Jorge Antonio Vega: “yo creo que en la radio hice de todo”

Por: Germán Posada.–

Bogotá, 11 de junio_ RAM_ Recientemente en el aniversario del reconocido locutor, Jorge Antonio Vega Baquero, el reconocido hombre de medios, Armando Plata Camacho, lo felicitó refiriéndose a él como “Maestro de Maestros”. En lo personal creo que ningún otro calificativo se acercaría con tanta claridad para determinar el profesionalismo, carisma y protagonismo, que ejerció en la época de oro de la locución colombiana, el Maestro Vega Baquero.

Regocijo es tan sólo un ínfimo sinónimo para describir mi alegría de conseguir hablar con él y poder dejar plasmada a través de esta entrevista, la calidad humana de un profesional íntegro que, a través de su magistral voz y su talento excepcional, logró hace ya mucho tiempo, ocupar un lugar de jerarquía dentro de la historia de los medios en Colombia.

G.P.: ¿Cómo descubrió su gusto por la locución?

 J.A.V.: Siendo yo un niño comencé a sentir una inmensa atracción por la radio. Por allá en los años 30s, mi padre llegó a la casa con un aparato receptor que era la gran novedad por aquellos tiempos y a mí me daba por estar escuchando el aparato y se me fue formando la idea de que ahí había magia. Me preguntaba cómo era que en esa cajita había música, voces, gente.

G.P.: ¿Pensó en alguna otra profesión diferente a la locución?

 J.A.V.: Aun siendo yo un niño trabajé en una imprenta, hacíamos periódicos levantados a puro dedo, letra por letra, era una labor artesanal maravillosa. Trabajé varios años en eso y siempre me gustó ese contacto con la palabra oral o escrita allá afuera. Era un trabajo de cierto carácter periodístico porque a esa imprenta iban políticos regionales a hacer sus periódicos semanarios para llevar a su provincia y a mí me correspondía esa labor de cajista que así se llamaba. Tuve la oportunidad de conocer mucha gente interesante del ámbito y cultural y de afinarme en aspectos importantes como la ortografía y la redacción.

G.P.: En su época activa como locutor la gente lo aplaudía en las calles. ¿Que sentía por estos aplausos?

 J.A.V.: Esos aplausos yo los agradezco muchísimo porque yo siempre tuve una gran oportunidad de trabajar en escenario con público y me acostumbré a ese contacto directo con la gente y me fue muy bien. Trabajé muchos años en la agencia de publicidad “Atas Publicidad” empresa formidable, en donde creaba campañas publicitarias. Fui muy joven director de Caracol en el año 56 y me correspondió la creatividad que es lo que me fascina en la radio, desarrollar programas, crear, buscar nuevas formas de decir lo mismo, pero con atracciones diferentes para llamar la atención de un público cambiante.

G.P.: ¿Qué significó en su carrera la “Hora Phillips”?

 J.A.V.: En ese tiempo las grandes firmas patrocinadoras tenían programas semanales en las emisoras de las cadenas. Algún día en una junta de Atlas Publicidad con los directivos de la Phillips colombiana se propuso la idea de hacer algo  que realmente sacudiera la sintonía, que causara impacto, crear algo fuera de lo común. A mí se me ocurrió proponer un programa diario de una hora de 8 a 9 de la noche con orquesta propia, con humor, concursos, una mezcla de temas que constituyeran diversión, atracción, entretenimiento para la familia. Siempre teniendo en cuenta el grupo familiar. Recuerdo que la primera respuesta que me dieron fue preguntarme quién iba a hacer un programa diario de una hora con todo esto. Yo les dije que era capaz.

Así duró en antena casi 11 años continuos. Fue un hito en la radiodifusión colombiana. El presupuesto inicial para comenzar era para diez ciudades capitales en donde había buen mercado de los productos Philips. Al poco tiempo de estar el programa en el aire empezaron a llamar emisoras de provincia para pedir permiso para retransmitirlo gratis. Querían aumentar su sintonía y yo los autorizaba. Llegamos a tener una red extraordinaria. Al cabo de los 5 o 6 años ya teníamos casi 90 emisoras en el país que retransmitían la hora Phillips. Yo sabía que ellos en su provincia seguramente cuando yo pasaba las cuñas en el gran programa nacional, ellos pasaban sus mensajes comerciales de su región, era claro que de algo tenían que vivir pero a mí no me preocupa, al contrario pensaba que así les fortificábamos su presupuesto local. Lo que más me interesó fue la fortaleza del nombre del programa y la fortaleza del nombre del patrocinador. Se acabó en 1971 y todavía la gente de aquella época lo recuerda y los jóvenes de repente tienen mención de eso y me preguntan que era este programa. Eso me dejó una enorme satisfacción. Para mantener esa atracción tan grande traíamos artistas de moda de Europa, México, Argentina y esto era muy costoso. Se financiaba con las enormes ventas que teníamos, el tope de ventas se elevó. Fue una época prospera en donde había dinero, patrocinios, satisfacción general.  Mi satisfacción es grande porque se hizo una siembra de marca, una siembra del nombre del programa y una siembra de mi nombre como director y animador que es extraordinario.

“A todo aquel que tiene el privilegio de comunicarle a los demás su palabra tiene una responsabilidad social que es el respeto, la preparación, la educación, la formación de un pueblo.”

G.P.: ¿Qué tal la experiencia de haber aprendido a escribir radionovelas?

 J.A.V.: Hay tanta gente a quien agradecerle cuando uno llega a estas alturas de la vida. Uno hace un recuento de cómo fue el transcurso, de cómo se fueron presentando las cosas y hay que agradecerles a muchas personas lo que hicieron por uno.  Trabajando en La Voz de Colombia en 1952 a un productor antioqueño que sin lugar a dudas podría yo catalogar como uno de los genios de la radio, se llamaba Luis Betancur Tolosa, en una ocasión me preguntó si yo escribía, y yo le respondí que no. El sacó un paper book de una serie que se llamaba “La Sombra” que se trataba de un detective y me dijo que sobre el tema escribiera unos seis capítulos de media hora. Yo los escribí y después de revisarlos me dijo que eran muy malos y que daban pena y los tiro a la papelera. Luego sacó otro y me dijo de volverlo a hacer. Yo sentía vergüenza conmigo mismo  y esto me impulsó para hacerlo nuevamente y gracias a esto terminé gracias a Dios adaptando radionovelas para ese mercado extraordinario en los años 50s y 60s que eran el producto favorito de determinadas marcas como Colgate, Palmolive y Cobra S.A, entre otras.

G.P.: ¿Qué significó en su vida el humorista Hebert Castro?

 J.A.V.: Trajimos cómicos de México como “Kiko y Karlo”, de Cuba “Los Casanova”, y actuaron muchos humoristas colombianos. Una vez me topé sintonizando una emisora de Medellín y escuché al extraordinario Hebert Castro y se hizo el contacto a través de La Voz de Antioquia y así lo trajimos a Bogotá. Aquí me convertí en su amigo, empresario y su compañero de trabajo durante casi 20 años. Fue sin duda alguna el cómico radial más extraordinario que se haya presentado aquí.

G.P.: ¿Qué diferencia su época como empresario de artistas a la época actual?

 J.A.V.: Bueno. Yo trabajé muy bien eso y funcionaba muy bien. Pero en 1975 hice mis últimas incursiones como empresario porque empezaron a penetrar dineros mal habidos. Le pagaban al artista una suma que no estaba realmente de acuerdo con las capacidades de taquilla de los lugares en donde yo trabajaba. El asunto era que había que “lavar” y yo resolví retirarme de esa actividad porque no tenía por qué meterme en ese círculo difícil, trabajoso y delincuencial. Me retiré como empresario de espectáculos y no sé ahora cómo funciona. Perdí el rastro de esa actividad.

G.P.: ¿Habiendo sido empresario de boxeo que puede decirnos del por qué no se volvió a reactivar esa época dorada del boxeo en Colombia?

 J.A.V.: Para que una temporada de boxeo se pueda realizar hay que tener un ídolo. Eso sin ídolos no pega, no impresiona. Mi gran afición por el boxeo comenzó en mi infancia. Era un niño cuando entré a mi casa llorando y mi padre me preguntó el porqué. Yo le respondí que otro niño me había pegado y él me dijo que tenía que aprender a defenderme. Al día siguiente me inscribió en un gimnasio y esa fue y sigue siendo mi gran afición. En el gimnasio comencé a vincularme con los boxeadores y llegué a ser presidente de la Liga de Boxeo por varios periodos y dirigente del boxeo y vi la oportunidad de hacer empresa. Fui afortunadamente empresario de una de las peleas de Happy Lora cuando lo estábamos preparando para campeón mundial. Fui partícipe de la época de Bernardo Caraballo que fue el primer colombiano aspirante a un título mundial frente al brasilero Éder Jofre y esto se logró en Bogotá, gracias a los contactos de un entrenador cubano que vino a Colombia llamado Sócrates Cruz.

G.P.: ¿Cómo afectó el hecho de haber abolido la licencia de locución que se exigía antes a los locutores en Colombia para ejercer esta profesión?

 J.A.V.: Eso es uno de los errores garrafales que han cometido nuestros políticos. Yo he estado en el Congreso en tres oportunidades exponiendo mis teorías acerca de la conveniencia de establecer una tarjeta de idoneidad profesional porque lo que hicieron con la Constitución del 91 fue catalogar la locución como un oficio que lo podía hacer cualquiera y se olvidaron de la enorme responsabilidad social del comunicador como periodista, locutor incluso como predicador.  A todo aquel que tiene el privilegio de comunicarle a los demás su palabra tiene una responsabilidad social que es el respeto, la preparación, la educación, la formación de un pueblo y con esta medida absurda por darle gusto a los políticos cualquiera puede tomar un micrófono y hablar lo que quiera y llegamos a este espectáculo de circo que estamos teniendo ahora en donde no hay respeto. La gente aborda temas que merecerían ser tratados por personas preparadas. Yo he expuesto en el Congreso de la Republica que eso que ellos llaman la libertad de expresión debe ajustarse al gran lema de nuestro escudo nacional “Libertad y Orden” pero esa libertad de expresión con cierto orden, con orientación, que al tomar un micrófono se sepa lo que son las normas éticas y morales para conducir un programa de radio o de televisión.

“Perdóneme la modestia, pero yo creo que en la radio hice de todo.”

 G.P.: ¿Aún es el Presidente de la ACL?

 J.A.V.: No. Lo ejercí por dos periodos consecutivos y sus reglamentos impiden un tercer periodo. Soy el director ejecutivo.

G.P.: ¿Cuál es el principal requisito para ser miembro de esta importante Asociación?

 J.A.V.: Amar lo que se va a hacer. Cualquier persona que trabaje en las comunicaciones en Colombia y compruebe antigüedad, experiencia, responsabilidad, preparación, buenas recomendaciones, se pone en consideración de la Junta de admisiones, se les pide un demo para escuchar su voz, etc.… si todo esto se cumple puede ingresar.

G.P.: ¿Cómo ha aportado la ACL al bienestar de la locución en Colombia?

 J.A.V.: Nosotros tenemos una academia donde dictamos un curso inicial de 30 horas que se llama “El Arte de la Palabra”. Está dirigido no solamente a locutores sino a todas las personas que saben que la palabra es el vínculo inmediato para su trabajo como vendedores, expositores y hasta pastores de iglesia. Las personas aprenden el manejo y cuidado de la voz, tonos, una iniciación musical para que la gente sepa que la voz es el instrumento más perfecto que hay. Tenemos especializaciones según el ramo como deportivo y comercial y tenemos gente de renombre que se encargan de preparar a los interesados.

G.P.: ¿Qué diferencia su época de locutor a la locución que se ejerce actualmente?

 J.A.V.: Yo en esto no tengo mucha cosa que decir. Lo primero es que a cada uno le corresponde una etapa en la vida. El desarrollo social de un país va cambiando mucho. Cambian los gustos musicales, las modas, los productos y se requiere una constante renovación. Yo por ejemplo de los muchachos que hay ahora en la radio encuentro varios que tienen fundamento y digo: estos son. Y otros muchos que están como colados en la actividad porque no tienen ni las condiciones ni la calidad ni la profundidad para vivir de esto. Creo que a mí me tocó aquella época maravillosa de los años 60s y 70s como animador y empresario, luego como lector de noticias en radio y televisión que es una actividad sumamente exigente porque es estar permanentemente informado y tener la capacidad de raciocinio para saber que conviene y que no para decir. La prudencia frente a un público obliga a cierta autocensura. Es cautela, es un poco de sentimiento, de evitar e incitar grandes malestares.

G.P.: ¿Admira algún locutor del extranjero?

 J.A.V.: En mi época de formación tenía muchos a los cuales sintonizaba. Era la época del Diexismo en la sintonía de las ondas cortas en aquellos años 50s. Escuchaba locutores formidables de México, Cuba, Argentina. Los escuchaba porque necesitaba alimentar mi inquietud para formar mi propio estilo.  Recuerdo a locutores como Marco Tulio Maristany de Venezuela, a Manuel Bernal de México al cuál apodaban “El Bachiller de México” y muy especialmente al locutor chileno que animaba “Discomanía”, mi amigo personal, Raúl Matas Esteban, quién fue muy famoso en Estados Unidos en la radio latina.

G.P.: ¿Cuál es su preferida la radio o la televisión?

 J.A.V.: Fundamentalmente la radio. Yo soy un hombre de radio. Trabajé mucho en televisión pero me gusta la magia de la radio.

G.P.: ¿Siente que le faltó haber hecho algo en su carrera como locutor?

 J.A.V.: Perdóneme la modestia, pero yo creo que en la radio hice de todo. Humor, radio novelas, escritor, locutor deportivo, publicista, en fin. Tenía ese ímpetu juvenil y esos deseos de triunfar, de tener una vejez tranquila fruto de mi trabajo de aquella época.

G.P.: ¿Quién es un buen locutor o locutora?

 J.A.V.: La persona que tiene sentido de responsabilidad frente a lo que está haciendo. Que no sea solo por diversión, por pasar el tiempo. La persona que asume esta actividad como su profesión, como su medio de vida o como el escalón que requiere para destacarse en una sociedad ya tiene algo ganado. Luego viene la cuestión del conocimiento gramatical, el manejo del idioma, la cultura general, todos estos detalles que hacen del comunicador una persona interesante. No tanto la calidad de la voz. Ahora es más importante la calidad de lo que se dice.

G.P.: Usted como una leyenda de la locución a quién se le “quitaría el sombrero” en el ejercicio de la locución en Colombia?

 J.A.V.: Ay caramba… No me comprometa porque eso de citar nombres es difícil porque se quedan muchos sin mencionar. Pero bueno, a mí me fascinó Otto  Greiffenstein y no solamente su voz si no el estilo, la forma, la simpatía, como su voz representaba su personalidad. El tenía la particularidad que uno lo escuchaba por radio y después lo veía y era el trasunto vivo de una voz en un cuerpo.  Mucho Otto Greiffenstein.

¿Cómo se siente ser parte de esa selecta élite de la locución colombiana?

Como comprenderá lo que siento es una enorme satisfacción y una gratitud inmensa por tantos amigos que logré hacer en la radio, amigos que nunca conocí, pero que me favorecieron con su sintonía, porque se sabe que cuando uno realiza un programa y tiene gran sintonía entonces lo están valorando a uno, lo están cotizando, está uno tomando una autoridad frente a sus patrocinadores, de negociar su trabajo. Con la enorme sintonía que lograron mis programas sé que eso se debe y que es un compromiso frente a un público inmenso de amigos que no conocí.

G.P.: Maestro muchas gracias.

 J.A.V.: Gracias. Ustedes son supremamente amables conmigo porque me dan la satisfacción de reconocimiento de mi trabajo a estas alturas cuando ya estoy recorriendo el octavo hacia el noveno piso.

“Yo soy un hombre de radio. Me gusta la magia de la radio.”

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