Cicatrices que llaman al perdón y la reconciliación

Por Lola Portela

Hablar de paz en medio de la polarización y las pugnas que vive el país es complejo. Sin embargo, lo haré, porque esta semana se organizó uno de los tantos foros sobre paz. Lo favorable es que, a mi modo ver, fue un gran reencuentro entre víctimas. Y a diferencia de los otros, (muchos de ellos bajo mi coordinación) pude como espectador sentir, vivir y escuchar palabras que me mostraron procesos de resiliencia culminados.

Por eso les cuento que vimos, una Íngrid Betancourt centrada, sin odios, constructiva. Escuchamos víctimas, hablando de paz. Unas más carismáticas que otras, sentí la vocación de liderazgo que se ha despertado en muchas. Y disfruté, desde mi celular y chateando con ellas, de sus serenas y sus almas tranquilas.

Ayer también leí los insultos, de muchos “colombianos”, a Ingrid Betancourt. Y sin el ánimo de irrespetar a nadie debo decirles que no conocen su proceso para lograr perdonar. Cómo tampoco conocen el proceso íntimo de las demás víctimas que, por años, han tenido que luchar para volver a ser “normales”. También debo decirles que ellas nunca volverán a serlo.

Por eso, con la autoridad que me da la experiencia, el conociendo cercano de muchos casos de víctimas y el respeto absoluto por ustedes y por cada víctima que ha pasado por mi vida, a causa de mi trabajo, me dirijo a esos miembros de la sociedad inclemente y juzgadora, quienes con su irrespeto re victimizan, a nuestras víctimas. Y, sin saberlo, con ello se ponen a la altura de esos verdugos que les cambiaron sus vidas. Señoras y señores, colombianos, hoy les debo recordar que todos esos seres, merecen admiración, respeto y amor, porque ellas sí perdieron. Y mucho. Cómo devolverles los años perdidos, por causa del secuestro; cómo devolverles el ser que perdieron; cómo devolverles las piernas, brazos y manos mutilados por las bombas o por las minas; cómo devolverles la dignidad perdida, pro una violación y cómo devolverles el matrimonio que no pudo seguir, porque el amor se enfrió o simplemente porque quien fue secuestrado, nunca regresa siendo el mismo ser. Quien es secuestrado realmente muere en cautiverio y de la selva regresaron otros seres. Solo por eso todas las víctimas del país son héroes de guerra.

Con sus ataques verbales o escritos, no ayudan a sanar a las víctimas, de tanto dolor. Es como si les dijeran “por algo sería, algo debían”. Muchas de ellas hoy entienden que no merecían ser víctimas, nadie lo merece. Y es el motivo real del porqué nos dicen con razonamiento y autoridad: QUEREMOS LA PAZ.

Me explico, cuando las re victimizamos significa que muchas de ellas pueden volver al estado del silencio y hermetismo que tanto daño causa en un ser. Otras ya se acostumbraron al ataque y conviven con ello.

Esta semana pensaba que los ciudadanos deben aprender sobre la resiliencia en las víctimas. Pero hoy les contaré que esa transformación se da desde el interior, sí desde lo espiritual, en comunión consigo mismo y con la presencia de un gran Dios. Por eso ayer escuché voces pausadas, generosas, llenas de fe.

Ya no son víctimas, son sobrevivientes. Y es que se deja de ser víctima cuando ya no hay odio, ni rencor, cuando se logra perdonar, para sanar. Un sobreviviente jamás olvida, porque esas cicatrices están en la piel, en los huesos y en el alma y si se olvidaran, estaríamos condenados a que la historia se repita.

Ahora, ellas pueden hablar a favor de la paz, en un tono tranquilo y reflexivo, una rareza en Colombia, por estos días. Ellas también hicieron una invocación al perdón. Y es que solo las víctimas, desde sus cicatrices, pueden hacer ese llamamiento con convicción, credibilidad y autoridad.

Por eso, la actitud de quien ya sanó e hizo su catarsis, hasta llegar a la resiliencia, contrasta con los ánimos de revancha que, de manera explicable, pero inconveniente mueve a las víctimas de las múltiples violencias que ha vivido el país. “Perdonar lo hace a uno mejor persona”, declaró esta Íngrid de hoy. Ella todavía llora. Sí, derramó muchas lágrimas, con certeza, como muchos tuvo miedo de enfrentar sus demonios, esos que, como humanos, nos regresan al odio, pero también dijo que está “muy feliz”. Entre otras, “porque la verdad libera”.

Es hora de escuchar con atención a las víctimas. Es hora de ponerse en sus zapatos. Es el momento de decirle a todos NO MÁS VIOLENCIA. Como también es hora de dejar esta absurda confrontación entre el santismo y el uribismo, sobre todo por las pasiones que genera el proceso de paz con las Farc. Es claro que al seguir en guerra y en medio de la violencia, perdemos todos.

Abrazar el deseo del desarme, marca un contraste con las formas del debate que se está dando en la Colombia de hoy sobre los asuntos públicos. En especial sobre la paz. Hoy los argumentos se reemplazan por insultos, la sensatez por el odio, la moderación por la vehemencia descontrolada. Se toleran las mentiras, siempre y cuando se digan en tono duro.

Lo que funciona en las democracias es la generación de mayorías a través de las elecciones. Y si todos los colombianos logran ir a las urnas libremente, sin que le compren, o vendan el voto. Tendremos el gobernante correcto, no el corrupto y menos aquel que ha cometido algún delito.

Pregunto ¿Tienen que ser enemigos quienes opinan distinto sobre la paz o sobre otros temas? sobre el complejo dilema entre verdad, justicia, reparación, “lo justo sería decir la verdad”, afirmó Íngrid Betancur, en el Foro y es lo que la mayoría desea. Porque sin esa verdad no puede haber verdadera paz.

Tenemos un trabajo conjunto por hacer: orar, rezar o meditar para desarmar los corazones (cada quien, conforme a sus creencias,) soñar con una Colombia sin violencia, ni la imaginamos, cambiar el tono. Porque como dicen “no son las palabras, es el tonito que usamos”.