“Las víctimas” de “La Paz”

Por Laura Orjuela.—

Han pasado más de 15 años desde esa tarde en la que contesté el teléfono y mi cuñada me saludó y me pidió que le pasara a mi madre. Aún recuerdo, las palabras de mi mamá – no… no puede ser. Y más aún, la incertidumbre que me causó no entender a los cinco años lo que pasaba…

Emerson Oswaldo Joya Puentes, hombre de 30 años; hijo, padre, esposo  y hermano; era un próximo capitán de la policía, un amante  y orgulloso de la entidad que representaba; Oswaldo pertenecía a contrainteligencia de la Policía Nacional De Colombia; El Teniente Joya sufrió tres atentados luego de la extraña muerte de sus compañeros tras una investigación que llevaban en Cali; investigación que involucraba a altos mandos de la policía y del gobierno  nacional que estaban relacionados con guerrillas, carteles y crimen organizado de este país. El 3 de septiembre, su tercer atentado murió en el parqueadero de su casa; hasta el día de hoy no hay culpables.

Como lo mencioné, el 3 de septiembre de 1997, cinco tiros terminaron con el Capitán Joya, mi hermano. Ese día empezó como cualquier otro y sin duda alguna terminaría como los días anteriores, con una llamada de mi hermano a saludarme y a saludar a mi madre. Han pasado más de 15 años desde esa tarde en la que contesté el teléfono y mi cuñada me saludó y me pidió que le pasara a mi madre. Aún recuerdo, las palabras de mi mamá – no… no puede ser. Y más aún la incertidumbre que me causó no entender a los cinco años lo que pasaba…

Ese día me dejaron con una de mis primas, todos sabían lo que pasaba menos yo y como si fuera poco, a los cinco años no me tenían en cuenta para este tipo de cosas  en las que me hubiera gustado participar. Durante dos días me mantuvieron encerrada en mi casa para que no me enterara de lo que había pasado… El 5 de septiembre en el Centro Religioso de la Policía Nacional vi a mi papá, algunos tíos y primos sacar el ataúd de la capilla para meterlo al coche fúnebre y salir…

Sabía que era mi hermano, pero no podía reaccionar y mucho menos dimensionar lo que había sucedido. Durante esos días no pude ver a mi mamá, era un tabú que mi madre llorara y más en frente mío. A la salida de allí, la asistente de mi madre me montó en un bus y me llevó al Cementerio Jardines Del Recuerdo, entre la multitud y alejada de lo que pasaba solo podía ver el llanto de mi cuñada y de mi madre… Por otro lado, un grupo de policías riendo en sus líneas y otro capitán entregándole a mi madre una bandera de este país tricolor.

Meses después, el silencio reinó en mi casa; mi madre no hablaba, no dejaba de llorar, el negro se volvió su color favorito, mi padre tampoco hablaba, no se hablaba del tema y yo; solo trataba de evadir con mis juguetes lo que pasaba sin entender a profundidad. Aún así, supe que no solo había perdido a mi hermano sino también a mi mamá pues; ella, mi cuñada, mi sobrina y  yo enterramos a un hombre responsable, valiente, honesto, apasionado y amoroso a cambio de una bandera sinónimo de olvido eterno.

Los años fueron transcurriendo y encontramos maneras de hacer un sano proceso de duelo en familia. Mi madre se asesoró y empezó un camino de más de 13 años en donde yo seguí en silencio, hasta hoy. Hoy que justamente se habla en este país de paz, la anhelada paz. Debo aclarar que quiero la paz pero… no esta paz que están pintando y que nos quieren vender.

Llevamos más de 50 años de guerra y hemos escuchado a los victimarios y al gobierno. Aunque han tratado de involucrar a las víctimas de este conflicto y a los sobrevivientes, yo quiero romper el silencio de más de uno. Este espiral del silencio no puede ser callado más tiempo. Todos queremos la paz, pero estamos en desacuerdo con lo que pasa y son pocos los que decimos lo que pensamos con el riesgo de quedar también en el olvido.

En este articulo, crónica, columna o sencillamente escrito quiero mostrarle la otra cara. La cara del dolor. Son más de 15 años sin mi hermano y siento que hubiera sido ayer el día que me enteré de su muerte y sé que no todos lo  duelos son iguales ni se viven igual pero… Cada día que me despierto siento que es el primer día que estoy sin él. Sí, todos sentimos lo mismo sencillamente porque no podemos dejar de olvidar a quien amamos y murió sin razón justificada.

El 12 de abril de 2016, el presidente Santos dio un discurso muy elocuente a los sobrevivientes de  policías muertos y debo aceptarlo, como discurso político funciona pero para quienes perdimos… no. Santos y su gabinete pretender hacer que las víctimas y sobrevivientes apoyen un proceso de paz que desde que empezó, no tiene un solo punto que valore y mucho menos repare lo que es el dolor de perder a quienes amamos.

Este gobierno encabezado por Santos ha disfrutado a costillas de una nación que ha derramado sangre y que se ha cubierto de lagrimas. Recuerdo como mi sobrina de dos años se sentaba a esperar que su padre volviera… Recuerdo como mi mamá estaba muerta en vida… Recuerdo como trataban de evadir y aún recuerdo una bandera encima de su ataúd que quedó en el olvido.

El dolor al perder un ser querido es tan profundo como lo era el vínculo. Nadie sabe lo que hay detrás, hasta que lo vive. Escucho al presidente día a día en busca de no sé que y… su cinismo al referirse ante todos, me da ira y me hace revivir muchas cosas. He estado en política y entiendo a la perfección como funciona y a este supuesto gobierno “humano”, pareciera que los miles de hombres que han muerto entregando su vida por este negocio llamado guerra, fueran igual a un dedo quemado… que duele en el momento y pasa; algo de los gajes del oficio. Esto no es así.

Las víctimas o los familiares de policías, militares, campesinos e inocentes no esperamos dinero y mucho menos condolencias protocolarias. Esperamos que en realidad se haga justicia y que en realidad se hagan caminos para hacer una mejor sociedad. Una sociedad; que no sea de siembra de arboles, pancartas gigantes en la Plaza de Bolívar, prendedores de palomas y mucho menos cajas de almendras.

“Entiendo dolor de la familia Alzate. Nada devolverá a su ser querido. Para que no lo vivan otros acabemos la guerra” ¿Entiendo?… A esto me refiero. Los familiares de las víctimas nos sentimos el usados para este discurso de vacaciones en la Habana. Nosotros ya perdimos suficiente y porque lo sabemos no queremos que siga pasando pero sin duda alguna, va a ser peor.

Yo creo en la paz, pero no como la están haciendo. Si en realidad queremos paz debemos empezar por reconocer las culpas, por aceptar la pérdida y hacer algo productivo y sano para ello; hacerlo de corazón, no con intereses económicos, políticos y mucho menos por las ganas de un novel. En estos días de ambigüedad, espero que en unos años le pueda decir a mis hijos y mis sobrinos que su tío murió por una buen motivo y que todos y cada uno de los que le han hecho mal a este país están pagando por ello.

Espero… que algún día se elaboren todos y cada uno de los duelos de las víctimas, sobrevivientes y victimarios, que también son víctimas, para que la verdadera paz pueda ser una realidad. Desde aquí empieza todo; en entender que hay más allá de la plata, la droga y las balas… Nuestra nación es un país de dolor y dolor no procesado que llevará a más dolor.

Le quiero decir a Santos y al Dr. Pardo con todo el respeto que se merece; que  necesitamos más que 1’800.000 para los mal llamados “victimarios”, arboles y pancartas para las familias de la víctimas. Necesitamos conciencia de corazón, amor a la patria, sensatez humana y manos al barro.