Memorias de Juan El Ermitaño

Por: Augusto León Restrepo Ramírez.–

BOGOTA, 13 de junio_ RAM_ El escritor y periodista Augusto León Restrepo presentó el viernes 3 de junio, en el Club Miraflores de Aranzazu, el libro “Memorias de un Ermitaño”, escrito por César Montoya Ocampo. Este es su texto:

augusto leon restrepo-253x300Cuando me distinguió César Montoya Ocampo con el honroso encargo de que hiciera la presentación de su último libro, Memorias de Juan el Ermitaño, le solicité que me enviara el texto para tener conocimiento de primera mano sobre lo escrito, abrevar en sus páginas y así cumplir con alguna solvencia tan comprometedor empeño. Lo primero que se me ocurrió, fue ir al diccionario para buscar el significado de la palabra ermitaño en toda su extensión, por cuanto mi idea de la definición era la de que se refería a alguien sin ningún contacto con el mundo externo, meditabundo y ajeno a las tentaciones, con cilicios penitenciales y propósito de la enmienda por sus complacencias con los placeres terrenales. No me cabía ni me cabe tal concepción que de sí mismo pudiera tener el memorioso escritor. Pero ajustado a la primera acepción del diccionario, ermitaño es aquel que vive en soledad y que profesa vida solitaria. Y como conozco a Montoya muy de cerca desde hace largos años, quien es brioso, dionisíaco, amante de los aplausos, jocundo y vocinglero, lucido y lúcido en las tertulias políticas y literarias, centro de atención en los salones de baile, saludador en los convites, amable y confianzudo con sus correligionarios, tampoco como que me cabía que encuadraran su vida y sus escritos en una presunta soledad. Pero resulta ser que hay soledades acompañadas. El” ven, acompáñame a estar solo”, es una realidad para ciertos espíritus selectos, sensibles, meditativos, que como el de César, disfrazan sus elaciones existenciales y las hacen aparecer exultantes y desbocadas. Montoya, en lo que ha denominado sus Memorias, deja al desnudo su alma en donde anidan los sentimientos más parecidos a la tristeza y a la soledad. Con su capacidad descriptiva dibuja sus años de infancia y pubertad, que no fueron transitados en medio de alfombras ni abundantes en ríos de miel y leche. Tuvo que salir hacia el seminario para que se le ampliaran los horizontes y coronar sus anhelos, cuando muy joven comenzó a recibir la acogida de sus gentes, después de desaires y señalamientos. Y ya profesional, se realizó con plenitud para obtener el reconocimiento social de sus paisanos y coterráneos y establecerse con méritos más que suficientes en el mosaico de sus prohombres. Todo esto lo narra en su libro, que está matizado de muchas, muchas soledades, ocasionadas por tragedias que pusieron a prueba la férrea consistencia de su alma. Las soledades de las muertes cercanas, del amor no correspondido, de los sueños inalcanzados. Pero con la cabeza en alto, empenachado como lo ha sido, desgrana ufano sus victorias profesionales y políticas, las de los campos de batalla del amor y del sexo. Los hombres solos encuentran en los refocilamientos físicos, descansos después de las luchas y de las traiciones, de las envidias y de los aleves ataques. César es ducho en descripciones de este tipo, que como graciosa digresión introduce en sus recuerdos más sustanciosos. Poemas eróticos, alusiones a las hetairas o prostitutas más famosas de la historia, son codificadas para deleite de su salacidad desbordada y de su concupiscencia.

Pero hay que recabar en lo sustancial. Su devoción por Aranzazu. Como epígrafe de su obra trae una frase del ruso Chejov: ” Si quieres ser universal habla de tu pueblo”. Dice Montoya Ocampo: ” El hombre, si es grato, adora el terruño donde nació. El medio geográfico, el mundo de las aguas, los caminos zigzagueantes muy largos, las colinas con negras pizarras a lo lejos, las laderas pobladas de vacadas, el verde agresivo de los cafetales, el olor virginal de la campiña, el área urbana con sus calles empedradas, el declive de sus tímidas avenidas con viviendas pegadas a la pared de sus barrancos, su plaza grande con la estatua de Bolívar de cara angulosa y sufrida y la escondida zona de tolerancia, de músicas estridentes y mujerzuelas de corazón alegre”. Así describe a su pequeña patria, para la memoración y para la historia. Pero también exalta sus valores humanos y a sus letrados. Es generosa su pluma con merecidas exaltaciones de sus gentes, de antes y de ahora. Se demora en los nombres de Luis Rivera y Salvador Serna, Javier Arias Ramírez , Pedro Nel Duque ” Crispín “, Juan Crisóstomo Osorio, Juan de Dios Bernal, Uriel Ortiz Soto, los hermanos Zuluaga, Rubén Toro López, Carlos Ramírez Arcila, Jorge Ancízar Mejía y muy en especial en el del periodista, tesonero como el que más, Evelio Giraldo Ospina, Director de los muy leídos ” Ronda Libre” y el diario digital Eje 21 y en el de José Miguel Alzate, escritor, ensayista, cuentista y columnista de los diarios El Tiempo, La Patria y Eje 21 y quien instó a César Montoya a iniciar y mantener su columna semanal en La Patria durante mas de quince años, la que le ha servido a César para desfogarse contra sus eventuales contradictores, exaltar a sus amigos y dejar prosas memorables sobre los sentimientos y las pasiones suyas y de sus prójimos, con lente sicológico y admirable adjetivación, de la que ha sido un inigualable maestro.

No podríamos tampoco dejar de aludir a las justas y merecidas páginas dedicadas a figuras destacadas de la política y la intelectualidad caldenses. César tuvo la fortuna de conocer, compartir tribuna y ser contertulio de Silvio Villegas, a quien rinde merecido tributo de admiración; de José Restrepo Restrepo, de Hernán Jaramillo Ocampo y de Fernando Londoño y Londoño. Y como nó, epígono fiel y devoto de Gilberto Alzate Avendaño, cuyo perfil y recordación son escultóricos. Y desde luego, párrafos nobles y generosos para quien ha sido su Jefe político, confidente y camarada de los últimos años, el ex parlamentario Omar Yepes Alzate, aquí presente. Como generosos y entrañables son sus renglones para sus compañeros de lunas, de músicas y de versos, sus amigos de todas las horas, Jorge Mario Eastman, de quien soy portador de un abrazo entrañable y estrecho para César, Otto Aristizábal Hoyos, aquí con nosotros y quien les habla. Por su afecto, mil y mil gracias César, en esta noche que podría calificarse como de banquete cordial de la amistad y los reconocimientos.

Pudiera extenderme para elogiar al personaje que nos convoca y a su ya larga obra, que por fortuna se han encargado de recoger editorialmente sus hijos. Pero, y perdónenme que lo haya incumplido, me había hecho el propósito de no robar cámara ni luces a quien es la figura estelar esta noche, muy común actitud en prologuistas y presentadores de libros. Déjenme entonces que concluya, diciéndole a César que hoy comienzan su camino Las Memorias de Juan el Ermitaño, que como si fuera un hijo, es como una flecha al vacío disparada, y que solo los lectores serán quienes puedan valorarlas. Esa es la aventura del demiurgo, del creador, lo que apasiona y retribuye. Nosotros somos notarios de ese nacimiento. Quienes estamos aquí reunidos por ser sus admiradores y amigos, en síntesis, solo podemos decirle que Usted ha cumplido con su tierra y consigo mismo. Que sus vivencias estarán inscritas en las gestas intelectuales de la Aranzazu que le vio surgir, que su trascendencia, a la que es tan afecto, está asegurada y que el olvido, que es la efectiva muerte, no ensombrecerá sus escritos ni su pródiga y envidiable existencia. ¡Salud! al amigo, y muchas, muchas gracias a ustedes por haberme escuchado.