A Jorge Consuegra se le escurría por todo el cuerpo la alegría

Por: Ricardo Rondón Ch.–

BOGOTA, 21 de mayo_ RAM_ A mi amigo Jorge Consuegra le debe estar sonando en este momento el Magnificat de Joan Sebastián Bach, uno de los conciertos preferidos del periodista, escritor, editor, gestor cultural, pero por encima de todo, Señor y Amigo, con mayúsculas, en su franqueza y legitimidad, tan escasos en estas épocas fariseas.

El Magníficat, apenas uno de los subrayados en su larga lista de querencias y afectos con la música clásica, de la que se preciaba tener una buena colección en su refugio del sector de Quinta Paredes, en Bogotá. El Magnificat como entrada triunfal a los reinos prometidos, con la sonrisa amable que siempre lo distinguió, y con la satisfacción del deber cumplido.

Porque fue un incansable Consuegra en el oficio que hizo suyo y de todos como catedrático y colega, el Periodismo, incluso en los últimos años en que transcurrió su batalla de yelmo y lanza con una leucemia mieloide aguda, la misma que puso fin a su existencia en la noche del pasado viernes 20 de mayo de 2016.

Cuando no estaba al frente de sus estudiantes de claustros docentes como INPAHU, la Universidad Central o el Externado de Colombia, entre otros, le sorprendía el alba escribiendo los libretos para un programa de radio o de televisión, preparando el chat para un nuevo entrevistado de su habitual columna de El Espectador, redactando el comunicado para medios de un escritor o un artista al que estaba asesorando, o reunido con Carlos Eduardo Castro Arias, Ileana Bolívar y H. Holguín, para el cierre de la revista Libros y Letras que él fundó y dirigió.

La Cultura fue el ‘Rocinante’ de este Hidalgo a contra molinos en una región no precisamente la de La Mancha, donde a la farándula y al chismorreo se le dedican veinticinco minutos y más de un noticiero televisivo, y a la cultura, veinticinco segundos.

Conocí a Jorgito -como lo llamaba cariñosamente- de hace más de veinticinco años, cuando él, además de su rango de profesor universitario, se desempeñaba como director de comunicaciones de Editorial Planeta. Le pareció un golpe de estado al rotativo donde yo trabajaba, el desaparecido diario El Espacio, que le hubiera propuesto al editor una columna de reseñas de libros y cultura.

El editor, Alberto Uribe Gómez, que años atrás había recibido su cartón de periodista de la Universidad Complutense de Madrid, de manos del generalísimo Franco, y que veía a los poetas, los libros y la cultura como manifiestos patéticos y peligrosos del comunismo, aceptó a regañadientes mi proposición, pero me mandó la columna a la misma página donde pautaban los brujos, las clínicas de embarazo, los trasnochaderos alegres de Chapinero, y el consultorio sexual. Me dio grima.

-Hágale, Negro, no desfallezca. Sea puntual con la columna que yo lo apoyo con libros-, fue la moral que me dio Jorge.

Ese fue el comienzo de una amistad fortalecida en el tiempo, en la cercanía y en la distancia, hasta hace un par de meses que me envió un correo para recordarme que pasara a su apartamento por unos libros, y para darme positivas noticias de su recuperación.

Fue Consuegra el que intercedió por mí hará unos veinte años en un hotel del norte de Bogotá, donde el cantautor español Joan Manuel Serrat concedía un carrusel de entrevistas. La jefe de prensa de BMG, sello en ese entonces del catalán, dijo altisonante que solo estaban autorizados El Tiempo, Semana, Cambio y Cromos. .A mí me dejó por fuera.

Sin embargo, yo llevaba como plan B un cuestionario de 50 preguntas escrito a máquina en un rollo de teletipo, y Consuegra, ante el desplante de la comunicadora arribista con este levantamuertos de El Espacio, se camufló en el lobby, ubicó al manager de Serrat y le entregó el enrollado.

No había pasado veinte días cuando timbró el teléfono en mi escritorio:

-¿Aló?

-¿Rondón?

-Sí, ¿con quién?

.-Le habla Serrat. Estoy en Santiago de Chile y le acabo de poner por fax las respuestas al cuestionario que me hizo llegar. No se las respondí todas, pero sí la mayoría. Me gustaron. Hasta luego.

Sin palabras.

De ese calibre era la amistad que depositaba en uno Jorge Consuegra, el del espíritu magnánimo y condescendiente.

En otra época, cuando él era titular de comunicaciones de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, convenimos en publicar una serie de entrevistas con los integrantes del colectivo musical para que explicaran el origen, las características y la función de cada instrumento.

Así los lectores se enteraban de la historia del fagot, del corno francés, de todos los vientos, de los conjuntos de cuerdas, de la percusión, de la compleja labor del director, de las partituras, etc. En ese proceso hubo un cambio administrativo y Consuegra, por presiones políticas, se vio obligado a renunciar. A la periodista de etiqueta fashion que lo sucedió no le pareció interesante continuar con la serie. Y hasta ahí llegó la labor pedagógica.

Consuegra era una turbina para generar ideas encaminadas al respaldo y a la divulgación cultural. Golpeaba puertas a diestra y siniestra. Hacía cualquier cantidad de esfuerzos para conseguir patrocinios. Muchas veces sacrificaba hasta su propio bolsillo. Era un filántropo sin pretensiones. Nunca tuvo una mínima muestra de revanchismo o codicia.

Tuvo el ojo certero de apuntarle al Premio Nacional de Literatura respaldado por su agencia de noticias culturales y su revista Libros y Letras. Un galardón honesto que partió diferencia con los de los inflados del glamour y el mercadeo de las grandes editoriales, donde los lectores tenían la última palabra para reconocer por puntaje al mejor de cada año. Por ese pedestal desfilaron, entre otros: Germán Espinosa, David Sánchez Juliao, Manuel Zapata Olivella, Rafael Humberto Moreno Durán, Laura Restrepo, Jairo Aníbal Niño, Evelio Rosero, Jorge Eliécer Pardo.

Para destacar también el gesto que tuvo con Milciades Arévalo, director de hace 30 años de la revista literaria Puesto de Combate, quien el año anterior ganó el premio a Mejor Gestor Cultural del Ministerio de Cultura. Consuegra le hizo una entrevista tan extensa y por lo mismo sustanciosa, que fueron necesarias dos ediciones de su revista.

Arévalo, que se ha comido todo el asfalto y el polvo callejero del mundo como vendedor de pauta, fotógrafo, entrevistador, redactor, mensajero, cobrador, editor y hasta diagramador, para no dejar morir su proyecto, sabe más que nadie de estas faenas quijotescas en pro de la cultura que, como las de Consuegra, muy pocos tienen en cuenta y agradecen.

En todo el tiempo que lo conocí, a Jorge nunca le vi el ceño fruncido de disgusto. Quienes aprendieron de él en la cátedra o en la práctica, dan testimonio de un caballero en todo el sentido de la palabra. Mamagallista, sí, como buen santandereano. Su chispa, sus bromas, sus gracejos, eran de colección. Conversar con él, una delicia.

Uno no acaba por entender cómo el destino impío y rocambolesco se ensaña de la noche a la mañana con personas íntegras en todo sentido como Jorge, a quien nunca le vi un cigarrillo entre labios. Muy de vez en cuando una copa de vino por razones sociales. Por el contrario, los domingos, camino al periódico por la avenida 26, me lo encontraba a primera mañana de cortos y casco sobre su bicicleta.

-¡Neeeegro!, exclamaba desde la biela rumbo al aeropuerto, meta final de la ciclovía. Y se le escurría por todo el cuerpo la alegría.

Por eso ahora que escribo estas líneas en su memoria no me duele su partida. Por el contrario, celebro todos sus logros y quimeras a pesar de las durezas, los intentos fallidos, las fatigas. Cumplió como profesional, como amigo, como esposo, como padre de su tierna e inteligente Natalia, que era su pedazo de cielo, su adorada niña.

Que siga sonando en la eternidad el Magnificat y todo Bach, sus cuartetos barrocos, sus conciertos de Brandenburgo, sus tocatas y fugas.

Sólo un guiño Jorgito al último verso del réquiem de Amado Nervo, a manera de colofón de tu pródiga y ejemplar existencia:

Amé, fui amado/ el sol acarició mi faz

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

La Pluma Herida