El último hombre y 8 milímetros

Por: Andrés Rojas.–

Imagino que cuando muera alguien le avisará a los que me quieren, si es que no estoy junto a ellos cuando eso pase.

Pero preferiría que lo sepan estando cerca de mí. No imagino, tampoco, que alguien que no les conoce, tenga que contarles que dejé de existir.

Pero me aterra pensar que sería de ellos sin mí. Y sufro de pensar que llegará el fin de la vida y ellos no lo sepan nunca o les toque muy duro. Y no puedan ser felices.

O que me busquen por siempre con la esperanza de que estoy vivo, como a los 63 mil desaparecidos en Colombia. Casi un estadio lleno de gente de la que nunca más se supo.

Cuando pienso en ese momento, en el día de mi muerte, cuando me toque irme para siempre del mundo de los vivos y dejarlos solos, se me arruga el corazón.

Pienso en los que amo, y entonces cuando se me encharca el ojo, solo me resta entregarme a Dios para que sea ÉL , quien los guarde y envíe a alguien más que los ame como yo, por siempre, y me reemplace en caso de que ya no esté.

Estos sentimientos se apoderan de mis noches y cada tanto por vivir en Colombia.

A un muchacho de 23 años parado en un esquina y prestando un servicio a los demás, le explotó al lado una bomba. En una esquina por donde he pasado muchas veces.

Diagonal al mejor restaurante casero de la ciudad donde he tenido los mejores almuerzos, llamado la Abuela. Un lugar de culto. Un sitio para invitar a los turistas a comer fríjoles y de postre muchas cosas. Un restaurante ejemplar en el barrio La macarena de Bogotá.

A mi miedo de por vivir aquí, estimado General de la Policía, se le suma el portafolio de cosas grotescas que tenemos que ver, presenciar y padecer en un país como Colombia.

Somos expertos en aberraciones y no nos sorprendernos de nada.

Hace poco leí y vi un par de películas para mi ejercicio de análisis en un pod cast que cada noche hago feliz con otros dos periodistas.

En una se evidenciaba la presencia de algo maligno que atraviesa la sociedad. De un espíritu inmundo que lo contamina todo con maldad. Del exceso. Del desenfreno.

Las dos  me mortificaron demasiado. Una llamada 8 milímetros con Nicolage Cage. Que no es muy buena, pero tiene un argumento interesante y horrible.

La vi para entender la sevicia de los monstruos de Teusaquillo, o Monserrate, o a Garavito, o al de la semana pasado en Kennedy. O al del año pasado, al Uribe Noguera, o al de Rosa Cely o al del ácido.

 A todos esos los malvados delincuentes que han atentado contra los niños pobres y mujeres en cualquier esquina del país.

Lo invito a que lo haga. En esa película se funden y condensan los 18 mil casos que Medicina Legal debe atender al año por violaciones y abusos a los niños, en un país que no los ha respetado nunca.

Y una pelicula más reciente: Hasta el último hombre. Se trata de la historia de un soldado que se negaba a empuñar las armas en la guerra entre los Estados Unidos y Japón.

Recreando el conflicto aterrador de principios del siglo pasado, este soldado tercamente quiso prestar su servicio como médico en el combate, negándose a empuñar un arma aún cuando en peligro de muerte salvaba los de su compañía y daba esperanza.

La cinta, dirigida por el archipremiado actor y director Meb Gibson es una obra maestra. La reconstrucción y crueldad de la toma a una colina donde se matan sin compasión alguna por cientos de miles, nos deja sin palabras.  Tal vez,  sin más lágrimas que derramar.

En las dos películas se evidencia lo malvada que puede llegar a ser la sociedad contemporánea que encontró en la ciencia y la razón, como nunca otra época, el desarrollo de todo a velocidades impensables igual que conocimiento o depresión.

No sé. Tal vez y cuando veo eso, se entiende un poco menos, porque después de tanto dolor, la mitad del país no comparte el proceso con las Farc con algo más de apertura.  Por qué, yo mismo no lo hago? No dejo de cuestionarme.

Y me respondo: podría ser entendible pues a muchos ciudadanos correctos, pero que cayeron por zancadilla a la picota pública, a los juicios y condenas los enviar a pagar cárcel y condenas injustas, mientras estos otros dan entrevistas y conceden reportajes.

Por eso la paz no es un propósito común para todos aquellos que de una u otra forma se la han jugado por un mejor país y nunca han empuñado un arma ni de juguete.

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