La música que despertó a Shakespeare

Por:  Oscar Domínguez G.

A Doña Inés Giraldo, salud.

Que los dioses musicales la mimen a usted y a todos los del Instituto Musical Diego Echavarría, IMDE, que dirige con mano tendida y batuta firme.

Gracias por la invitación a escuchar la orquesta del “Diego” en el teatro William Shakespeare, de Bogotá. Con su arte, sus pupilos la sacaron del estadio.

Shakespeare abandonó un momento su siesta eterna para disfrutar la velada que protagonizaron sus muchachos,  “hermanos mayores” de los estudiantes-cantores del Colegio Los Tréboles con quienes compartieron escenario. Les hicieron la fiesta de cumpleaños.

¿Qué tal la belleza de accesorios decorativos, el coro y demás parafernalia que corrió por cuenta de los anfitriones treboleros?

Muchos dejamos correr furtivas lágrimas cuando escuchamos algunas de las bandas musicales interpretadas: La guerra de las galaxias, Supermán, Batman, la Novicia Rebelde, la Pantera Rosa, los Picapiedra, los Coristas.

Con razón dice usted que al joven IMDE la música lo acompaña como parte de su vida. Cuando el ángel de la guarda toma compensatorio, lo remplazan con música, “ese ruido que piensa”.

Los del “Diego”  son tan conocidos en Bogotá que ya les hacen vale en el Parque de la 93 o en el Centro Comercial Andino, adonde suelen ir a comer. Y a desocupar vitrinas.

Ganas me dieron de que apareciera el Papa –o el presidente Santos- para chicaniarle: en IMDE tengo parienta que toca el violín. Le habría encimado el  nombre de la chica, María Clara. (“La orquesta soy yo”, dijo un stradivarius  después de ver la divertida e insólita película de Fellini, “Ensayo de Orquesta”).

Le confieso que les tengo envidia musical a sus menudos. Se levantaron arrullados por Bach, Chopin, Beethoven.

No me quejo: ha tenido como bandas musicales de mi vida a la Sonora Matancera, Gardel, el Dueto de Antaño, los Rolling Stones. Lentamente, he ido haciendo el tránsito de Daniel Santos a Mozart, del Trío Matamoros a Haendel.

Apenas me estoy desatrasando de la música clásica que me parecía propia de funerales. O ideal  para acompañar la extracción de una cordal.

Gran tarea cumplieron los profesores Andrea Ruiz, Vicky Restrepo, Javier Franco y David Hernández. Con ellos los alumnos jugaron fútbol, ultimate y hasta póquer, el pasatiempo presidencial. La idea es que el joven IMDE no aprenda las mañas de Santos. Preferible que se dejen seducir por Chaikovski.

En este escenario nos enteramos de la muerte del maestro Mateo Hazelwood. La prensa ignoró el fallecimiento del afamado director de la orquesta filarmónica joven de Colombia.

“Hay que vivir bien la vida para que nos recuerden bien”, escribió usted al dar el lúgubre parte.

Como también lo anotó, estas salidas del libreto ayudan a los estudiantes a ser proactivos y hacer ejercicio de autonomía. De paso, les dan merecidas vacaciones a los taitas. Desde ya juntamos ganas para el próximo concierto. (El Colombiano, junio 14 de 2012)

 

Ñapa

GRACIAS POR LA MÚSICA

Por Fray Augusto

 

Como en junio se celebra la fiesta de la música con base en una idea francesa, me dio por recordar que cada etapa de nuestra vida tiene su música de fondo, su cortinilla, su banda musical, como en las películas. Al fin y al cabo, toda vida es una película con matiné, vespertina y noche incorporados.

Somos protagonistas, directores, productores, libretistas, actores secundarios, aguateros, extras, maquilladores de nuestro destino.

Nacemos y segundos después le estamos poniendo música a nuestra existencia. Me refiero a los furiosos berridos de bebé. A través de estos destemplados editoriales  protestamos por haber abandonado tan pronto el hotel mamá donde pasamos nueve muelles meses. Y gratis.

Luego vendrían clásicos infantiles como “Mambrú se fue a la guerra”, o “los pollitos dicen, pío, pío, pío”. Plácidosdomingos de pañal y chupo, aprendemos  las primeras letras y notas al ritmo de: “Arepitas pa papá, arepitas pa mamá”.

En mi caso, de los “pollitos” pasé a los boleros, el tango, la música española, cubana, colombiana, la música vieja, el rock. Me declaro habitado por apellidos como Matamoros, Santos (Daniel), Gil, Navarro y Avilés, (Los Panchos), ( Lola) Flórez, Bermúdez (Lucho) y  Moré, Larroca y Magaldi, García y Carrasquilla (los del Dueto de Antaño), Favio  y Adamo, Piaf y Jagger (Rolling Stones).

 “Son de la loma”, del Trío Matamoros, ha sido mi huella digital musical.  Inspectores de zócalos sabrán responder por qué en el piano o rocola de mi vida, sin echarle ninguna moneda, suena constantemente esa canción que se plantea la duda eterna: de dónde son los cantantes.

A la par con el Trío Matamoros, o tal vez cinco minutos antes, llegó a mi vida el Inquieto Anacobero, el puertorriqueño Daniel Santos. “El bobo de la yuca”, con la Sonora Matancera, se molía que daba miedo en cantinas y emisoras. Desde entonces quedé flechado por el Jefe a quien conocí en su última visita a Colombia.

Me emocionó más el Jefe que cuando tuve al Papa Juan Pablo II a una jaculatoria de distancia sobre la llanura de Armero. Tengo una foto  de Santos, no del Beato Juan, en mi mesita de noche.

Estoy bien acompañado en mi admiración por Santos. En su autobiografía, el  Nobel García Márquez lo menciona entre sus cantantes preferidos.

Dice don Gabo que a muchos les gusta el Jefe pero  les da pena reconocerlo. Eso como que disminuye el estatus de quien lo admite.

Siempre oigo un rumor cercano de música de la Sonora Matancera. Por eso no le perdono – ni tampoco olvido-  al taxista que se negó a hacer una escala técnica en la cubanísima Matanzas, cuna de la orquesta. Temía que Fidel le quitara su destartalado vehículo. 

Si mis desocupados lectores encuentran en las bobadas que escribo un remoto eco de la alegría de la música cubana, “yo bajaré tranquilo al sepulcro” (“y el día esté lejano”, claro).

Eso sí: tengo una enciclopédica ignorancia  en materia de música clásica. Espero empezar por ella en mi próxima encarnación.

No podría avalar lo que dice el inglés Sir Thomas Beecham sobre la Séptima Sinfonía de Bruckner: "Tan solo en el primer movimiento tomé nota de al menos cuatro embarazos interrumpidos".
Pero  como el azar se da sus licencias, una vez asistí a un concierto de orquesta sinfónica de Berlín dirigida esa noche por Herbert Von Karajan. Perdonen la chicaneada.

También asistí a la ópera Don Carlos, en Munich. No me dormí porque Dios existe, me dijo un ateo. Me dieron unas ganas descomunales de estornudar pero me tuve que aguantar para no hacer quedar mal al país.

Cuando entró la orquesta “con tutti”, descubrí que los europeos también les dan ganas de estornudar en situaciones similares. Pero a mi ya se me habían pasado las ganas. 

 

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