Insurrección Por: Ricardo Galán.—

En junio de 2016,  el 78% de los suizos se opuso mediante un referendo a recibir una mensualidad de 2.500 francos suizos, un poco más de $7 millones 599 mil pesos colombianos, por cada adulto trabajará o no. Y otros 625 francos, unos $1.695.000, por cada menor.  Para financiar ese subsidio el gobierno crearía nuevos impuestos o aumentaría las tasas de los existentes.

La noticia pasó desapercibida porque casi al mismo tiempo en el Reino Unido el pueblo votó 51.9% a favor de retirarse de la Unión Europea.

El 2 de octubre en Colombia el 50.23 % de los ciudadanos votó en contra de un Acuerdo de Paz firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc una semana antes.

El martes 8 de noviembre de 2016 el empresario Donald Trump consiguió 279 votos electorales que le convirtieron en el Presidente número 45 de los Estados Unidos de América. El país más poderoso del mundo.

En todos los casos los analistas tradicionales se declararon sorprendidos por los resultados. “Será muy difícil de explicarle al mundo que un país rechazó la paz” escribió un periodista español que además se atrevió a calificar de estúpidos a los votantes por el NO.

“El pueblo nunca entendió la pregunta, ni las consecuencias que tendría nuestro retiro de la Unión Europea”, explicaron los diarios ingleses tras la derrota del gobierno británico que defendía la permanencia del Reino Unido en esa alianza. El Primer Ministro renunció tras la derrota.

En Suiza le atribuyeron la derrota de la propuesta a tres factores: la tradicional vocación trabajadora de los suizos, su preocupación porque el país perdiera competitividad y el obvio rechazo a subir o crear nuevos impuestos.

En Estados Unidos aún no encuentran una razón satisfactoria para explicar la derrota de la “candidata de todos”. Los analistas tradicionales no logran descifrar por qué el pueblo norteamericano acaba de elegir como su Presidente a un tipo al que ellos, los analistas tradicionales, calificaron como bruto, ignorante, tramposo, inexperto en política nacional e internacional, violador de mujeres y, para colmo, mentiroso. Los gringos tienen fama de perdonar los errores, pero no las mentiras de sus gobernantes.

¿Qué está pasando? ¿Por qué los pueblos están votando en contra de la lógica y el sentido común? ¿Por qué están desconociendo las directrices y orientaciones de sus líderes tradicionales, sus periodistas y medios de comunicación?

Quizá una cifra nos pueda dar un indicio de lo que está pasando. La encuestadora Yanhaas le preguntó a 705 personas, de las cinco principales ciudades de Colombia si creían que los políticos tradicionales del mundo están haciendo lo suficiente por entender y trabajar por las necesidades de la gente? El 82 % respondió que NO. El 82%.

La gente está decepcionada de los políticos y los partidos tradicionales. Ya no les creen. Siente que mienten y engañan. Que prometen una cosa, pero hacen lo contrario. Que les cobran más y más impuestos y nunca entregan cuentas. “Nadie sabe a donde va a parar toda esa plata, se la roban” me respondió Uriel, un veterano taxista bogotano.

El pueblo no ve que los políticos le traigan solución a sus necesidades. Al contrario, a cada solución o avance de la sociedad los políticos le inventan un problema. ¿No me creen? Piensen en lo que han hecho frente a soluciones como Napster, UBER o Netflix. Las han declarado ilegales, las han bloqueado o les han inventado un impuesto. ¿Para qué? Para proteger a los monopolios de siempre.

Así que entregarle el país a un empresario medio loco, que ha sido capaz de quebrarse y reinventarse varias veces, puede parecer una buena idea. Distinta por lo menos.

Si los negocios son lo importante y los empresarios siempre han mandado a través de los políticos, lo que puede estar pasando es que la gente, y los empresarios, decidieron ahorrarse los intermediarios. La gente quiere cambios y los políticos no han podido o no han querido hacerlos. “Lo que no sirve, que no estorbe” pueden estar pensando.

¿Y los medios de comunicación?

Hace unos días The New York Times publicó una carta abierta a sus lectores en la que los editores se preguntan si tal vez, sólo tal vez, “por considerar inconveniente una presidencia de Donald Trump, habían subestimado el apoyo que  le darían los votantes de los Estados Unidos”. Admiten que el triunfo de Trump los “tomó por sorpresa”. La disculpa está de moda.

En el mismo diario el periodista y escritor argentino Martín Caparrós nos envía una señal de que alguien empieza a entender ese fenómeno global: “Durante décadas el sistema pareció funcionar: las mayorías reproducían los comportamientos que les imaginaban las dirigencias —políticas, económicas, culturales—, ya no. El 2016 ha sido, para descubrirlo, un año clave. El 2016 fue el año que demostró que muchos de los que nos dedicamos a contar y pensar nuestro tiempo no entendemos lo que pasa en nuestras sociedades, y que la realidad es tan taimada como para actuar sin preguntarnos; el año en que tantas personas, en distintos países, de distintas maneras, chocaron de pronto con una roca oscura y descubrieron que esa roca era el mundo en que viven, su país, sus paisanos.”

En Estados Unidos, Colombia y el Reino Unidos los medios decidieron tomar partido. Pero se equivocaron de bando. Los todo poderosos medios norteamericanos le apostaron a la señora Clinton y se hundieron con ella. El bullying que aplicaron contra los seguidores de Trump tuvo el mismo efecto que el matoneo de sus colegas en Colombia contra los partidarios del NO, los votantes engañaron a las encuestadoras. Les dijeron lo que querían escuchar, no lo que en realidad iban a hacer.

Ethan Zuckerman, es el Director del Center for Civic Media, del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Es considerado uno de los grandes pensadores contemporáneos. Creó Global Voices una comunidad internacional con más de 1.400 blogueros en más de 100 países. Fue el orador principal este año en la ceremonia de entrega de los Premios de Periodismo Simón Bolívar.

Zuckerman explica así lo que está pasando: “¿Qué es lo que está ocurriendo como una gran tendencia global? Creo que la gran tendencia es la falta de credibilidad en las instituciones. Es muy difícil para muchas personas creer en grandes instituciones, en sus burocracias. Lo ves más claramente cuando se refiere al Gobierno. Muchas personas se sienten inclinadas a apoyar individuos, demagogos que les prometen un cambio. Pero, cuando lo miras más de cerca, no es sólo el Gobierno. La gente no cree en las corporaciones. No cree en los bancos. No cree en la Iglesia. Los ciudadanos no confían en ninguna gran institución. Pero en lo que menos confía la gente es en los medios de comunicación. Ellos saben que los medios son una pieza del sistema de poder del que ellos no son parte. La gente está perdiendo la fe.”

¿Perdiendo la fe? No estoy seguro. La sabiduría popular dice que lo último que se pierde es la fe y lo primero la confianza. Los ciudadanos perdieron la confianza. Creen que todo está mal y a los políticos no parece importarles. Y a los medios tampoco.

Una y otra vez los inconformes han intentado llamar la atención. Enviar el mensaje. Pero nadie los escucha. Y como nadie atiende, nadie hace nada, sienten que llegó la hora del borrón y cuenta nueva. La hora de la insurrección. De tomar sus propias decisiones.

Si los medios, considerados cómplices de los políticos, se tomaran el trabajo de escuchar no tendrían porque acudir a la excusa baladí de haber sido sorprendidos porque los colombianos le hubieran dicho NO a un Acuerdo de Paz que si se podía mejorar: O que los suizos rechazaran un subsidio que prometía menos de lo que les costaba. O que los británicos prefieran mantener la independencia de su imperio. O que los norteamericanos hayan decidido probar suerte con un empresario sin experiencia en lugar de la dama que ya no parecía tener nada que aprender.

Políticos y medios deben comprender que los tiempos en que los pueblos agachaban la cabeza y les hacían caso ya es historia. Que en esta época de Internet, redes sociales y teléfonos inteligentes la comunicación es de doble vía. Que los cambios que logra una comunidad en un país, por lejano que parezca, se convierte en un ejemplo global casi al instante. Que ya no pueden mentir, desinformar y manipular.

Los medios deben entender y aceptar que han perdido influencia y poder. Que ya no son unos pocos informando a millones lo cual les permitía decidir que era noticia y que no, imponer temas, horarios y puntos de vista. En el mundo de hoy el público decide que ver, cuando, donde y como. Las audiencias masivas están en vía de extinción. Los medios y los periodistas debemos aprender a escuchar a nuestras audiencias, no sólo a nuestras fuentes, amigos, jefes o patrocinadores.

En el Reino Unido y Colombia los gobiernos creyeron que con el control que ejercen sobre los medios masivos y unas multimillonarias campañas publicitarias les alcanzaba para ganar. En Suiza, como en Colombia, el gobierno creyó que si sólo mostraba un lado a su juicio positivo los ciudadanos caerían en la trampa de aceptar una dolorosa Reforma Tributaria.

En Estados Unidos, el gobierno de Barack Obama, el Partido Demócrata y medios poderosos como el New York Times, CNN o Univisión creyeron que si lograban asustar lo suficiente a los electores mostrando a Donald Trump con el mismísimo diablo, Hillary Clinton tendría despejado el camino hacia la Casa Blanca.

Todos se equivocaron. Los ciudadanos ya no reaccionan como los niños de Hamelin. Hoy se necesita mucho mas que buena música y un flautista talentoso para encantar al pueblo y conseguir que apoye una idea, apruebe una Ley o elija a un Presidente.

Hoy se necesitan ideas claras y objetivos posibles. Hay que conversar, lo cual implica escuchar y responder con sinceridad. Hay que demostrar coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.

No hay otra manera de reconstruir la confianza. Cuando no hay coherencia la gente deja de escuchar, de confiar y de votar.

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