Su pecado fue mentir

Por: Oscar Dominguez.–

El 17 de junio se cumplieron 40 años del estallido del Escándalo Watergate que le costó la presidencia a Richard Nixon. En la siguiente entrevista de Jean Daniel, de Le Nouvel Observateur, a Ben Bradlee, entonces director de “Washington Post” donde se publicó inicialmente la historia, se analizan aspectos del hecho que conmocionó el mundo. El reportaje de  Bob Woodward y Carlos Berstein se construyó en buena parte gracias a la filtración de una fuente, Garganta Profunda, que dejó de ser anónima antes de la muerte de su titular, Mark Felt, número 2 del FBI por la época del escándalo.  La entrevista se realizó en tiempos del presidente Bill Clinton quien afrontaba su propio escándalo derivado de sus relaciones con una becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky. (Versión de Oscar Dominguez G.)

Ben Bradlee, el hombre que tumbó a Nixon analiza el escándalo Clinton

SU PECADO FUE MENTIR

Ben Bradlee era el director del “Washington Post” cuando dos de sus periodistas, Bob Woodward y Carl Bernstein, destaparon el escándalo Watergate. Los periodistas recibieron toda clase de presiones para que desistieran de sus pesquisas. Bradlee asumió la responsabilidad inmensa y solitaria de seguir adelante con las denuncias, cuando tuvo la convicción de que el presidente de Estados Unidos (Richard Nixon) era culpable. Con su actitud,  en compañía de sus reporteros, ingresó a la historia de su país y de la prensa.

Al principio, las publicaciones no conmovieron a la opinión pública ni impidieron la reelección de Nixon en 1972. Año y medio después, las revelaciones del “Washington Post”  precipitarían la renuncia del mandatario para evitar el ‘impeachement’, es decir, una acusación por el Congreso norteamericano.

Jamás se había visto que dos periodistas precipitaran la renuncia de un presidente. Sobre ellos se escribieron numerosos libros y al menos una película famosa, “Los hombres del presidente”. La historia reciente  del periodismo quedó marcada por dicho acontecimiento que marcó el inicio del periodismo de investigación. La resistencia a las amenazas y la obstinación en sus investigaciones conmovieron a sus colegas jóvenes de Occidente, lo mismo que a los directores de periódicos.

Conozco a Ben Bradlee desde hace tiempos. Era el corresponsal en Washington de la revista Newsweek, cuando, gracias a su mediación, fui recibido por el entonces presidente Kennedy un mes antes de su asesinato (1). Bradlee accedió a sostener  conmigo la conversación que transcribo más adelante. Su sensibilidad (sobre el sexgate) no es la misma que la de los europeos. El considera que para un presidente no hay nada peor que mentir, aun sobre un episodio de su vida privada, como lo ha hecho el presidente Clinton en tres ocasiones. No es el adulterio en sí lo que lo saca de casillas. El lo había admitido en el caso de su amigo el presidente Kennedy. Es la mentira lo que le chocó a Bradlee.

LA ENTREVISTA DANIEL-BRADLEE

-       Jean Daniel: se puede establecer un paralelo entre el escándalo Watergate y lo que le está sucediendo hoy en día al presidente Clinton? ¿La comparación es estúpida o la considera válida?

-       Es totalmente válida. En ambos casos, hay mentira y  simulación de por medio. Nixon mintió, Clinton mintió, eso es todo. No es cuestión de costumbres, sino de mentiras.

-       Pero no hay una diferencia entre mentir por razones de Estado y mentir sobre la vida privada?

-       Claro que sí. En el caso del escándalo Watergate hubo violación de la Constitución, soborno de testigos, utilización de la CIA y de la DEA. Nada de esto hay en esta ocasión. Pero es evidente que hay mentira y voluntad de incitar a otros a mentir. Cuando el presidente de Estados Unidos declara por televisión: “Digo la verdad, jamás tuve relaciones sexuales con esas mujer”, miente rotundamente.

-       Pero se puede asimilar una falta de conducta a un crimen?

-       Mentir ante un gran  jurado es un crimen.

-       Realmente, ¿el presidente podría ser destituido?

-       Estoy convencido de que no será destituido. Claro, siempre y cuando no cometa otras bestialidades, no incurra en nuevas mentiras, o no surjan nuevos testimonios que puedan revelar sabe Dios qué cosas.

-       ¿Lamentaría que el presidente salga bien librado en este trance?

-       A mí no me corresponde juzgar. Pero me deja estupefacto ver que la opinión pública lo respalda. Sus índices de popularidad rebasan el 60%.

-      ¿Cómo lo explica usted?

-       No lo sé.  Pero en  relación con asuntos sexuales, observo dos cosas. De un lado, los jóvenes americanos de hoy, son más tolerantes que sus padres. De otro lado, el americano medio,  el adulto,  es reacio a debatir  en público sobre temas sexuales. Eso no lo hacemos nosotros. Pero para los jóvenes,  y sobre todo para las jovencitas,  el sexo, qué se habla o no se habla de él, es menos intimidante que en el pasado. La revolución sexual de la contracultura ha cambiado mucho las cosas. Una exnuera mía me dijo: “Escucha: los hombres besan a derecha e izquierda. Y mienten. Lo sabemos bien”.

-       La campaña del “Washington Post” contra Nixon fue impopular al principio?

-       Mucho. Bob Dole y George Bush sostenían que la campaña no era más que una maniobra política. Y como todo pasó justo antes de las elecciones de noviembre de 1972, parecía creíble. Nixon fue reelegido por una inmensa mayoría, pero seis semanas más tarde, los hechos que nosotros develamos condujeron al juez Sirica a intervenir en el asunto.

-       Aun en el caso de que Clinton conserve su popularidad, podrá él, a pesar de su descrédito, devolverle su prestigio a la institución presidencial y reconquistar la autoridad durante los dos últimos años de su mandato?

-       No sé cómo podría lograrlo. Pero es complicado porque los republicanos no desean que Clinton se vaya. No quieren (al vicepresidente) Gore al frente del gobierno. Y Clinton no quiere renunciar por cuanto si él abandona la Casa Blanca, podría ser inculpado por el Gran Jurado de Kenneth Starr por sus mentiras bajo juramento.

-       Si no renuncia, no podría ser inculpado?

-       No, no se puede perseguir a un presidente. Se necesita primero que el Congreso vote el “impeachement”.

-       Al autorizar la publicación del informe Starr, sin duda un texto vulgar y pornográfico,  incluido el episodio del cigarrillo, a qué exigencias estaba respondiendo el Congreso norteamericano? Los senadores y representantes midieron el impacto que ello podría tener en el resto del mundo?

-       No lo sé.  Al Congreso eso no le preocupó. En cuanto a la vulgaridad del informe, los abogados de Clinton alegaron que no era necesario repetir veinte veces las mismas escenas, lo de los senos, el cigarro, los genitales, etc..  Es demasiado. Admitido esto, el problema para Starr era probar que no se trataba de un simple caso de flirteo. Por ellos suministró todos los detalles. Sin duda, para los norteamericanos fue decepcionante saber que su presidente trataba asuntos de Estado y hablaba por teléfono con grandes personalidades en momentos en que la joven le hacía un favor. No fue precisamente con alegría como la opinión pública recibió semejante información. Cómo hablar de ello en familia? Qué tal oír hablar de felación a jóvenes de 13-14 años …?

-       Keneth Starr habría podido resumirlo todo  en algunas frases, no?

-       El piensa que si lo hubiera hecho, Clinton habría podido alegar que todo se limitó a caricias sin importancia. Clinton sigue luchando. Ha pedido a sus abogados preparar una defensa a fondo.  Hoy en día, él declara que  está desolado, que lo  siente mucho. Pero está desolado por haber sido sorprendido con las manos en la masa, eso es todo. Y puede llorar todo lo que quiera, morderse los labios. Sin duda, es muy hábil.

-       Me han dicho que cuando un presidente llega a la Casa Blanca, su vida privada debe identificarse con la política de la nación. Es esto cierto?

-       Sí. Lo que es diferente en el caso de Bill Clinton es que por primera vez en la historia de los presidentes, en esta oportunidad hay testigos de cargo. Hay gente que ha dicho: no es justo lo que nos han hecho. Tal es el caso de  Paula Jones, Monica Lewinsky, también Kathleen Willey.  En la vida de Kennedy, que tenía su cara oculta, o en la de Roosvelt, Lyndon Johnson, u otros, no se presentaron estas cosas. Ninguna mujer apareció en la televisión para decir: “Tuve amoríos durante dos años con el presidente”.

-       No cree usted en la dimensión política del escándalo, en el complot que ha denunciado Hillary Clinton?

-       Para nada. Tampoco creo en eso de que nadie quiere a la gente originaria de Arkansas.  Esas son tonterías.

-       A su juicio, por qué el presidente Kennedy que usted conoció íntimamente, jamás fue atacado por sus devaneos?

-       Por la época en la que yo lo frecuentaba, no conocía mayor cosa de sus asuntos privados. El siempre estaba con  Jackie, y yo con Tony, mi mujer. De todas formas, aun cuando había rumores, jamás aparecieron  por televisión chicas que dijeran que la víspera habían hecho el amor con el presidente.  Kennedy no tuvo necesidad de mentir.

-       Me llama la atención el hecho de que hasta el momento, usted no haya expresado ninguna reserva sobre el comportamiento fanático del Juez Starr que ha indignado a tanta gente.

-       Tengo reservas sobre él, sobre todo en cuanto al tratamiento que le ha dado a algunos testigos, en particular a Betty Currie, la secretaria de Clinton.  Habría preferido, como otros, que Starr reconociera que en el escándalo Whitewater –un asunto financiero sobre el cual él también investigó- no encontró cargos que formularle a Clinton. Pienso, además, que el juez fue especialmente sectario en asuntos de sexo y de mentiras.

-       Se inscribe esto en la tradición puritana de Estados Unidos?

-       No lo sé. La única vez  que  oí hablar de Kenneth Starr, fue con motivo de un proceso de difamación que entablaron  contra el “Washington Post” la Mobil Oil y su presidente, M. Tavoulareas. Un tribunal de Washington nos declaró culpables y nos obligó a pagar 2.5 millones de dólares. Pero nosotros apelamos durante 8 años hasta que la más alta jurisdicción de Washington finalmente nos dio la razón y admitió que los hechos relatados por el “Post” eran verdaderos.  La sentencia estaba firmada por el juez Starr.  Entonces pensé que era un gran juez… hasta que se convirtió en procurador independiente.

-       Ultima pregunta: si usted estuviera en este momento al frente del periódico qué habría hecho? Habría tenido en cuenta la reacción de la opinión pública? De lejos, me parece que los americanos tienen hoy menos confianza en una prensa que no respeta a su presidente. Y que, finalmente, como en otras partes de Europa, la prensa ha llegado a ser tan impopular, que no está en condiciones de hacer admitir una verdad sobre alguien o sobre cualquier cosa.

-       Pienso que si estuviera al frente del “Post” habría hecho exactamente lo mismo que han hecho en esta ocasión. Ellos siguen con fervor el desarrollo de los hechos. Han tomado posición. Hace poco, Meg Greenfield, escribió que el “impeachment” podría ser una sanción extrema pero que había que hacer algo. Y llegó a proponer una moción de censura contra el presidente. Personalmente, creo que todo va a terminar en una censura por parte del Congreso. Lo que es bien raro.

-       Lo encuentro a usted muy severo con el presidente Clinton. A decir verdad, desconfío de una sociedad mediática y judicializada que obliga a los hombres públicos a mentir sobre cosas sin importancia. Me parece ver detrás del ensañamiento del juez Starr, con el eco de la prensa, cierto tufillo macartista. Este hombre me parece peligroso para la democracia.

-       Usted está equivocado. La democracia solo puede vivir dentro de la verdad. En cuanto a mí, detesto las mentiras.

(1)            Durante la entrevista, el presidente Kennedy me dio un mensaje para Fidel Castro. Desayunando con el lider cubano en Varadero, al oriente de La Habana, me enteré del asesinato del presidente de los Estados Unidos.

 BRADLEE Y GARGANTA PROFUNDA

En su autobiografía “La vida de un periodista” (Ediciones El País, 1996),  Bradlee, nacido en Boston y egresado de Harvard, amén director del Post entre 1968 y 1991, le dedica dos capítulos a los sucesos derivados del escándalo Watergate.

De Garganta Profunda, cuyo nombre conocía y el cual ni siquiera le reveló a su mujer,  recuerda que fue “el director adjunto Howard Simons quien bautizó a la fuente de Woodward como Garganta Profunda. “Profunda” sin duda por fuente “profundamente secreta”, como la calificaba Woodward, y probablemente “Garganta profunda” porque ese era el título de una de las películas de más éxito del año, protagonizada por la imponente sodomita Linda Lovelace”.

Tras anotar que la identidad de esa fuente “es sin duda uno de los secretos mejor guardados de la historia del periodismo de Washington”, agrega Bradlee en su libro:

“Durante años, algunos de los periodistas y políticos más inteligentes de la  ciudad se han estrujado los sesos tratando de identificar, sin éxito, a Garganta Profunda. Durante mucho tiempo, el general Al Haig fue una opción ampliamente extendida, tanto que me suplicó que declarara públicamene que él no era Garganta Profunda. Echó humo y chispas cuando le contesté que sería difícil que yo hiciera algo así por él, y sólo por él. Al final Woodward aseguró públicamente que Haig no era Garganta Profunda”.

Otras personas igualmente inteligentes decidieron que Garganta Profunda era una mezcla, si es que él (o ella) realmente existió alguna vez. Yo siempre he pensado que es posible identificar a Garganta Profunda  si simplemente se introduce en un ordenador toda la información  que sobre él aparece en “Todos los hombres del presidente” y se cruza con todos los datos que se poseen de los principales sospechosos. Por ejemplo, quién no estaba en Washington los días que Woodward dice haber colocado en el alféizar de su ventana una maceta con una bandera roja, señal que indicaba una reunión con Garganta Profunda.

La calidad de la información de Garganta Profunda era tal que acepté el deseo de Woodward de identificarlo sólo por su trabajo, experiencia y profesionalidad.  Ahora me asombro, dado lo fuerte de la apuesta. No entiendo cómo pude aceptarla, y ahora no la aceptaría. Pero la información y consejos que daba a Woodward nunca eran erróneos, nunca. Sólo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, “Los últimos días”, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza de MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie, ni a Katharine Graham ni a Don Graham, que sucedió a su madre como editor en 1979. Ellos nunca me lo han preguntado. Nunca he hecho ningún comentario al respecto, y ellos jamás me han sugerido nombre alguno. El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario. Algunos han señalado que yo solo sabía de Garganta Profunda lo que Woodward me quiso decir. Por supuesto. Pero entonces fue suficiente para mí. Entonces y ahora”.

GARGANTA PROFUNDA= Mark Felt

Según papá Google “Garganta Profunda es el seudónimo de William Mark Felt (17 de agosto de 1913 – 18 de diciembre de 2008[1] ), número dos del FBI en la época en que se destapó el caso Watergate. Fue el que informó a Bob Woodward sobre la participación del presidente norteamericano Richard Nixon en este escándalo. Gracias a estas informaciones, Woodward y Carl Bernstein escribieron juntos varios artículos sobre el caso Watergate en el diario The Washington Post, lo cual produjo la dimisión de Nixon y el encarcelamiento del jefe de personal de la Casa Blanca, H.R. Haldeman, y del consejero presidencial John Ehrlichman.”

Las especulaciones sobre la identidad de la “garganta” oculta y crucial llegaron a su fin cuando la revista Vanity Fair reveló su nombre y afiliación.

Sin la colaboración de Felt con Woodward y Bernstein, informó la publicación, habría sido casi imposible llegar al fondo de la conspiración montada por Nixon y sus allegados para torpedear la campaña presidencial del partido Demócrata.

En su célebre libro Todos los hombres del presidente, ambos periodistas detallan el intrincado proceso de la investigación y su fluida relación con el informante. A él acudían para obtener pistas e indicios que los guiaran en sus pesquisas o para confirmar versiones de otras personas, muchas de ellas también anónimas. Aunque, en este proceso, cometieron algunos errores, el resultado fue de gran solidez y dio un invaluable aporte a la libertad de información y a la democracia estadounidenses.

¿Habría sido Felt una fuente tan rica de revelaciones si los reporteros no le hubieran garantizado el anonimato que respetaron rigurosamente por más de 30 años? Obviamente, no. Dadas las vinculaciones y exigencias de lealtad institucional del funcionario, el secreto era condición indispensable para la relación. Hoy es posible afirmar, casi con total certeza, que sin ese anonimato, el caso no habría podido cuajar como lo hizo, y Estados Unidos no habría experimentado el acto de purificación que representó la renuncia de Nixon y la exposición de sus secuaces.

Por todo esto, el Watergate es un estimulante caso de estudio sobre la legítima función que, en la historia del periodismo responsable, han cumplido las fuentes anónimas: permitir a los reporteros llegar a información vital que, de otra forma, sería imposible obtener. Se trata de una herramienta robusta y poderosa, pero excepcional. Solo tiene sentido activarla cuando los procedimientos abiertos y las fuentes identificadas resultan insuficientes para acercarnos a la verdad, y cuando los hechos que perseguimos tienen indudable importancia.

 

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