La final perfecta

Muchos, quizás, hubieran querido una final entre Bayern y Real Madrid. No sabían que el 25 de mayo de 2013 habría de jugarse una de las más bellas y emotivas finales de que tengamos memoria. No fue un juego más de la Bundesliga. Era la Champions la que estaban disputando y aquella en la que en la agonía Bayern obtuvo un título que tantas veces se le había negado.

El preámbulo no pudo ser mejor. Nos llevaron a los tiempos medievales, a aquellos espacios en los que las batallas se ganaban cuerpo a cuerpo y con el diestro uso de las espadas. Todo ello nos recordó el concepto aquel de que el fútbol es una metáfora del enfrentamiento tribal de los pueblos.

Y luego volvimos al presente. A las sorpresas. El Bayern, que dobla en presupuesto al Borussia Dourtmond y que era amplio favorito, permaneció 30 minutos maniatado. Su rival le presionó la salida, le cortó los caminos en el medio campo y generó cinco claras oportunidades de gol.

No vimos una final de dos equipos que salen a estudiarse y se detienen a pensar en ahorrar energías por si el alargue llega. No. Bayern despertó de su letargo y fuimos testigos de un partido y de ida y vuelta, en que dos equipos luchaban como en las batallas de antes. Al final de los 45 minutos contamos 12 opciones claras de gol, siete a favor del Borussia.

En la segunda parte, la presión de Borussia cedió. Bayern se apoderó de la mitad, del manejo del balón y empezó a notarse la diferencia, que llegaría con el gol de Maddzukic.

Todo indicaba que la Alemania adinerada, la que encarna el Bayern, había encontrado el camino y que los vientos soplaban a su favor. Pero un error del brasileño Dante le devolvió la esperanza a aquella Alemania modesta, a la de los trabajadores que se quiebran la espalda en la fábrica, a la de aquellos que con su trabajo soportan los tiempos difíciles de Europa.

Seguimos viendo opciones de gol en uno y otro arco. No descendía la intensidad del juego. El arquero de Borussia, Weidenfeller, demostraba por qué es uno de los mejores del mundo. Ni Robben, ni Muller, ni Alaba podían con él.

El alargue parecía cercano. Estábamos a dos minutos del final y ambos equipos continuaban corriendo como en los primeros minutos. Llegó un balón largo a los pies de Ribery, se confundieron los zagueros y Robben, que había desperdiciado tres opciones de gol, el mismo que con su país falló en la final ante España, el mismo que botó penal en la final contra Chelsea, el mismo a quien sus compañeros poco quieren, tomó el balón y lo envió suavecito a la red, como para que quedara claro el drama del que habíamos sido testigos.

Había terminado la final perfecta. En la que el ganador era aplaudido. En la que el perdedor, en medio del llanto de jugadores e hinchas, recibía la ovación de seguidores y opositores. En la que el árbitro había dirigido con sabiduría. En la que nos deslumbrabas las luces fantasiosas de los fuegos pirotécnicos y desde el aire podíamos el hermoso estadio envuelto en la noche. La final perfecta, en el mejor lugar donde se podía jugar: en Inglaterra, donde tuvieron el acierto de inventar el espectáculo más bello del mundo.

Por: Gabriel Romero Campos

 

 

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