La experiencia laboral

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Todo comienza con una pequeña frase: “Debo buscar empleo”. Una frase corta, fácil de pronunciar. No contiene elementos literarios o gramaticales complejos. Pese a eso, la situación que representa es extremadamente difícil.

Al principio se es optimista, se sonríe en las entrevistas, mientras se busca alguna oferta mediante Internet. Luego, se pasa a una etapa de auto-consolación: “voy a conseguir un buen empleo, quizás tarde, pero lo haré”.

Con el pasar de los días, el optimismo y la auto-consolación pasan a una etapa final, definitiva e inevitablemente más duradera: el pesimismo y la desesperación. En ese punto, se deja de buscar trabajo en un área específica y se dicen frases como “yo me le mido a lo que sea”. Justo ahí comienza un trágico y extenso calvario para cualquier desempleado.

Es decepcionante ser joven y buscar trabajo, estar en la llamada y apetecida “edad productiva” y no encontrar un empleo que se acomode al perfil profesional. Todas las empresas exigen experiencia. Es lógico: necesitan personal capacitado para realizar sus labores. La pregunta es: Y si en ninguna parte dan la oportunidad de trabajar ¿uno cómo hace para adquirir experiencia?

Surge entonces una perversa, gran y rentable empresa: las prácticas profesionales. Las llamadas pasantías. Consisten esencialmente en hacer que una persona sin experiencia trabaje jornadas enteras sin retribución económica alguna a cambio de la ilusión de la experiencia laboral. Algunas de estas duran un año, otras terminan extendiéndose. Sin embargo, hay empresas donde esta experiencia no es considerada importante.

Hay otra solución: las empresas de trabajo temporal. Normalmente se trata de empresas medianas que contratan personal provisionalmente para realizar alguna actividad. Los contratos suelen ser por prestación de servicios y obviamente, existe la posibilidad de ser despedido en cualquier momento.

Este tipo de empleos, si bien resultan de gran ayuda en un momento difícil, son creados para vulnerar los derechos de los trabajadores y fortalecer las ganancias de sus empleadores. El individuo contratado trabaja, realiza las funciones asignadas, y después de un tiempo –que no suele ser superior a 6 meses- es despedido. Las excusas son infinitas, y todas al parecer son válidas jurídicamente.

En ese mismo instante comienza de nuevo el proceso: del optimismo a la auto-consolación y luego al pesimismo. Esta es una condena real y constante para los trabajadores, los desempleados que por causas del sistema laboral, terminan siendo “aspirantes a desempleados”. Parece ser un ciclo. Una cadena de nunca acabar. Estar empleado 3 o 4 meses y luego pasar 1 o 2 meses buscando. Realizando maniobras casi acrobáticas para “hacer rendir” la liquidación -claro, en el caso de que exista-, ajustando el cinturón a más no poder.

Colombia necesita más garantías y principios laborales. Que la lucha de sindicalistas y trabajadores de siglos pasados no sea considerada como terrorismo, sino como una oportunidad para crear una clase trabajadora que cumpla con sus deberes, pero que pueda gozar de estabilidad laboral y de las prestaciones sociales a las que todo tenemos derecho

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