El himno más triste de nuestra historia

Por: Armando Neira.–

Nuestro Himno Nacional se está volviendo inolvidable para la televisión. Durante el Mundial de Brasil las cámaras enfocaban a los colombianos a quienes parecía que se les iba el alma en cada una de sus estrofas. Ninguna afición lo cantó con tanta emoción, con tanto brillo en los ojos. A pesar del frío, en la Copa América, en Chile, la coreografía se puso otra vez en escena.

Ahora lo hemos vuelto a ver. En estos días, sin embargo, ha sido el himno más triste en toda nuestra historia. Todo un hito en un país acostumbrado a las desgracias más estremecedoras.
Lo cantaron mujeres, niños y hombres expulsados por orden del presidente de Venezuela Nicolás Maduro. Era un puñado de desarrapados que atravesaba con unos cuantos enseres el río Táchira. Una mujer caminaba temerosa entre las amarillentas aguas para que no se le fuera a ir de sus brazos su bebé de varios días de nacido, otro halaba con paciencia un cerdo negro que él mismo había engordado, día a día; otro llevaba unas yucas que alcanzó a arrancar de la tierra antes de su inesperada expulsión. Su única y posiblemente su ultima cosecha al otro lado de la frontera.
Muchos llevaban la camiseta de la Selección Colombia. En esta ocasión, sus ojos también eran diferentes. Hinchados, humedecidos de tanto llorar y de impotencia, como cuando, seguro con la misma prenda ahora raída, gritaban que sí, que fue gol de Yepes, y que no les robaran lo que consideraban habían ganado limpiamente. Que no les arrebataran a golpes el gesto enorme de haber sobrevivido, de haber vencido aunque fuera de manera pasajera.
Volvían a una casa de la que se fueron, paradójicamente, también expulsados. Porque no querían que sus niños murieran de hambre como en La Guajira, ni caer bajo las balas asesinas de los paramilitares que tenían a Norte de Santander como santuario ni en el fuego cruzado entre todos los actores armados que se disputan Arauca. O porque creyeron que allá, al otro lado, sí habría trabajo. En Cúcuta, por ejemplo, según el DANE el índice de desempleo es del 20 por ciento. Y varios estudios dicen que seis de cada diez empleados realiza trabajo informales. ¿Entonces? ¿Para qué quedarse? Mejor irse a la patria del “deme dos”, aquella idea en el imaginario de una Venezuela que ya no era pero a la que se aferraban.
O cansados de tanto horror. En la región de Juan Frío, a orillas del río Táchira, al frente de un viejo trapiche abandonado, los paramilitares construyeron desde el 2002 hornos crematorios para “mejorar” la técnica hasta ese año usada: quemaban los restos de sus víctimas con llantas de carros, ahí, en cualquier lugar, con los neumáticos consumiendo las pieles y abrasando las carnes de sus crímenes insepultos. “Mejor hacemos hornos”, ordenó Salvatore Mancuso como lo confesó en Justicia y Paz.  
Y se fueron. No uno, ni diez, ni cien, ni siquiera mil. Se estima en cinco millones de colombianos que en algún momento llegaron a vivir en Venezuela.
Algunos volvían de noche atravesando las trochas, jugándose la vida en carros llenos de galones de gasolina para vender en cualquier recodo de las carreteras del Cesar o los Santanderes. “Los pimpineros”, les dicen. Otros, exhaustos porque no encontraron el paraíso soñado. Y otros se quedaron, se enamoraron con parejas de allá o de aquí y tuvieron hijos, allá.
Es una frontera donde cruzan para lado y lado en busca de oportunidades. Ha sido siempre. Tanto que se dice que Nicolás Maduro nació en Cúcuta.
Pero eso hombre que habla de una patria nueva, de humanismo los sorprendió ahora con su ira. Empezaron entonces a desanda los pasos en una ruta tan triste que la voz de la periodista de Telesur de este miércoles en la noche no podía ser más insultante: “Se fueron agradecidos en medio de un trato caballeroso”.
Y en realidad volvieron cabizbajos. A un país en el que a los niños en las escuelas los ponen en fila para enseñarles que ya “cesó la horrible noche”, que “el bien germina ya”. Y no. Este país nuestro, de los que no se fueron, de los que vuelven, debería solucionar de una vez por todas sus tremendos problemas sociales, económicos y políticos para que la gente no tenga que irse en masa. En donde realmente tengan oportunidades y puedan cantar con orgullo el Himno Nacional. Y que los televidentes vean sus rostros a punto de explotar de emoción, como en la Copa del Mundo, y no tan supremamente tristes como ahora cuando atraviesan un río empapados, vencidos, con la expresión del que se le va la vida.

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