Barcelona, 2 de febrero_ RAM_.. Con una narración “sombría, adictiva y deslumbrante”, el escritor catalán Javier Calvo (1973) ganó el Premio Biblioteca Breve de Novela 2012, según hizo público el jurado del galardón, fallado este miércoles en la ciudad condal.
En nombre del jurado, integrado por José Manuel Caballero Bonald, Alicia Giménez Bartlett, Pere Gimferrer, Gonzalo Suárez y Elena Ramírez, esta última destacó que la novela ganadora, titulada “El jardín colgante”, es una obra que aborda un terreno prácticamente virgen para la nueva generación de escritores españoles, la de la Transición política española de los años 70.
“Es un paso decididamente firme de su autor en una dirección sorprendente: la de la reconstrucción histórica fantasmagórica de una época donde se entrecruzan elementos como el sindicalismo y los servicios secretos, en un juego de duplicidades y desdoblamientos”, precisó Ramírez en rueda de prensa.
Otra de las características de “El jardín colgante”, indicó la editora, es la alegoría en que convierte la inevitable inverosimilitud de los real.
“A ello hay que sumar el arte de narrar de Calvo, quien domina el ritmo, delinea magistralmente los personajes y ofrece un tono paródico brillante, todo lo cual configura un inventivo mosaico de identidades y una gran novela”, afirmó.
Novela policial ambientada en 1978 en la época del inmediato posfranquismo, “El jardín colgante”, señaló José Manuel Caballero Bonald, añade un componente sorpresa de gran valor.
“Hay un contraste entre ficción y ciencia ficción, donde la realidad se inmiscuye en la fantasía”, dijo Caballero Bonald.
Si hace apenas un par de años ya dio un triple salto mortal con la celebrada “Corona de flores”, novela gótica que le consolidaba como una de las voces más frescas y originales de la narrativa contemporánea, el escritor catalán Javier Calvo (Barcelona, 1973) ha rubricado hoy su ascenso a la primera división de la literatura tras embolsarse los 30.000 euros de dotación del Premio Biblioteca Breve, que concede la editorial Seix Barral, con la novela “El jardín colgante”.
Calvo, reconocido tanto por sus novelas como por ser uno de los mejores traductores del inglés que uno puede echarse a los ojos -suyas son las voces en castellano de David Foster Wallace, Chuck Palahniuk y George Saunders, entre otros-, abandona con la novela ganadora la Barcelona gótica y terrorífica de su anterior novela para repasar, en clave punk y sin salir de la capital catalana, la transición española.

En esta caso, la acción se sitúa en 1977 en una ciudad “herida de muerte y cenicienta” en la que el agente Arístides Lao recibe el encargo de luchar contra la organización terrorista de extrema izquierda TOD. A partir de ahí y tras la entrada en acción de Melitón Muria, fiel escudero de Lao, “El jardín colgante” combina el género policial con reflexiones sobre la mentira, la violencia, el terrorismo y las transformaciones sufridas por la ciudad de Barcelona.
Autor de las novelas “El dios reflectante” y “Mundo maravilloso” así como de los libros de relatos “Risas enlatadas” y “Los ríos perdidos de Londres”, Calvo ha sido traducido al inglés, al francés, al alemán y al italiano y se ha distanciado a cada nuevo paso de esa Generación Nocilla en la que se le incluyó tras publicar sus primeros títulos.
El jardín colgante es una novela transgresora y provocativa con la que Javier Calvo se consolida como uno de los narradores más sólidos y que de forma más rotunda han añadido una nueva dimensión a nuestra narrativa manteniendo a lo largo de una obra muy diversa un estilo inconfundible.
Todo eso y mucho más es El jardín colgante. Un paso decididamente firme de su autor en una dirección sorprendente: la de la reconstrucción histórica fantasmagórica de una época prácticamente virgen para la nueva generación de escritores: la Transición.
Javier Calvo (Barcelona, 1973) es, desde sus inicios, un narrador curtido en las más oscuras trincheras literarias (su pasión por H. P. Lovecraft y toda la narrativa gótica del siglo XIX, la superstición, el victorianismo, el momento en el que Viejo y el Nuevo Mundo se confundían, se superponían, buscaban aliados aquí y allá, queda más que patente en cada uno de sus escritos), pero también, un narrador universal, por lo que tienen de singulares sus historias, que consiguen extraer de la realidad una parte para analizarla en un mundo paralelo, tan parecido al real que resulta incluso más real que el que pisamos. Curtido y respetado traductor (lo ha sido de Ted Hughes, Ezra Pound, David Foster Wallace, Chuck Palahniuk, J. M. Coetzee, Donald Ray Pollock y un largo e impresionante etcétera) y guionista ocasional (suyo es el guión de Remake, de Roger Gual), Calvo debutó como narrador en 2001, con la recopilación de lisérgicos relatos Risas enlatadas, a la que siguió su primera novela, El dios reflectante (2003). En 2005 volvió a los cuentos, con la brillante Los ríos perdidos de Londres, y dos años después publicó la novela que lo llevaría a organizar lecturas en librerías norteamericanas: Mundo maravilloso. Traducida al inglés, al francés, al alemán y al italiano, y publicada, con un enorme éxito de crítica, en otros tantos países, la novela fue finalista del Premio Fundación José Manuel Lara en 2008, y relanzó al autor, que sus contemporáneos habían vinculado sin su consentimiento a la llamada Generación Nocilla, situándolo en un nuevo escenario, el de la mejor y más personal narrativa española de los últimos años. En esa línea apuntaba su anterior trabajo, Corona de flores, novela en la que el espíritu zapping de sus primeras obras dio paso a un entramado dickensiano narrado con un envidiable (y siempre muy propio) pulso narrativo. Pulso con el que también está construido El jardín colgante, novela en la que Calvo alcanza una nueva cima en su narrativa, propia de un narrador en mayúsculas.
Su obra
Todo empezó con Risas enlatadas. Corría el año 2001 y Javier Calvo debutaba con cinco relatos emparentados (desde el arranque, el primero de la colección se titulaba «Arco iris de levedad») sobre todo con la literatura posmoderna norteamericana (ya por entonces era traductor de David Foster Wallace). Los relatos tenían que ver con quemas de libros en programas de televisión y con crías que mataban a su padre, lo encerraban en un congelador y se iban a vivir del arte a Londres. El volumen fue acogido con entusiasmo por la crítica, que dijo cosas como: «Los adjetivos que me sugiere el estilo de Javier Calvo son: solidez, elegancia, pulcritud, sentido práctico y mucha técnica que no utiliza a su favor, sino a favor del relato, es decir, que no busca deslumbrar con el cómo sino con el qué» (Lluís Llort, Avui).
Dos años después, Calvo se atrevió con su primera novela, El dios reflectante, y se convirtió en «ese libro con personalidad propia que se puede consolidar como emblema en los nuevos tiempos», en palabras de Toni Iturbe, de Qué Leer. En El dios reflectante, Javier Calvo componía su primera, siniestra y fragmentaria sinfonía literaria, colocando en el centro de la trama a un tal Matsuhiro Takei, ex niño prodigio, cineasta de culto y superviviente de una infancia a la sombra del llamado «Salinger japonés», cuya segunda película, de título absurdo, Estupidez terminal, a todas luces una futura joya del cine de artes marciales, va a ser modificada por todo aquel que se cruce en su camino.
En 2005, Calvo volvió a los cuentos, aunque compuso un volumen tan particular que, una vez acabado, el lector no sabía si considerarlo novela o prodigiosa mini antología. ¿Su título? Los ríos perdidos de Londres. El relato que daba título al volumen arrancaba en un almacén de especias abandonado al este de la City de Londres. Y las protagonistas eran dos adolescentes moribundas que decían haber matado a una dama de la alta sociedad. El inspector de Scotland Yard encargado del caso se veía obligado a viajar atrás en el tiempo para adentrarse en la Sociedad Científica Arthur Travers de Belgravia, una sociedad de magos victorianos cuyas enseñanzas guardaban relación con los ríos desaparecidos de la ciudad. Y con una extraña dama a la que nadie más puede ver y que aparece con el viento del Este.
En 2007, Javier Calvo publicó la primera novela que sería traducida a más de una lengua y que entusiasmaría al mismísimo Clive Barker: Mundo maravilloso. La historia de un robo a traición que arranca en las oficinas de Barcelona de Lorenzo Giraut Inc., en las que su hijo, Lucas, discute con Bocanegra, propietario de la sala de fiestas El Lado Oscuro de la Luna y de un puñado de inquietantes abrigos de mujer. Una historia de hijos sin padres. De madres de rostro reconstruido. De niñas solitarias que se convierten en las Principales Expertas Europeas en la Obra de Stephen King. Novela monstruosa y a la vez dolorosamente cercana, Mundo maravilloso resultó finalista del prestigioso Premio Fundación José Manuel Lara y consiguió catapultar a Calvo más allá de nuestras fronteras.
Y tres años después, llegó Corona de flores (2010), la historia del temible Asesino de la Esperanza, que tantos quebraderos de cabeza les da al diminuto inspector Semproni de Paula y al anatomista agorafóbico y fotofóbico Menelaus Roca, de la que Rosa Mora, de El País, dijo: «puede ser policiaca y también gótica. En cualquier caso, es una historia apasionante sobre el nacimiento de la Barcelona moderna.» Un relato de horror esotérico y alucinante ambientado en la Barcelona del siglo XIX que fue Premio a la Mejor Primera Novela Negra de la Semana Negra de Gijón y que, en palabras de Ricard Ruiz, de El Periódico, marcó «un punto de inflexión en la carrera de Javier Calvo.»
Entre Corona de flores y El jardín colgante, Javier Calvo publicó una poderosísima nouvelle sobre una adolescente problemática que sale del correccional para pasar las navidades en casa: Suomenlinna (2010). De ella, se dijo en Qué Leer que aparecía «como una deliciosa y perturbadora canción punk, perfecta en sus tres minutos de duración, de maneras hipnóticas y ecos ricos en asociaciones.»
Y, por último, El jardín colgante. Un sombrío, adictivo y deslumbrante policial, con meteorito (y un monstruoso desencanto) de fondo, que no hace más que confirmar que la voz de Calvo, marcadamente fragmentaria en sus inicios, posee hoy la sólida y potente singularidad de los grandes.
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