Si yo fuera mafioso

Por: Andrés Felipe Castañeda.–

Tengo una gran afición por las películas de gángsters. He visto en varias veces la trilogía de El Padrino y Los Intocables. Me gustan las historias que este tipo de cine muestra. Me gusta la estética, la narrativa.

Son historias que atrapan –a quienes se interesan por ellas- y que de alguna manera no pierden su vigencia. Son hitos de la historia del cine y que han roto las fronteras de la edad para convertirse en puntos de referencia para varias generaciones.

Estas son historias, solo historias que surgen de la imaginación de libretistas y directores y que se quedan allí: en imaginarios, ficciones. Los crímenes que se muestran en ellas, aunque repudiables, son parte de un hilo narrativo que no trasciende a la realidad.

Pero los crímenes del día a día, que se cometen en cualquier calle, en cualquier ciudad de un país cualquiera son reales, palpables. Son delitos que destruyen vidas, familias, sueños, ideas. Son crímenes en todo el sentido de la palabra. Acciones que merecen rechazo de todos los sectores sociales.

Lo que me encanta de este tipo de películas, es que se muestran personajes para quienes la palabra tiene peso e importancia, para quienes el honor es una causa defendible y que en medio de la inmundicia en que se mueven, dan valor a este. Los mafiosos de esos films tienen apodos como “Padrino”, son “Dones”, personas dignas de respeto.

En la realidad, y hablando de esta en Colombia, la cosa cambia. Los mafiosos de acá son más perversos y miserables. El mafioso colombiano, el latino es un “traqueto”, un traficante de drogas, de mercancía, de humanos sin piedad ni escrúpulos. Son seres que no merecen respeto ni admiración. Los mafiosos de acá usan sobrenombres como “Fritanga”, “Chupeta”, “Cuchillo”, “Machete”, “Morcilla”, “Bobo lindo”. Son personas que no tienen el menor reparo en asesinar familias enteras para beneficio personal. Han logrado infiltrarse no solo en las élites políticas del país, sino que han ido poco a poco arraigándose en la cultura popular.

Hablo de la cultura del “Capo”, del “Patrón”, de esa ambición de ser el mandamás, el cruento y vil hombre que adquiere su posición valiéndose del terror y la muerte. También de las lujosas mansiones llenas de excentricidades,  prostitutas bien pagas y consumo de drogas. De esa cultura barata y sobrevalorada del super-yo de la que he hablado antes. Acá, una niña ya no quiere para sus 15 años un viaje o una fiesta. No, pide y además exige una cirugía de aumento de busto. En una sociedad donde esto es normal, algo que puede llegar a ser visto como común, es una sociedad que ha cosechado ya los vicios de esta cultura macabra y destructiva.

Si yo fuera mafioso, quisiera que mi vida fuera más bien una de esas películas, que fuera una historia inventada donde pudiera invitar a mi casa a Frank Sinatra –suponiendo que estuviera vivo. Igual es mi película ¿no?- y pudiera hacerme llamar “El Patriarca” o algo por el estilo. Pero, reitero, solo en la ficción. La vida real es muy distinta, esto es solo una fantasía. A veces también me gustaría ser Batman por ejemplo, pero es solo una especie de sueño despierto, creo que es más o menos lo mismo y espero ser lo suficientemente claro.

Para finalizar quiero puntualizar en que mientras esa cultura del narco esté peligrosamente mezclada con nuestra idiosincrasia, este mal que aqueja al país y a todo el continente será difícil de erradicar. No hay que confundir la realidad con la ficción. Los “traquetos” son de verdad, las balas que disparan son de verdad, y el dinero que se roban es real y nos pesa y cuesta a cada uno de nosotros.

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