Orinar en París

Por: Ricardo Galán.—

Uno de los grandes problemas de la humanidad, especialmente de aquella que vive en grandes ciudades es esa detestable costumbre de los hombres de orinar en la calle. Orinamos debajo de los puentes, en callejones, parques, muros o contra el árbol de la esquina dejando a  nuestro paso un olor insoportable. 

Los gobiernos citadinos han probado toda suerte de estrategias para evitarlo, pero desde 1830, cuando Paris instaló los primeros baños públicos creyendo haber encontrado la solución al problema, han perdido la batalla.

Nadie usas los baños públicos, cuando los hay, porque los peatones los consideran inseguros y sucios.  O porque, dicen, están muy lejos de donde los acosa la necesidad. 

Tampoco han servido las multas a quienes sean sorprendidos infraganti, porque está el inconveniente de que no tener policías suficientes para imponerlas y porque no hay caso conocido de alguien que la haya aceptado y pagado.

En Bogotá, la ciudad en donde yo vivo, existen normas que obligan a establecimientos como parqueaderos, restaurantes y cafés a ofrecer el servicio de baño público. 

Las tiendas de barrio, especialmente aquellas en dónde junto a la leche y los huevos para el desayuno venden cerveza, tienen la obligación de tener a disposición de su sedienta clientela por lo menos un orinal. Orden que no todos cumplen porque implica introducir el mal olor a sus locales y asumir un costo adicional que no va incluido en el precio de la cerveza.

Los Centros Comerciales hacen un gran aporte a la solución de nuestra necesidad urinaria instalando cada vez más robustas y sofisticadas baterías de sanitarios públicos… En algunos pocos cobran por el acceso, como una forma de financiar su mantenimiento al tiempo que generan uno o dos empleos.

Pero siguen siendo una solución lejana al peatón que, por otra mala costumbre, suele dejar todo para última hora lo que en el tema que nos ocupa, ocurre cuando siente que está a punto de reventar.

Pero desde la muy culta y ensoñadora de Paris parece llegarnos la solución.. Se trata de los Ecoindoros, cuyo diseño con doble propósito empieza a llamar la atención de los parisinos y los gobiernos y peatones de otras ciudades del mundo. 

En un último intento por ganar la batalla contra el mal olor, la Alcaldía del lujos barrio de Ile St. Louis, a orillas del Sena, acaba de instalar, sin hacer mucho ruido, tres “Eco-inodoros”  que además de suministrarle  a los hombres un sitio “a la mano” para evacuar aprovecha la cualidades fertilizantes de la orina para regar las flores… Si, las flores…

Pero no gustaron… 

Parecidos a un buzón gigante de correo, pintados de rojo Marlboro y con un banderín que los identifica de manera gráfica, muy gráfica a decir verdad, los mingitorios de Paris molestaron en grado sumo a las señoras… 

A ellas, que nunca han entendido porque si ellas pueden aguantar, nosotros no. las pareció de quinta la idea. “No son muy bonitos”, “No entiendo por qué los ponen aquí,” “Podrían haberlos escondido” alegan las damas…

Y pueden tener razón.. Les molestan básicamente dos cosas… El tamaño, son como de un metro con 20 de altos, parecidos a una inmensa papelera metálica rectangular y pintados de un muy llamativo color rojo que parece invitar a ver, en lugar de disimular esa e inconfundible a la vista postura de un hombre al orinar. Y todo en plena acera, a la vista de todo el mundo y con el Río Sena de fondo..

La explicación es que, para aprovechar el efecto fertilizante de la orina, hay que ubicarlos cerca a las plantas y para evitar la mala puntería, causa comprobada y real del mal olor, se necesita ese diseño en forma de buzón..

Para la influyente bloguera, Kevhoney Fautra la idea de poner a los hombres a orinar en una caja llena de paja en lugar de en la calle, es buena, solo que mal ejecutada. 

“Es mucho mejor que los malos olores en todas partes”, dice Fautra. “Pero no está bien hecho, es agresivo. El color rojo hace que se destaque demasiado “.

Habitantes del barrio quieren que los orinales sean retirados, pero el alcalde de la localidad, Ariel Weil defiende su iniciativa. Dice que si bien el diseño requiere un poco de “ajuste fino” la ubicación se mantendrá.

“Así no tengo quejas todo el tiempo sobre personas que orinan en los puentes y en las paredes,” “Orinar en la calle es un problema real” concluyó.

Orinar en Paris, digo yo, podrá ser el principio del fin al problema que generamos los hombres por esa inexplicable incapacidad nuestra de aguantar.

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