Las 7 plagas del Bronx

Por: Ricardo Rondón Ch.

BOGOTA, 30 de mayo_ RAM_ Cuando le oír decir al doctor Juan Manuel Santos, en alocución televisiva, que el desmantelamiento del Bronx el pasado sábado 28 de mayo de 2015, había sido un operativo sin precedentes, me dieron ganas inmediatas de releer La Ilíada.

Palabras más palabras menos había mencionado el presidente de la paz y la palomita dorada en la solapa, a mediados de 2013, en una redada similar y en el mismo lugar, esa vez acompañado del ex alcalde Petro, en fiel manguala, primero por la refrendación de sus credenciales presidenciales, y segundo, por reivindicar al entonces burgomaestre de la ira santa del procurador Ordoñez.

Fotos: Cristian Garavito.– El Espectador

En esa ocasión también hubo piquetes de policías armados como para las sagas de Matrix, tanques de guerra y retroexcavadoras hambrientas de escombros y de montañas de inmundicias, incautamientos de droga, licor adulterado, armas de todos los calibres, dinero en efectivo, y capturas a quienes han regentado por años la mísera comarca del vicio, la corrupción y la degradación humanas, algunos de ellos entregados al engorde y al eructo del torcido en detención domiciliaria.

 

De modo que este del pasado sábado no ha sido ni el primero, ni el segundo, ni el tercero, ni mucho menos el operativo sin precedentes, como subrayó el mandatario a la olla más antigua y podrida que tiene Bogotá, equidistante entre el Batallón Guardia Presidencial –léase bien, presidencial- y de la sede de la Policía Metropolitana, en otros tiempos conocida como Sexta estación.

Ingenuo decir, como agregado para la foto mediática, que con el acabose del Bronx -si de verdad se lo propusiera la administración distrital- los capitalinos podríamos respirar con más tranquilidad. Como cándido creerse el cuento de que el Bronx y sus filiales más próximas, La Ele, Cinco huecos y San Bernardo, son las únicas ollas que operan en el centro de Bogotá.

Al Subsecretario de Seguridad, Daniel Mejía, antes que operativos cinematográficos como el del Bronx, el sábado -que ha derivado en atropellos y agresiones a piedra, excrementos y ladrillo en centros comerciales aledaños al sector de La Sabana por parte de los despojados-, le queda pendiente la tarea de crear un observatorio del delito en lo que concierne a la alarmante cantidad de expendios de droga y sopladeros que hay en el ombligo capitalino y en las narices de las autoridades, verbigracia el Parque Tercer Milenio, foco de atracos sobre las avenidas Décima y Caracas, y de consumo de toda clase de sustancias alucinógenas vía nasal y oral, empezando por el bazuco.

Una gráfica que parece de ficción. Es la pesadilla del Bronx, el centro de acopio de estupefacientes más tenebroso de la capital. Foto: Cristian Garavito/El Espectador

¡Ojo!, solo en el centro de la ciudad, sin descontar grupúsculos del crimen asentados por años en sectores de Las Cruces, Santa Fe, La Favorita, La Perseverancia, La Estanzuela, la misma Candelaria (con algunos de sus hostales permisivos al consumo internacional), Las Aguas, y de ahí para arriba, ni se diga: el tenebroso jamboree de las faldas de Monserrate, desde donde el Señor Caído observaba impotente las atrocidades del monstruo que lleva su nombre, hoy entre rejas, con un rosario de víctimas, la mayoría habitantes de la calle, a las que aseaba de los pies a la coronilla, proveía de comida y ropa limpia, les suministraba  licor y vicio, las poseía, las sacrificaba, despedazaba sus cuerpos y los enterraba en cerros de podredumbre.

No le alcanzaría la vida al doctor Daniel Mejía y a su equipo de trabajo para alcanzar los objetivos de acabar con una de las siete plagas que tiene a los bogotanos sumidos en el pánico cotidiano de la inseguridad, la vergüenza y el deterioro: el microtráfico, un cáncer irreversible que hace tiempo hizo metástasis en esta pobre y desbarajustada vieja a punto de cumplir 478 años.

Controlar ese lastre, todos sabemos que es bien complejo, que se sale de las manos, porque no es cuestión de autoridad, de operativos esporádicos, de tanques de guerra y simulacros apocalípticos. Es por el archimillonario negocio redondo que representa, donde muchos meten mano para sacar la mejor tajada, comenzando por los uniformados. Y mientras no se legalice la droga, que doctos, peritos y columnistas han insistido hasta la saciedad, el endriago continuará multiplicando sus tentáculos.

Si no han podido acabar con las ollas del Bronx neoyorkino sus mejores alcaldes, menos en este triste país latinoamericano azotado por la corrupción y el desgreño administrativo. Mientras la droga no se legalice, el Bronx bogotano seguirá rodando su película siniestra, una, dos, tres, cuantas veces quiera, hasta alcanzar el top de Rápidos y furiosos, con sus respectivos protagonistas de turno y sus épicas semblanzas en las primeras páginas de los periódicos.

Porque como rastrojo y enredaderas en condominios en ruinas, ganchos y jíbaros se reproducirán incluso con las mismas larvas de sus cadáveres: los moscos, los tatos, los flacos, los teos, los payasos, de un extenso y novelesco prontuario de bárbaros que han hecho de la droga una abominable telaraña -esa sí sin precedentes- donde caen como mosquitos de verano incautos, niños y adolescentes de las mejores y peores familias, y adultos que otrora fueron diligentes y destacados profesionales y empresarios, y que sólo les bastó una primera vez para quedar atrapados de por vida en el averno.

Cuando los jóvenes sabuesos de City Tv denunciaron los rebaños de niños y jovencitos que pasaban los fines de semana en los intestinos del Bronx, cautivos en demenciales farras de alcohol, droga, sexo y prostitución, la pregunta que resortaba como pedrada de cauchera frente a la pantalla era (y seguirá siendo): ¿Quiénes son y donde están los padres de esos párvulos?

Porque se necesita estar fuera de órbita, ciego, secuestrado, incluso drogado, para que un jefe de familia o un ama de casa, en pareja o separados, no sepan del paradero de sus retoños entre semana o en días de descanso.

El parte de tutores del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar es que la mayoría de estas ovejitas descarriadas son hijos de matrimonios disfuncionales; otros, que sus progenitores pasan todo el tiempo trabajando, y un gran porcentaje, vive con tíos, abuelas o vecinos, con el argumento de que papá o mamá, por precariedad económica, disputas y venganzas intrafamiliares, los han abandonado. La prueba es que solo 25 de 136 menores rescatados, pudieron retornar al seno de hogares aparentemente legítimos. El resto, a los sustitutos del ICBF.

La prioridad de la administración Peñalosa debe ser arrancar de raíz, y de una vez por todas, lo que aún pueda quedar del Bronx con todos sus delirios y plagas. Que no quede el huevo de una sola cucaracha.

Escarbar en lo más profundo, como lo hizo el reportero Carlos Cárdenas de Noticias Uno, que en su intrépida labor logró penetrar por un túnel a unas celdas con puertas blindadas, infestadas de heces y sangre humana, que según el director del CTI, Julián Quintana, eran utilizadas por los criminales como cámaras de secuestro, tortura, muerte y descuartizamiento para agentes infiltrados, y para quienes no se acomodaran o se rebelaran ante las leyes hampescas de esta dictadura del horror.

Lo del Bronx es apenas el comienzo. Bogotá, como en ningún otro capítulo de su historia, padece la maldición arrasadora del microtráfico, de norte a sur, de oriente a occidente, en sus localidades más pobladas y concurridas, en Suba, Kennedy, los dos San Cristóbal, Rafael Uribe Uribe, Engativá, Ciudad Bolívar, Usaquén, Chapinero, Teusaquillo, Bosa, Barrios Unidos, Santa Fe y Los Mártires.

El síntoma más delator es el de parques, plazoletas y espacios públicos, que, a cualquier hora, y más cuando cae la tarde, jóvenes de todos los estratos dan rienda suelta a sus tabacos de bazuco y marihuana, sin ningún pudor, a la vista de abuelos o de madres y nodrizas en su rutina solaz con críos o mascotas.

¿Qué hacer con la cantidad de habitantes de la calle que, además del consumo a ultranza también hacen parte de la preparación y mercadeo de estupefacientes?

Contraproducente que las autoridades a la fuerza los desperdiguen de la noche a la mañana por otros lares, ajenos al que por un tiempo considerable ha sido su territorio. O que queden a merced de centros de sanidad y hospicios de paso. Esa no es la solución.

Esta población no solo urge de permanente tratamiento psiquiátrico, trabajo social y reintegración, sino de políticas y programas contundentes y efectivos de capacitación y trabajo. Habrá casos perdidos, cuando la droga ya hace parte del ADN. Pero quienes aún abriguen la esperanza de recuperación y de una nueva oportunidad en sus vidas, brindarles todo el apoyo posible.

El Estado debería aprovechar tanto baldío que hay en Colombia: la Orinoquía, el Vaupés, el Vichada, el Putumayo, etc., para construir granjas agropecuarias e industriales donde cientos de enfermos asuman con vigilancia y control científico una rehabilitación progresiva, preámbulo de un despertar de sus conciencias, luego de años de nebulosas y oscuridad; una limpieza mental, orgánica y espiritual, de cara a un renacer  total, un punto y aparte vivificante y positivo, con el propósito de incorporarse y ser útiles a la sociedad.

Ese proyecto, desde luego, vale una billonada, y de ser factible algún día, tendría en su proceso los visos utópicos del Metro de Bogotá. Dejémoslo en remojo, ¿cuánto tiempo?, que lo averigüen los Vargas, porque por ahora gran parte del erario, firmado está, tiene nombre propio: la paz, el posconflicto, los rellenos fiscales, los reinsertados, la reparación de víctimas, la recuperación de tierras, entre otros compromisos de ley, y en esos trámites, remiendos y sanaciones, a Colombia se le irán cincuenta años más.

A las nuevas y ya no tan pacientes Penélopes les hará falta mucha lana para tejer y desenredar, y volver a tejer, y volver a enhebrar, en ese trámite ansioso de que sus amadísimos Ulises, desmoronados por la guerra, retornen con sus lanzas maltrechas al cálido umbral.

Y, para ese entonces, ya seremos polvo sideral.