Mercenarios

Por: Eduardo Mackenzie

Lo que acaba de decir el ex ministro Álvaro Leyva Durán al matutino El Colombiano sobre las negociaciones que se abren dentro de dos días en Oslo entre el gobierno colombiano y las Farc es de gran importancia. Es más, constituyen toda una revelación. Sorprende que las autoridades y los analistas de ese tema hayan guardado silencio al respecto.

El hombre que ideó la nefasta desmilitarización de 62 000 km² en el Caguán para tramitar allí unas “negociaciones de paz” de tres años bajo el patrocinio del presidente Andrés Pastrana, conoce muy bien a las Farc y no precisamente por haberlas combatido. Todo lo contrario. No hay nadie que haya hecho tanto como Leyva en la labor de intermediación oficiosa entre la jefatura de esa organización insurgente y el poder ejecutivo colombiano. “Estoy en eso desde 1984”, admite él con inocultable orgullo.

Esta vez Leyva subrayó algo más pero con una pizca de amargura: que él había sido portador, hace más de un año, de un mensaje de alias Alfonso Cano hacia el presidente Santos que éste había finalmente desdeñado. Leyva no lo dice, pero cuando él recibió ese mensaje, el jefe de las Farc ya estaba, por lo que ha contado la prensa, bajo el acoso de las Fuerzas Especiales de la Quinta División del Ejército. Estas lo habían sacado del Cañón de las Hermosas, en la Cordillera Central, lo habían empujado hacia la Occidental y terminaron por cercarlo en Suarez, Cauca, donde en combate el 4 de noviembre de 2011 lo dieron de baja.

Pero el punto no ese. Lo importante es lo que dijo Leyva enseguida sobre la naturaleza profunda de las supuestas conversaciones de paz en Oslo y La Habana. El ex ministro dijo, en efecto, lo siguiente: “Para precipitar el diálogo [con las Farc] el Presidente [Santos] compartió la llave con Chávez. No tengo la menor duda, además [que contó] con la aceptación de los Estados del Alba. Eso es importante que la gente lo sepa. Este proceso va a depender más de lo que pueda hacer Chávez, que de la buena intención que pueda tener el Presidente [Santos]”.

Todo reside en la frase muy realista y conclusiva del ex ministro: “Este proceso va a depender más de lo que pueda hacer Chávez, que de la buena intención que pueda tener el Presidente [Santos]”.

Si Leyva está en lo cierto (y no hay nada que lo contradiga), el proceso que todo el mundo en Colombia percibe como un asunto interno, como un proceso entre colombianos y para los colombianos, no lo es. Se trata más bien de una negociación bajo cielos extranjeros en la cual varios países (sobre todo Cuba y Venezuela) y numerosas instancias de poder del continente (los Estados del Alba) intervendrán, obrarán y tendrán la última palabra para que el resultado final de ello sea del todo favorable a las Farc y no precisamente a los colombianos, ni a las instituciones democráticas colombianas, ni a los centenares de miles de víctimas de las Farc. ¿O es que los regímenes de Cuba y Venezuela, y sus aliados del Alba, están ahora por la paz y a favor de que sean sancionados los crímenes del comunismo en Colombia y por la consolidación del modelo económico liberal colombiano?

No, ese piélago de intereses foráneos no busca sino una cosa: el triunfo político y definitivo de las Farc en esa rarísima y lejana mesa de negociación y que Colombia caiga en el costal diabólico del Alba.

¿Santos podrá controlar el proceso que acaba de abrir? ¿Podrá sacar adelante en esa misteriosa mesa de negociación los intereses colombianos? ¿Cuáles son los “intereses colombianos” en la mente del presidente Santos? Nos preguntamos eso pues Santos parece ignorar que incurre en el mismo error que cometió Belisario Betancur en su época: hacerle concesiones fuertes a la subversión antes de entrar a negociar con ella. Santos les ofreció el llamado “marco legal para la paz”, es decir una garantía de impunidad total para miles de crímenes y delitos, incluso los más atroces y detestables, y les ha dado todo lo demás que le han pedido en estos días: numerosos salvoconductos para viajar por el país y por el mundo entero, delegaciones de animadores a Oslo, enormes y dominadas por los mamertos, golpes bajos a los periodistas más críticos y desestimulo a los voceros de las víctimas de las Farc, como se vió en las últimas horas.

Vistas así las cosas, es legítimo preguntarse: ¿estamos ante unas negociaciones de paz? ¿Estamos ante un proceso contrario de entrega del país a una banda criminal y a sus aliados extranjeros?

El análisis de Álvaro Leyva, destaca, quizás sin quererlo, otro aspecto: el carácter mercenario de las Farc. Esta “negociación de paz”, por ejemplo, se podría dar pues un poder extranjero le dio a las Farc el permiso de hacerlo. Ello es normal: las Farc siempre obraron en defensa de intereses ajenos. Desde los años 1950 hasta el hundimiento de la URSS, las Farc (aún sus formas embrionarias) hicieron lo que el Kremlin exigía de ellas. Desde mediados de los años 1960, las Farc prosiguieron su matanza de colombianos según las instrucciones tanto de Moscú como de La Habana. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, las Farc han mantenido su docilidad ante ese régimen. Las Farc nunca actuaron con una línea colombiana. Nunca lucharon por la gente. Por eso es que ahora, en vísperas de Oslo, los voceros de las Farc gesticulan ante las agencia de prensa internacionales para mostrarse como actores incomprendidos de la lucha por la democracia, como héroes victimizados que le van a dar, por fin, a los colombianos libertad, paz, justicia, alimentos, salud, tierra e independencia nacional. Semejante culebrón no engaña a nadie pero cierta prensa y ciertos grupúsculos, para conservar su hegemonía, parecen dispuestos a tragarse entero el horrible animal.

El irrealismo, el mesianismo de los jefes de las Farc, su mentalidad de guerra fría, su esquema conocido de “todo o nada”, sigue prevaleciendo. No es sino ver las intervenciones de los Timochenko, Jaramillo y Granda, desde Cuba y Venezuela, y hasta las mismas declaraciones de Álvaro Leyva Durán. Este decretó ante El Colombiano que “la solución no está en los poderes constituidos”, es decir que la paz va a ser negociada y decidida en instancias que no tienen que ver con la institucionalidad colombiana. El ex ministro remata con esto para que no queden dudas sobre el carácter exógeno de la solución que las Farc están buscando: “Esta paz no puede ser a medias”, pues “los señores de las Farc ni los del Eln se van a prestar a que los extraditen.” Leyva propone que a las otras democracias y el derecho internacional humanitario sean botados por la ventana, en estos términos elegantes: “Aquí lo que se busca es una situación jurídica final que permita sacar los intereses internacionales y a la jurisdicción internacional”. Vamos a ver si, en esas condiciones, las “negociaciones” pueden levantar vuelo.

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