Dios no juega fútbol

Si a Dios le gustara el fútbol, le habría ido mejor al Itagüi-Ditaires en el octogonal. El equipo es un híbrido de teología, nepotismo y el mejor fútbol que se juega actualmente en Medellín.
Más que club deportivo, el sorprendente Itagüi-Ditaires es una empresa familiar que tiene en Dios al jugador número 12. No cobra ni el salario mínimo.
Sus directivos son católicos de amarrar en el dedo gordo. El presidente es un creyente de “fe profunda”, Fernando Salazar, exfutbolista con varios semestres de ingeniería de petróleos e ingeniería civil encima; mamá Gloria, es la mandacallar en recursos humanos; papá José, suda la gota fría como asistente de gerencia.
¿Qué hacer con Paola, la hermana? Pilao: es la gerente administrativa. La tía Margarita ejerce como contadora. No desperdicia un anoréxico centavo.
¿Cómo dejar por fuera al cuñado Andrés Acevedo? Que sea el asesor de mercadeo. También hay chanfa para el primo Alejo Montoya, el periodista. La mascota no es un veleidoso y misterioso gato, ni un fiel “mísero can, hermano de los parias”: ese “cargo” lo ejerce John Montoya, primo de Fernando, quien se reconoce arrogante a la hora de mandar.
Para crear la famiempresa que piensa y suda plusvalía con los pies, empeñaron hasta la licuadora, se enculebraron con los bancos, la alcaldía los apoyó y empresas como Une, Colanta y la Fábrica de Licores de Antioquia, FLA, primera productora de guayabos, también aportan.
La dirección técnica no se le encomendó a un familiar ni a ningún teólogo: tira línea balompédica Hernán Torres, en tránsito para Millonarios.
Mientras llega el campeonato que se escabulló, contentémonos con algunos datos insólitos. Itagüí es el tercer municipio más poblado de Colombia después de su vecino Sabaneta y de la Isla de Providencia, y el más poblado por kilómetro cuadrado: 13.545. Sus 230.272 habitantes (dato DANE) se las arreglan para hacer el amor y dormir en solo 17 km2.
Zona Rosa de Medellín a finales de los sesenta, es el municipio más industrializado de Colombia entre las ciudades no capitales.
Tiene vocación proletaria. En los años cincuenta nació allí una infraestructura textilera, química y metalúrgica. Una vanguardista política de exención de impuestos y la rectificación del río Medellín, contribuyeron a ese impulso.
No se durmieron sobre los claveles. En sus predios tributan el Centro nacional de confección y moda, la Central mayorista y el Centro internacional del mueble.
No deja de ser irónico que en este epicentro laboral se celebre anualmente el día mundial de la pereza.
Jhon Duque, intelectual puro de la rumba, le reconoce la paternidad de ese jolgorio a la imaginación de la tribu urbana que lidera Mario Montoya.
Estos “perezosos” que nunca descansan, han propuesto que en la Universidad se dicten clases de ociolatría u ociología. A falta de campeonato, bueno sería un doctorado en errancias. Del ahogado el sombrero.

Ñapa
Lujoréxicos y famosos

Por Fray Augusto

La fauna mundial se enriqueció con un nuevo espécimen: los llamados lujoréxicos, esos bichos raros que van por la vida dándose lujos estrafalarios y costosos. Respirándole en la nuca a los anteriores, vegetan los famosos.
El jet set de la aldea global produce esta tribu de esclavos del esplendor absoluto que tienen la excentricidad y la vanidad por cárcel. Las palmas de sus manos decoran salones y calles de la fama. Se dan gusto, compran, y, si les queda tiempo, existen. Vivir para darse gusto es el credo de los lujoréxicos.
Vemos algunos de esos íconos: La cantante Madonna exige para sus conciertos que le construyan sanitarios portátiles para ella solita. Nada de compartir sus rockeros glúteos con nadie.
Victoria Beckham, la mujer de David, el astro inglés en el ocaso de sus goles, solía visitar un barrio madrileño para comprar sus papas fritas preferidas, muy populares en Londres.
Su esposo David no se queda atrás: mensualmente compra mil libras en ropa interior de la marca Calvin Klein. Sus calzoncillos, pues, sólo tienen una oportunidad sobre la intimidad del metrosexual jugador.
Buenos para nada, los “lujoréxicos” tienen a su servicio gente que haga las cosas por ellos. Para las vedetes, tener un ejército de guardaespaldas que espían hasta sus mínimas cabriolas eróticas, es signo de señorío.
El príncipe Carlos de Inglaterra, tiene entre su séquito a un flemático súbdito encargado de la extenuante tarea de ponerle crema dental a su real cepillo.
Jennifer López no cae en brazos de Morfeo si la habitación no está toda de blanco hasta los pies vestida. Que no falte una iluminación especial que no vaya a incomodar sus hermosas y repetidas pupilas.
Vamos cómo se desenvuelven los famosos, parientes cercanos de la lujoréxicos.
Ambos detestan que los persigan los paparazizi. Detestan más que no los isgan.
Antes de salir a la pasarela, ante el espejo, se dan besitos de felicitación por existir y ser tan bellos o inteligentes.
Coleccionistas de cirugías plásticas, sonríen, aunque no en exceso, para evitar que se les noten o se les descosan los puntos de la operación.
Hacen toda clase de esquinces para que la humanidad se entere de la última joya comprada en el Wall Street de su excentricidad. Se dan trazas para que el Mont Blanc con el que firman la cuenta o destituyen algún mayordomo infidente, esté visible.
Desde el Everest de su ego, les importa un comino lo que pasa por fuera de su whisky.
Muchas bellas dejan ver que parte de sus honorarios ganados en la pasarela se los gastan en silicona. Sus pectorales se asemejan a esas hojas de vidas infladas adrede para impresionar jefes de personal inexpertos.
Si descubren que el fotógrafo va a disparar el flash se las ingenian para presentar el mejor ángulo. Mirar a la cámara es signo inevitable de que se domina la escena.
Casi mueren de infarto si el camarógrafo los ignora. Los famosos sonríen, siempre sonríen. Es la forma contundente de notificarle a su prójimo que nacieron predestinados para el éxito total.
Si no aparecen en las páginas de carne y hueso de periódicos y revistas se buscan en la web. Del ahogado el sombrero cibernético.
Sostienen el vaso con cierto descuidado glamour, como quien no quiere la cosa. Eso sí, que se vea la estudiada elegancia al apurar el exquisito licor hecho con agua pura de las montañas escocesas.
Tanto lujoréxicos como famosos quisieran no dormir para mantener siempre vivo su protagonismo.

Más en
www.oscardominguezgiraldo.com

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