Su Santidad Francisco

Por: Álvaro Uribe Vélez.–
-Ya han pasado dos presidentes de Colombia, ¡será que somos tres!-, fue mi cruce de palabras con el sacerdote, que con lista en mano, controlaba el ingreso al Altar de la Basílica De San Pedro para saludar a Su Santidad Benedicto, el día de su inauguración. 

Me quedé sin saber de uno de los tres, el otro, pienso, era Julio Sánchez Cristo, con quien he tenido una amistad que remonta a su padre. Me esperó en el aeropuerto de Madrid y hablamos durante la escala, mientras yo cambiaba a otro avión comercial con destino a Roma. Mi única comitiva era el entonces capitán Rodolfo Amaya, compañero por quien guardo tanta gratitud. Me dijo Julio que quería ir a la posesión del Papa, lo espero en Roma le respondí, “pero vaya con ropita dominguera porque esta de trabajo no es para la ocasión”. Su elegancia modernísima era muy extraña para mi anticuado provincionalismo.
En fecha posterior hice visita oficial a Su Santidad Benedicto. Le conversé en mi brusco y despacioso Inglés paisa. Me preguntó mucho por Colombia y América Latina. Sus delicadas y caballerosas maneras no alcanzaban a disimular su curiosidad.
Años antes, bien al inicio de la Presidencia, acudí con mi señora a visitar a Su Santidad Juán Pablo II. Estaba sentado en una silla de ruedas, de espalda a las ventanas de su oficina, que se asoman a la Plaza de San Pedro. Mientras esperábamos que abrieran la puerta yo respiraba con agitación y sentía taquicardia en el alma. Al mirarlo, sus penetrantes ojos azules ya me tenían conectado, con tal profundidad que no necesitó escucharme para conocer mis defectos y pecados. Me habló de seguridad y orden, palabras que al recordarlas, asociadas a su imagen, me renuevan energías.
Transmití a los medios de comunicación mis emociones al conocer a Su Santidad Francisco. Viaje que realicé por el noble interés del Procurador Fernando Carrillo, de César Alierta y la generosidad de Luis Carlos Sarmiento.
Su Santidad habla con marcado acento argentino, tono bajo, con una gran amabilidad aumentada por su mirada fija, no escrutadora. Interrumpe con delicadeza, pregunta y comenta lo preciso.
Netflix, otros asombros para mi generación como el Wi Fi y el IPad, me han regresado a ver películas, tan abandonadas desde mi niñez que gozaba con “El Llanero Solitario”. Las lecturas sobre el Papa Francisco, la serie de cine y la oportunidad de la reunión me han causado mucha inquietud. Su Santidad reconocía aspectos del Peronismo que rimaban con la Doctrina Social de la Iglesia, pero no aparecía como fanático militante; promueve la justicia social en equilibrio con el éxito de la empresa privada; protegía a los perseguidos y torturados de la dictadura, pero desautorizaba la lucha armada; inculca valores de familia con un corazón abierto y comprensivo a la madre cabeza de hogar; estimula el perdón pero reclama la justicia; sigue proponiendo el nuevo diálogo que aquí negaron; su naturalidad ha sido la misma en la relación con el rico o el desposeído; a su preparación teologal y humanística suma un gran sentido común, recuerda la frase de su madre “las mortajas no tienen bolsillo y los cortejos fúnebres no llevan camión de mudanzas”. Genera inmensa simpatía, es la personificación del carisma, es cautivante.
Su Santidad Francisco se me adelantó, me dijo que era un cura de pueblo, algo le repliqué, “Su Santidad por favor, el político de pueblo soy yo”.

El Sabanal, Córdoba, Enero 3 de 2017

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