La mula atravesada

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Los arrieros de antes tenían una respuesta para quienes los miraban por encima del hombro:

—Déjelo, déjelo… ya habrá oportunidad de atravesarle la mula.

Y la oportunidad casi siempre llegaba. Más adelante, en una trocha estrecha, el mismo personaje que los había despreciado les pedía permiso para pasar o les encargaba un favor, “ya que usted va para allá”.

Entonces, sin discutir y sin levantar la voz, el arriero atravesaba la mula. O simplemente seguía su camino.

La historia puede servirles a algunos que ya andan inflados por un poder que todavía no tienen y se dan el lujo de hacerle el feo al dueño de una buena recua.

Conviene recordar que el poder también transita por trochas estrechas. Y que hasta la manada más organizada puede dispersarse cuando, en plena estampida, alguien le atraviesa una mula.

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editorgeneral
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Periodista | Libreta de Apuntes

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