, para debatir alrededor de la extraordinaria obra del brillante mentor de Aracataca.

"El mejor homenaje que le podemos hacer a Gabo es leerlo": Jaime Abello Banfi. Foto: FNPI
“El mejor homenaje que le podemos hacer a Gabo es leerlo”: Jaime Abello Banfi. Foto: FNPI

Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano; Piedad Bonnett, escritora y experta en García Márquez; y el crítico literario Ariel Castillo, fueron los pilares de la curaduría de esta monumental exposición, que recrea, al decir de Bonnett, “un Macondo de espejos y espejismos”. Cada uno de quienes lo visiten, se hará a su propia visión y versión, a partir -como recalca Abello Banfi- del mejor homenaje que se le puede hacer a Gabo: “Disfrutar de ese placer de leerlo y releerlo, cuantas veces sea posible”.

En la praxis, las ideas fortalecidas para hacer posible el más complejo sueño que haya brotado de la imaginación de un escritor en la historia de la literatura colombiana, se ven hoy cristalizadas en el espejo deforme de la realidad que es el grueso literario garciamarquiano, en manos de tres artistas que captaron al pie de la letra la propuesta de curaduría: Santiago Caicedo, Andrés Burbano y Laura Villegas, quienes lo trabajaron desde sus especialidades de multimedia, arte sonoro, medios audiovisuales y dirección artística.

Despojado de lugares comunes, no será un Macondo de posters, recordatorios folclóricos, estatuas humanas pintarrajeadas, caricaturas, ríos y piedras “como huevos prehistóricos” en dry wall, polipropileno y cartulina, sino que comprende cuatro exposiciones, concebidas de acuerdo a las etapas de la historia de Cien años de soledad: la mítica, la épica, la bonanza de las bananeras y la decadencia, que más que escenificar la aldea, sugieren una interpretación personal de la cosmogonía macondiana a partir del imaginario de su autor.

Así se podrá admirar un panel geográfico de lo que podrían ser los alrededores de Macondo, con sus ciénagas, ríos y terrenos anegados, como lo describió el escritor, cubiertos siempre por una nata verde, espesa y viscosa. También la Sierra madre con su tupido follaje de manigua. Al otro lado, la Riohacha novelesca. La casa de los Buendía con una Úrsula Iguarán la abuela sabia, dispuesta a múltiples interpretaciones y miradas. Y la mítica gallera, por donde corrió sangre de espuelones de campeonato, pero también la de mancebos corroídos por celos y venganzas.

“No será Macondo un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”, citando la premonición de Gabo.

 

 

Bienvenidos las puertas están abiertas

Para muchos colombianos la palabra Macondo tiene resonancias y significaciones profundas. Es, como la obra de García Márquez, algo que sentimos que nos pertenece, familiar y entrañable. Macondo es, al fin y al cabo, el espejo de feria donde nos vemos reflejados como sociedad, con nuestras virtudes y defectos hiperbolizados por la desmesura propia de lo real maravilloso.

No obstante, no hay, no puede haber una sola idea de Macondo. Una cosa será para el habitante de la Costa Caribe, que se reconoce en la idiosincrasia de los personajes, otra para el cachaco que sonríe frente a la caracterización que de él hace García Márquez, y otra más para el lector suizo, o ruso, o surafricano que no ha pisado el trópico; y jamás será lo mismo para el viejo lector que reconoce en Macondo elementos de un mundo que desaparece, que para el adolescente de hoy, que tal vez no ha oído hablar nunca del telégrafo o del Coronel Carlos Cortés Vargas y la matanza de las bananeras.

Por eso mismo, y porque las imágenes literarias se acaban siempre de construir en la mente de los lectores, lo primero que decidimos como Comité curatorial – apoyados por un riguroso equipo de profesionales de la Cámara del Libro, Idartes y el Ministerio de Cultura -fue rehuir la tentación de proponer una visión unívoca de Macondo o de reducir ese país de ficción a un mero inventario sacado de sus propias páginas.

Valiéndonos entonces de los textos mismos, propusimos al talentoso grupo de artistas encargado del diseño del pabellón recrear a Macondo desde un borde que permitiera conjugar las realidades más ineludibles de la ficción garcíamarquiana con otras más abiertas y sugerentes. Esas realidades ineludibles están casi todas atadas a un devenir histórico que el mismo García Márquez plantea.

El visitante de la feria se encontrará, pues, con alusiones a una edad mítica, signada por la conciencia del aislamiento y la añoranza de la civilización de donde llegaron a Macondo los grandes inventos; a una edad épica, caracterizada por el cíclico retoñar de las guerras civiles; a la época de la bonanza, al espejismo del dinero y a la invasión arrasadora de una potencia extranjera; y a un mundo decadente y nostálgico cuyos signos primordiales son un diluvio y un niño con cola de cerdo.

Una visión involutiva de nuestra historia que termina en Cien años de Soledad con una frase lapidaria: la que asegura que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Antes de García Márquez nuestro mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo.

Ahora, gracias a la empresa laboriosa de este Adán de Aracataca, disponemos de un universo poblado por la palabra que interpreta su historia, con sus bondades y miserias, y sin las mentiras deliberadas de los historiadores oficiales. Quizá ellas nos ayuden, no sólo a curarnos de la peste del olvido, de la “idiotez sin pasado” que ha impedido la solidaridad y el sentido de pertenencia a la comunidad colombiana, sino también a acceder a la posibilidad de transformar esa deplorable realidad para que las estirpes condenadas a la soledad desaparezcan definitivamente de la faz de la tierra.

Por supuesto, nos hemos visto obligados, por tiempo y espacio, a hacer una tarea de síntesis, que nos obliga a excluir miles de aspectos interesantes de ese país abigarrado y complejo que es Macondo. Los artistas encargados de la realización han propuesto, muy certeramente, que la visita al pabellón sea ante todo una experiencia que comprometa los sentidos y las emociones del público asistente, pero que también incite a la reflexión crítica y a la relectura de la obra de García Márquez.

El visitante se encontrará con un mundo que tiene mucho de inocente, juguetón y carnavalesco, pero también con la presencia de la violencia, los excesos del poder y el fracaso recurrente de los sueños de cambio; con el calor del trópico, la huella de los personajes macondianos, y las palabras llenas de lucidez y poesía que supieron nombrar ese mundo; con los libros que hicieron escritor a García Márquez, con un trazado de sus viajes, con la música vallenata que cantaba Francisco el Hombre; y con innumerables charlas donde la gran pregunta es qué es Macondo, qué tanto revela de nosotros mismos, y si los macondianos tendremos o no una segunda oportunidad sobre la tierra.

Entérese de la programación y todo los relacionado con la Feria Internacional del Libro de Bogotá en su web: www.feriadellibro.com

 

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