Alá y la homofobia

Por: Ricardo Rondón Ch.

BOGOTA, 14 de junio_ RAM_ En los predios donde se levanta el palacio temático de Micky Mouse y Rico McPato, uno de los escasos símbolos que quedan del sueño americano, surge entre neblinas estivales y vapores de hamburguesas trasnochadas la figura siniestra de un nuevo Guasón sediento de sangre y sevicia, con la mira de un AR 15 puesta en el festín dionisiaco de un nigth club rosa.

Ni Stephen King se lo hubiera imaginado. Carrie, Montando la bala y El resplandor quedaron cortos ante la masacre de Pulse, donde cayeron cuarenta y nueve festejantes y cincuenta y tres heridos -entre ellos cuatro colombianos-, que no querrán saber por el resto de sus días de discotecas, luces robóticas y cócteles humeantes.

 

orlandoSucede en el país más cinematográfico del planeta, el que más películas de horror y venganza produce, el que más armas de todos los calibres fabrica y exporta, y donde un rifle como con el que se cometió la reciente matanza, se puede adquirir en internet con la misma facilidad que se pide una pizza a domicilio.

Sólo Alá sabe desde cuándo Omar Mateen, el depredador, guardia de seguridad neoyorkino y descendiente de afganos, estaba fraguando esta mortandad. A lo mejor desde la adolescencia, tocado por los mercenarios del momento frente a la pantalla, los Steven Seagal, los Rambo, el indestronable Schwarzengger, y por una crisálida a punto de desflorarse en lo más íntimo de su ser, que las implacables leyes del Corán no permitieron su vuelo libre.

¿Era Mateen un homosexual reprimido? ¿Una suerte de Buffalo Bill (Ted Levine), el sastre transformista y asesino en serie del Silencio de los Inocentes? Todo parece indicar que sí. El autor del exterminio de Pulse frecuentaba a menudo la discoteca. En lo que va corrido del año se le vio hasta tres veces en un mes. Pedía tragos sueltos y se ubicaba aislado. Siempre se le vio solo. Pero en su móvil le fue descubierta una aplicación para contactos gays.

Aunque su ex esposa Sitora Yusufiy no confirmó que el homicida tuviese tendencias homosexuales, sí aseguró que era una persona emocionalmente inestable, bipolar y agresiva. Que en varias ocasiones la maltrató físicamente, y que por eso alertó cuanto antes a pedir el divorcio. Su familia se encargó de rescatarla. “Viviendo con él (Mateen) me sentí como una rehén”, concluyó.

Dolor y desconcierto de familiares y allegados de las víctimas de la siniestra madrugada en un nigth club rosa de Orlando. Foto: Univisión

No sería extraño que las autoridades arrojaran más indicios al respecto de la homosexualidad o bisexualidad cohibidas  del malhechor, para establecer un cuadro clínico similar al de la tenebrosa novela de Tomas Harris, adaptada por Ted Tally, dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por Anthony Hopkins, Jodie Foster, Jack Crawford y Jame Gumb (Buffalo Bill), que justo hace 25 años (1991) se alzó con cinco premios Óscar.

Entonces el FBI y los científicos forenses, como en la saga del doctor Hannibal Lecter, estarían armando el rompecabezas de un thriller de horror a partir de la tragedia de Orlando: El perfil de un perturbado mental que desde el uso de la razón no pudo dar rienda suelta a su genitalidad ambivalente, ante la amenaza de un Alá que todo lo juzga, lo prohíbe y lo condena al fuego perpetuo.

En esa cárcel interior tuvo que vivir Omar, constreñido entre la turbación y la amargura, durante 29 años. Lo que da por sentado que Mateen era misógino –así se hubiera casado-, y además homofóbico, odiándose así mismo, hasta la madrugada del domingo 12 de junio de 2016, cuando la polilla halcón calavera que tuvo atragantada tantos años no resistió semejante cautiverio, alzó vuelo y perpetró el crimen en serie más espeluznante del que se tenga noticia en el prontuario judicial del reino de Walt Disney.

Cuando los estudios de Hollywood están al tope de rodajes, el diablo filma a sus anchas en la cotidianidad de los norteamericanos y con locaciones a dedo: las torres gemelas, paradójicamente las salas de cine, una guardería, un colegio, una universidad, una competencia atlética, un bar. Está visto que Estados Unidos, no obstante, su poder y dominio sobre el mundo, es el país más inseguro y vulnerable.

La culpa la tienen sus gobernantes: la debilidad de sus leyes permisivas con las armas –tanto en la súper productividad como en su adquisición y porte- , la decadencia de una sociedad que se consume a sí misma por su consumismo a ultranza; la rutina tediosa de sus ciudadanos afincados a una materialidad desconcertante que se refleja en el alto índice de obesos y drogadictos, producto de una ansiedad irremediable por querer más de lo mismo y acceder a paraísos artificiales, a costa del dinero plástico.

Por estos huecos ingresaron agentes del FBI para dar de baja a Omar Mateen, quien con un rifle AR 15 asesinó a 49 personas y dejó heridas a 53. Foto: La Nación (Argentina)

Casi todo es sintético en Estados Unidos, empezando por los mamarrachos de Disney, y los cientos de parques temáticos, como los de Texas y Las Vegas con sus ridículas réplicas de la Torre Eiffel, la Muralla China y el Taj Mahal, y las bodegas repletas de plomo y poliuretano que es la basura asiática que invade las secciones de juguetes de los supermercados, y los rifles de polipropileno AR 15 con que los párvulos rubios de los hig school se inician en las huestes de los criminales del mañana, y los inagotables ríos de sangre de las películas de bala ventiada y de lujosos automóviles destrozados, cuando no de porno al rojo vivo, quimera de los sicópatas; esa orgía de la desmesura y el delirio, de la codicia y la ostentación, y del ego disparado como la estridente pirotecnia que estalla a cada rato en el cielo gringo, para hacerle saber a la humanidad que ellos son los indiscutibles amos del mundo.

La ira yihad no se aplacará mientras el imperio de Tío Sam no repare en su ruina moral y el orgullo gay no sea tan evidente y gritón ante los ojos de los postrados en mezquitas. Cualquier día, y no será tan lejano, otro Joker de las antípodas, un Omar, un Abdul, un nuevo Osama, desde su clandestino centro de operaciones macabras, le dará un click al enter del teclado de la ultrabomba química, y media humanidad saltará en pedazos por los aires, como las bengalas arco iris de los festines gringos.

Sólo en ese instante, Alá se desperezará de un pesado y milenario sueño.