Novio rico, novio pobre

Por: Fanny Kertzman.–

Jerry está enamorado y me dice Princesa. Yo lo quiero y le cocino. Acabé con el más pobre de todos, pero con el corazón más grande que ninguno.

Medellín, años setenta. Desde mi adolescencia, siempre quise casarme con un hombre rico. Como las comunidades judías eran tan pequeñas, había mucho énfasis en casarse con un paisano para evitar la asimilación.

En esa época, los años setenta, mi familia iba de vacaciones a Cartagena, al Hotel Flamingo. Nunca al Hilton porque la plata no alcanzaba.

A Cartagena también venían judíos de Bogotá, Barranquilla y Cali. Era un encuentro tácito. El 31 de diciembre todos íbamos a la fiesta organizada por la comunidad judía en Barranquilla.

El plan era el levante. Para ello había que sentarse en el lobby del Hilton y ver circular “muchachos” que jamás me dirigieron la palabra. Me sentía como un extraterrestre. Esta gente de Bogotá se vestía distinto. Olían distinto, como a chicle Bazooka. Viajaban a Miami a aperarse de ropa.

Yo era una semita oscura, pelo negro crespo, nariz ganchuda, enana y mi ajuar lo hacía la costurera. Obviamente nadie me volteaba a mirar.

Quería ser más bonita que inteligente. Como cualquier reina de belleza. Nunca lo logré.

Me mudé a Bogotá a los 17 años para estudiar Economía en Los Andes. Quería una vida independiente de los ojos de mi mamá, que me vigilaba cuando salía con “muchachos”. Era agobiante.

Ya en Bogotá continué con la cacería del hombre rico. El mismo problema. Oscurita, pelinegra, crespa y enana no eran una combinación para atraer a los egresados del Nueva Granada, los judíos que tenían plata.

Y no solo eso. Yo vivía en La Soledad y los demás en el norte. Eso fue el golpe final. Nadie me volteaba a mirar.

Entonces dejé la bobada y empecé a salir con mis compañeros de la U. Mi vida se normalizó, aunque en mi casa no les gustó mucho. Peor para ellos.

Julio César Turbay era Presidente y acababa de implementar el Estatuto de Seguridad. A mis profesores les allanaban el apartamento y les decomisaban los textos universitarios. Nos sentíamos como en el Chile con Pinochet. Éramos los héroes que estudiábamos economía política, y nos leíamos (¡y entendíamos!) los tres tomos de El Capital de Karl Marx.

El plan era cinemateca, Julio Cortázar y “Rayuela”. Mis compañeros estaban enamorados de ‘La Maga‘. Paseos, fiestas, escapadas. La vida era muy divertida.

Al terminar la Universidad, mis compañeros se fueron a hacer postgrado en Estados Unidos, y los más destacados a London School of Economics. Me moría de la envidia. Mis padres me pagaron vacaciones en Israel para que se me quitara la bobada.

Allá me reencontré con Enrique, paisano de Medellín, y reanudamos un romance que se había truncado cuando él se fue a estudiar postgrado en Israel. Egresado de la Universidad de Antioquia, hizo la carrera en diez años, por las constantes huelgas.

El mayor atractivo de Enrique, además de su físico, era que leía tanto como yo. Teníamos los mismos gustos. Lo único que no tenía era plata. Eso ya no importaba. Estábamos enamorados y nos casamos en Medellín.

El matrimonio duró 23 años. Enrique murió de cáncer en 2004 y me convertí en viuda. Conseguí trabajo en Nueva York. Conocí muchos judíos a través de JDate, el website para levantar paisanos. Pensaba que por ser de la tribu, la inteligencia, decencia, poder y dinero estaban garantizados.

Salí con muchos extraterrestres hasta que conocí a un sociópata con trastorno fronterizo de la personalidad, borderline. Acabé en un siquiátrico, y después me hizo meter a la cárcel. Me robó el anillo de matrimonio de mi abuela (snif), el computador, el iPod, la televisión y parte de mi ropa.

Después de esa experiencia dije adiós a JDate y renuncié a los hombres y al sexo. Me mudé a Portland, donde vivía mi hija Perla. El capítulo “Hombres” se había cerrado para siempre.

Hasta que conocí a Jerry. Más pobre que Enrique, no leía, le gustaban los programas más idiotas de la televisión y las películas de robots, que no me las aguanto. Y no era judío.

Ahora vivimos juntos. Jerry está enamorado y me dice Princesa. Yo lo quiero y le cocino. Acabé con el más pobre de todos, pero con el corazón más grande que ninguno.

Publicada en Revista Dinero