Por: Ricardo Galán.—

Mi primer contacto con ellas fue un viernes a la hora del almuerzo. Habíamos salido de la escuela un poco más temprano de la escuela porque la profesora Anatilde estaba enferma y el director Ballén estaba desesperado con el ruido que hacíamos los de tercero de primaria.

Cuando a uno lo sueltan temprano de clases en el último sitio que piensa para aprovechar esas preciosas horas de libertad es en la casa. Así que a la pregunta y ¿ahora qué hacemos? se escuchó la voz de Toño que gritaba caigámosle a la Señora de las Empanadas. 

La Señora de las Empanadas. Era legendaria en nuestra escuela, José Celestino Mutis en pleno Centro de Bogotá, a un cuadra de la Casa de Nariño y a dos de la Alcaldía. Era muy bajita, algo pasada de kilos, un par de trenzas, un delantal rojo y una risa contagiosa. 

Toño era su cliente desde una mañana en que lo dejaron por fuera de la escuela hasta la hora del recreo porque llegó tarde. Mientras esperaba poder entrar apareció ella con su canasto repleto de unas empanadas que cubría con un pedazo de mantel de tela a cuadros rojos y blancos y del que colgaban un antiguo frasco de mermelada repleto de ají y una cucharita de palo.

¿Empanadas! ¡Empanadas! Subía gritando por la calle 8 desde la carrera décima rumbo a una obra que había en la esquina y de que la religiosamente salían a las 9 de la mañana los obreros a devorar el contenido del canasto. A eso lo llamábamos medias nueves en Bogotá.

Nunca supe su nombre. En realidad no importaba. Para nosotros era simplemente “la Señora de las Empanadas”. La única que conocíamos y que nos hacía felices con esas delicias que brotaban de su canasto, así de vez en cuando el ají le quedara más picante de lo habitual.

No sé qué habrá sido de la vida de la Señora de las Empanadas. Pero la recordaré siempre porque me permitió descubrir una de las delicias culinarias de este país de sobrevivientes: la empanada. Una mezcla de harina, arroz, carne, pollo, huevo, arvejas y papa en distintas combinaciones que, acompañadas de un buen ají y una gaseosa, han cumplido durante décadas la doble función de calmar el hambre a varias generaciones de colombianos y servir de sustento a miles de familias cuyas madres generalmente aprovechan su buena sazón para combatir a la pobreza y el desempleo.

Después de esa Señora de las Empanadas de la Escuela Mutis he conocido a cientos de mujeres a quienes como a ella sus clientes identificamos así, como la Señora de las Empanadas. Se encuentran en todas partes. A la salida de grandes complejos de oficinas. Afuera de universidades y colegios. En los parques. A la salida del Estadio. En la ciclovía. En los peajes. Por lo general van caminando y ofreciendo sus delicias. ¡Empanadas! ¡Empanadas!

La Señora de las Empanada son una institución colombiana. Un símbolo patrio. Un ícono de nuestra cultura. Una prueba irrefutable de la determinación de nuestras mujeres para sacar adelante a sus hijos y a sus familias contra toda adversidad. 

Armadas con sus canastos, sus delantales vistosos, sus frascos de mermelada, sus cucharitas de palo y su conversación han sobrevivido a la competencia de empresas nacionales y extranjeras que han construido fabricas con sofisticadas líneas de producción. Han enfrentado con éxito rotundo la competencia de la arepa y el perro caliente. El marketing negativo de las Secretarías de Salud y las oficinas de Sanidad en veredas, pueblos y veredas.

Las Señoras de las Empanadas muy seguramente saldrán ilesas de esa nueva amenaza que se cierne contra su supervivencia esta vez decretada por quienes nunca se han acordado de ellas para darles seguridad social, un trabajo o un sitio decente para ejercer su oficio. Las fuertes multas que les  impone un Código de Policía que da igual tratamiento a un jíbaro, a un proxeneta, a un revendedor de celulares robados o a un contrabandista al por menor. Actividades todas que usan el espacio público.

La Señora de las Empanadas sobrevivirá una vez más porque sus clientes siempre estaremos dispuestos a correr el riesgo de comernos una deliciosa empanada callejera así el ají esté muy picante o se haya acabado antes de tiempo. 

Mi gratitud eterna con esa inolvidable Señora de las Empanadas que siempre nos esperaba a la salida de las escuela con su canasto tibio, su frasco con ají y esa cucharita de palo. Empanadas que nos comíamos a mano limpia porque a ella no le alcanzaba para las servilletas.

Dios la tenga en su gloria.

 

Comparte: