Divagación sobre el contratista

Por Óscar Domínguez G.

Los contratistas malandrines no tienen hoja de vida, sino prontuario. (Los hay buenos. No patean el código penal. Esta nota los ignora).
En los noticieros de televisión y en la prensa, los malandros tienen rostro de retratado hablado. Parecen asustados. Calumniados. Provoca pedirles disculpas por incomodarlos.
Su rostro no dice la verdad. Tampoco la mentira. No dice nada. Suministra más información el planeta Venus cuando se va de eclipse.
Muestran rostros neutros. Por estrategia y por negocio. Despistan al polígrafo. El inerte cachivache no logra descifrarlos. Un buen contratista –es decir, un ducho tumbador- es capaz de hacerle dar gripa al polígrafo para desestabilizarlo.
Ni el célebre criminalista Lombroso podría leer en su cara.
Tienen casa superhiperdotada. Acondicionarían ascensor para regar las matas. Si no salen libres, les espera jaula de oro, o arresto domiciliario que no se le niega a nadie… que tenga una robusta bolsa. Bien o mal habida. La prosaica cárcel pa los de ruana.
El secreto radica en hacer harta platica. Saben que tienen que devolver parte de la fortuna mal habida. Así minimizan el canazo.
Para adelgazar más la pena, escribirán un libro sobre la forma de hacerle el pedicure a un ciempiés. Callados la jeta, se burlan del código penal.
Si sueltan la lengua en presencia de micrófonos ávidos, deslizan evasivos y estratégicos monosílabos. De pronto un bisílabo. Y pare de contar. En esa anoréxica declaración dejan claro que serían incapaces de birlarle un centavo al erario.
A su lado, en plan de recomendar silencio mudo, estará su abogado que tiene la pared de su bufete ametrallado de diplomas. El profesional del inciso exhibe sofisticado reloj que da la hora de la semana entrante.
A veces la información que tienen los contratistas que pelearon con la ética y su carnal la estética, hay que buscarla en los pliegues de los pantalones. O en unos ojos huidizos que tampoco sueltan prenda.
Nuestro contratista – o corrupto, muchas veces es lo mismo- tiene el caminado y la distante mirada del sujeto que frecuenta restaurantes de diez trinchetes donde lo miman.
“Por acá don Fulano, ¿el whisky seco o en iceberg, sobre las rocas?, ¿está bien su plato?, ¿que no falte su cointreau?”.
Como las divas del espectáculo, nuestro sujeto apenas repite traje.
Sus exclusivos vestidos de flemático paño inglés, son cortados por láser. Las nostálgicas tijeras pasaron al cuarto de san Alzhéimer.
Por sus regalos lo conoceréis. Si va a Londres, compra en Harrods para su amante, y en Mark & Spencer para su mujer. Chanel para la primera, pachulí para la propia.
En el juzgado, de pronto mira hacia atrás. Averigua quién lo acompaña en su mala hora. Fotógrafos y camarógrafos aprovechan el papayazo para actualizar el archivo.
En público se niega la sonrisa. Lo puede delatar. En la intimidad se ríe y felicita por su capacidad histriónica.

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