¿Qué es la conversión?

  • Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

    BARRANQUILLA, 14 de febrero_ RAM_ Con la visita del Papa Francisco a México en el comienzo de la cuaresma, parece oportuno saber qué es la conversión para el cristianismo. Aquí propongo algunas respuestas.

    Ser hombres nuevos

    Sierra Jorge EmilioFue por ahí precisamente, reclamando la conversión, que Jesús inició su vida pública, cuando empezó a predicar. “Cambien su vida y su corazón”, reclamaba a quienes lo oían, repitiendo el llamado de Juan Bautista (Mt 3, 2), quien a propósito urgía ese cambio de vida para el perdón de los pecados (Lc 3, 3).

    La conversión, por ende, es cambiar de vida, ser “un hombre nuevo” (Mt 9, 16-17), volver a nacer, no ya de la carne sino del espíritu, según explicó Jesús a Nicodemo (Jn 3, 1-9) cuando éste lo interrogó por algo que consideraba absurdo, descabellado, fuera de toda lógica: ¿Nacer de nuevo como si pudiéramos regresar al vientre materno? La propuesta en cuestión parecía, a simple vista, carente de sentido.

    De ahí que el Maestro pidiera a sus discípulos, como también nos pide a cada uno de nosotros, ser como niños, con un alma inocente y pura, con esa fe profunda de la que sólo hacemos gala en los años de infancia, cuando sentimos cerca la presencia del Ángel de la Guarda y nos vamos con el Niño Dios al cielo para traer los regalos de Navidad.

    “Si no cambian y vuelven a ser como niños –nos advierte a los seres humanos en general-, no podrán entrar al Reino de los Cielos” (Mt 18, 2-5), un reino reservado para quienes se parecen a ellos (Mt 19, 13-14).

    Limpieza espiritual

    Se trata, sí, de un proceso de purificación. Como la catarsis de que hablaba Platón, el gran pensador griego. O como exige también el budismo, a la manera del joven Siddharta, para alcanzar el estado de la iluminación, donde incluso vencemos al dolor, la enfermedad y la muerte que tanto miedo nos generan en la vida cotidiana. Pero volvamos a Jesús, que es nuestro guía.

    De hecho, la conversión viene, tiene que venir, desde adentro, de nuestro mundo interior. “Haz que sea puro el interior y, después, se purificará también el exterior” (Mt 23, 26), nos dice Jesús, precisando que debemos primero purificarnos por dentro, como si hiciéramos una limpieza espiritual, hasta lo más hondo de nuestras almas.

    ¿Por qué?, se preguntará usted, quizás sorprendido por esta inmersión en sí mismo que se nos exige en forma radical, perentoria. La causa es evidente: porque “del corazón proceden los malos deseos, asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, mentiras, chismes…, las cosas que hacen impuro al hombre” (Mt 15, 10-20).

    ¿Y para qué?, insistirá usted en sus interrogantes. Jesús nos da igualmente la respuesta: para ser buenos, para dar buenos frutos. “El hombre bueno –precisaba- saca cosas buenas del tesoro que tiene adentro, y el que es malo, de su fondo saca cosas malas” (Mt 12, 35).

    Tenemos, pues, un tesoro en nuestro interior, que es la vida espiritual a través de la cual nos elevamos al Reino de los Cielos, siendo por ello nuestro mayor valor, más que todo el oro del mundo. Por ello estamos dispuestos a dar lo que tenemos para conseguirlo, como aquel hombre que descubre un tesoro o la perla más preciada, según la hermosa parábola del Evangelio (Mt 13, 44-48).

    Ese cambio, además, tiene que ser real, sincero, no de simples apariencias como el de los fariseos “que purifican el exterior de copas y platos, pero en su interior están llenos de rapiñas y perversidades”, prueba cabal de la estupidez humana (Lc 11, 39).

    El cambio de valores

    ¿Y en qué consiste el cambio, o sea, la conversión? En un cambio total -valga la redundancia- de nuestros valores. Citemos al respecto, en una rápida enunciación, los nuevos valores, tras la etapa de purificación o limpieza espiritual que recién atravesamos.

    Debemos tener espíritu de pobres, para empezar. Aunque seamos ricos o tengamos dinero, claro está. Porque hemos de tener puesta la confianza en Dios, no en el dinero, entre otras razones porque éste es devorado por la polilla, cosa que no ocurre con nuestro tesoro en el Cielo; porque nuestro Padre celestial atiende a las necesidades materiales de sus hijos, así como alimenta a las aves o viste con extraordinaria belleza a las flores; y porque si hacemos esto, sin preocuparnos por el mañana, “lo demás vendrá por añadidura”, como nos dice Jesús en el Evangelio de San Mateo (Mt 6, 19-34), luego de enunciar las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) que conviene también enumerar. Veamos.

    La felicidad consiste, para Jesús, en lo opuesto a aquello que el mundo nos enseña: no sólo poseer espíritu de pobres sino llorar, ser pacientes, tener hambre y sed de justicia, ser compasivos, tener un corazón limpio, trabajar por la paz, ser perseguidos por causa del bien, maldecidos y calumniados (Mt 5, 1-12). ¿Ser felices, por tanto, en medio de la infelicidad, del dolor, del sufrimiento, de la pobreza y el abandono absoluto? He ahí, expresada sin rodeos, la conversión o cambio total de valores, condición básica para lograr la paz verdadera y nuestra redención.

    Hay que amar a nuestros enemigos, devolviendo bien por mal (Mt 5, 38-48); perdonar a quienes nos ofenden, sin juzgar nunca al prójimo (Mt 7, 1-5); no caer en el materialismo, en la ambición de poseer bienes materiales, pues “¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” (Mc 8, 36-37); y hay que seguir siempre a Jesús, quien asumió a plenitud dichos valores, hasta su dolorosa muerte en la cruz.

    “No es digno de mí –sentencia Jesús, al oído de quienes somos sus discípulos- el que no toma su cruz para seguirme”. Y agrega: “El que procure salvar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida por mí, la hallara” (Mt 10, 38-39).

    Entrar por la puerta angosta

    Seguir este camino no es fácil, en realidad. O es bastante difícil asumir dichos valores. ¿Cómo irse, verbigracia, a anunciar la buena nueva del Reino de Dios, en lugar de enterrar a nuestro padre por dejar “que los muertos entierren a sus muertos” (Lc 9, 57-61)? ¿Y cómo levantar la espada contra nuestros hermanos si vemos que sus valores no coinciden con los proclamados por Cristo (Mt 10, 34-36)? ¿Debemos incluso cambiar nuestra apariencia física para evitar que Dios nos expulse de su reino como el rey en la boda de su hija a quien no llevaba su traje de fiesta (Mt 22- 11-13)? ¿Hemos de entregar todo nuestro dinero a los pobres, como le reclamó Jesús al joven rico para entrar al Reino de los Cielos (Mt 19, 16-25)? ¿Y si mi mano me lleva al pecado, debo cortármela por creer, con fe ciega, que esto es preferible a ir al infierno con nuestro cuerpo completo, sin mutilar (Mc 10, 43-47)?

    No es un camino fácil, insistamos. Al fin y al cabo debemos entrar por la puerta angosta, no por la ancha, según nos advierte Jesús (Mt 7, 13-14) a quienes deseamos seguir sus pasos por considerarlo, a la luz de los criterios expuestos hasta ahora, nuestro modelo de vida.

    Debemos seguir a Cristo, en definitiva. Aceptar y vivir sus valores, digamos hasta el cansancio. Pero, ¿tal propósito –inquirimos, con visión realista, pragmática- será acaso imposible para nosotros, simples seres humanos? “Para los hombres es imposible –responde Jesús-, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible” (Mc 10, 26-27). Ello es posible, entonces, por la gracia divina, no por nuestras propias fuerzas aunque sean necesarias. Y es Dios quien lo quiere por su amor infinito a nosotros, sus hijos.

    Él nos llama a cada uno de nosotros para seguirlo, apreciado lector.

    (*) Director de la revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar – [email protected]