Colombia necesita hinchas. El caso de Juan Carlos López, Millonarios y el ICBF

Por: Ricardo Galán.—

El nombramiento de Juan Carlos López como director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF desencadenó la furia de los hinchas de Millonarios.

De todos los hinchas. Desde las llamadas barras bravas hasta los más encopetados se tomaron las redes sociales y los medios dé comunicación para manifestar su malestar.

Los hinchas azules no entendían como a López, que estuvo a punto de desaparecer a su equipo de fútbol le entregaban uno de los institutos del con más burocracia, poder político y uno de los presupuestos mas jugosos del Estado colombiano.

En cuestión de minutos la noticia llegó a los periodistas deportivos que, de inmediato, se sumaron a la protesta. Comentaristas tan influyentes como Hernán Peláez e Iván Mejía la emprendieron contra el Presidente de la República y sus asesores. El escándalo en los medios creció a la misma velocidad que en las redes sociales.

Juan Carlos López intentó defenderse primero en el programa del periodista Yamid Amat, reconocido hincha del Santafe y a través de la radio en la mañana siguiente, pero entre más hablaba más se hacia evidente que su designación era insostenible.

Quizá lo que escuchó en la radio y leyó en la as redes convenció a Juan Carlos López que si retaba a la opinión pública su vida se convertiría en un infierno. A media mañana anunció que declinaba el nombramiento y las aguas turbias regresaron a su cauce.

¿Por qué a la gente le duele más el despilfarro o mal manejo en una empresa privada como un equipo de fútbol, que el despilfarro o el robo continuado de recursos públicos en casos como la Refinería de Cartagena o la Salud y la Educación de Córdoba para señalar dos ejemplos?

La respuesta está en algo conocido como sentido de pertenencia. Cuando los aficionados al fútbol nos convertimos en hinchas de una divisa lo hacemos para siempre, convencidos de que ese equipo nos pertenece. No importa si el dueño real es un Conglomerado Económico, una Jeque Arabe, una empresa cervecera o miles de socios entre quienes no estamos. Para los hinchas el equipo es nuestro. Punto.

Y actuamos como si lo fuéramos. Cuando sentimos que un equipo está mal administrado exigimos la renuncia del Presidente y su Junta Directiva. Si vemos que el técnico no da pie con bola y perdemos más de 4 o 5 partidos seguidos presionamos hasta que logramos su destitución. Cuando ese jugador que admiramos y aplaudimos se va para otro equipo lo llamamos traidor.

Como hinchas estamos pendientes día tras día de lo que pasa con nuestro equipo. Como ciudadanos no. ¿Por qué? ¿Por qué no sentimos por nuestra ciudad o nuestro país esa pasión? ¿Ese sentido de pertenencia?

Quizá porque a diferencia de nuestro equipo, nuestra ciudad o nuestro país nunca nos entrega un momento de alegría. Un momento de placer. Porque sentimos que es inútil protestar.

Cuando los hinchas dejamos de ir al estadio, comprar camisetas o apoyar a nuestro equipo, directivos, técnicos y jugadores se preocupan, buscan y aplican soluciones.

Cuando los ciudadanos protestamos a nadie le importa. Los gobernantes miran para otro lado, como si el asunto no fuera con ellos y si de pronto reaccionan terminan echándonos la culpa de su incapacidad. Y como nadie nos escucha o responde terminamos creyendo que los asuntos del Estado no son nuestros. Y resulta que lo son.

Cada peso que le roban a Estado es como si nos metieran la mano al bolsillo. Cada servicio que no nos prestan y por el que pagamos dos o tres veces es una estafa. Cada robo, cada estafa, cada desfalco de dineros públicos nos debe doler como si fuera un autogol.

Deberíamos defender cada peso público con la misma pasión con que defendemos a nuestro equipo ante un error arbitral. Deberíamos asumir que el Estado es nuestro equipo y reaccionar con furia y pasión cuando a quienes encargamos de administrarlo no nos entregan los resultados esperados, son incapaces o ladrones.

Colombia necesita hinchas

 

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