De las malas causas y las buenas razones

Por Germán Ortiz Leiva (*).–  

Hace casi un siglo, un escritor británico señalaba lo que hacían entonces los periodistas: “El periodismo consiste esencialmente en decir, Lord Jones ha muerto, a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Pues sí, eso es exactamente lo que aún hace el periodismo, decirles a las personas cosas que no saben o que conocen a medias pero que a criterio de quienes las divulgan, los periodistas, son dignas y merecen ser conocidas por todos. Técnicamente se le llama a esto, interés informativo el cual está cobijado por un derecho constitucional, el derecho a la información.

Los recientes sucesos que condujeron a la renuncia de la cabeza de mando de la policía en Colombia, a un viceministro de Estado y a la directora del sistema informativo de la FM, Vicky Dávila, pone sobre la mesa un asunto que debe ser profusamente discutido no solo por la opinión de los ciudadanos inmersos en la controversia, sino ante todo, por los propios reporteros al interior de sus salas de redacción y los aún existentes colegios y agremiaciones profesionales que los reúnen. 

El problema moral que se suscitó no es menor; es el de reconocer los límites de la información en relación con la vida íntima de los personajes públicos considerando que ni el derecho a la información ni el derecho a la intimidad y vida privada, son derechos absolutos como sí lo es en cambio, el derecho a la vida el cual no tiene límites.

Problema moral que va más allá de las connotaciones jurídicas que implica, las que han quedado desbordadas por un conflicto moral desatado, complejo y difícil de administrar entre las malas causas que dieron origen a los hechos en sí fuertemente reconocidos por la opinión pública y, las eventuales buenas razones que se están desencadenando tras los últimos eventos.   

Lo fáctico conllevó un profundo interés informativo. El equipo periodístico consideró loable insistir en eventos de corrupción y manipulación que se dieron al interior de una institución como la policía, quizás una de las más grandes y poderosas del país por todo el trabajo que le compete y pieza clave además, en un posible posconflicto por encima de cualquier otra institución armada del estado colombiano.

El video divulgado aunque sin un valor informativo adicional para los mismos hechos, se convirtió en una pieza periodística que suscitó la mayor curiosidad como suele ocurrir con todo aquello que vulnera la intimidad ajena. Por más que se consideró explicar su difusión, no tuvo buenas razones que justificaran su injerencia en la vida personal de un funcionario en pro de un supuesto interés general o público.

Así lo que finalmente perdura entonces, son las buenas razones de carácter moral que permitan entender un poco mejor, la deliberación práctica de todos los implicados.

El general Palomino renuncia a su cargo para proteger la dignidad institucional de la organización que precede. Lo hace, rodeado de su círculo familiar ante los medios masivos de comunicación. Y aunque insiste en que las instituciones están por encima de los hombres, al contrario es un hombre – él mismo – quien en uso de su libertad y responsabilidad moral decide hacerse a un lado motivado en sus valores a pesar del respaldo del propio gobierno. 

El señor Ferro se presenta ante la prensa tomado de la mano de su esposa en un acto en el que argumentan, razones morales, motivados como pareja  por el amor a su propia familia en aras de salvarla a cuestas de un escándalo con profundas implicaciones sociales sobre todo luego de exponerse socialmente. 

Queda entonces por conocer las razones por cuenta de la periodista. Tendrá que explicar en algún momento, sus propias razones morales que la llevaron a publicar y sostenerse en su posición a pesar de la crítica recibida. ¿La verdad de unos acontecimientos que indagaba?, ¿la transparencia al interior de una institución de gran importancia? No se podrá saber con certeza hasta que lo exponga o cuente al menos con la oportunidad pública para hacerlo.

En tanto, queda la sensación de nuevo de que al periodismo colombiano le hace falta una capacidad crítica constructiva que mejore desde sus propios criterios profesionales, estándares, modos y rutinas, su trabajo en defensa de la libertad de expresión y de prensa tan necesarias para una sociedad como la nuestra.

Los escuetos silencios o los personalismos de algunos colegas, en nada ayudarán para evitar que una situación semejante se repita.

(*) Director del Observatorio sobre Libertad de Expresión de la Universidad del Rosario, en asocio con la Fundación D’Artagnan.