La guerrilla urbana está de regreso

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Días antes de la votación del plebiscito por la paz y cuando en las calles era evidente ganaría el NO el entonces presidente de la República, Juan Manuel Santos nos advirtió palabra más, palabra menos, que si el Acuerdo de Paz con las Farc no era avalado la guerrilla traería la guerra a las ciudades.

Quienes lo escuchamos creímos que se trataba de una amenaza producto del desespero ante una derrota inminente. Nos equivocamos. No era una amenaza, era un aviso que no valoramos en sus justas proporciones.

A pesar del triunfo del No en el plebiscito el Acuerdo se firmó y las Farc, fieles a su principio fundacional del utilizar todas las formas de lucha, nos trajeron la guerra a las ciudades.

En realidad no se trata de un fenómeno político novedoso, sino el regreso del uso del terrorismo y la violencia urbanos como herramienta de lucha política que se impuso en la década de los 70’s del Siglo 20.

Una práctica que utilizaron en Europa organizaciones como el IRA, de Irlanda, la ETA, en España, Baader-Meinhof y el Ejército Rojo, en Alemania y las Brigadas Rojas en Italia y que copiaron en Latinoamérica Los Montoneros en Argentina, Los Tupamaros en Uruguay, Los Sandinistas en Nicaragua y en Colombia el M-19.

Hoy todos desaparecidos como consecuencia de la represión de sus gobiernos, la firma de procesos de paz, como el M-19 en Colombia o por simple fracaso político. Sobreviven algunos estertores hoy convertidos en dictaduras peores a las que decían combatir como Daniel Ortega en Nicaragua.

En los 70’s el objetivo era aprovechar la cobertura en vivo y en directo de los medios de comunicación, especialmente la televisión, para “hacerse escuchar” llamando la atención mediante el secuestro y asesinato de ministros y importantes, el secuestro de aviones o la toma de rehenes en bancos o edificios gubernamentales y sedes diplomáticas para generar miedo en la ciudadanía y poner contra la pared a los gobiernos que no tenían alternativa distinta a satisfacer sus demandas por exageradas que fueran.

En Colombia fueros famosos el secuestro y asesinato del líder sindical, José Raquel Mercado, la toma de la Embajada de la República Dominicana, el robo de la espada de Bolívar, el robo de armas al Cantón del Ejército en Bogotá y la toma a sangre y fuego del Palacio de Justicia episodios todos por parte del M-19.

Hasta que los gobiernos y las sociedades entendieron que, además de perseguir y dar de baja o llevar a la cárcel a los terroristas también había que cortar sus fuentes de financiamiento, la corbeta mediática y, por supuesto, no ceder a sus pretensiones por doloroso que resultara para las víctimas y sus familias.

Hoy 50 años después, el fenómeno de las guerrillas urbanas reaparece bajo el nombre de “Primera Línea” en Latinoamérica. Chile fue en donde hicieron su reaparición con la destrucción del Metro, los saqueos, el incendio de edificios públicos y privados ataques que todos vimos en vivo por las redes sociales y a los calificamos simplemente como vandalismo.

En Perú, por la misma época, empezó a hacerse notorio que detrás de esas, en apariencia, protestas ciudadanas había algo más. Planeación y definición clara de objetivos significativos, organización política, logística y financiera. Línea y unidad de mando. Estrategia de comunicación.

Durante los disturbios en Ecuador ya fue evidente la preparación militar de la llamada Primera Línea. En algunos medios y círculos políticos empezó a llamar la atención la capacidad financiera y organizacional de las protestas. En la televisión se vieron imágenes de manifestantes que respondían a la Policía Antimotines en estricta formación militar.

Por esos días se especuló con que la organización, entrenamiento y financiación de los paros y protestas venían desde Venezuela. Pero quienes se percataron de lo que en realidad estaba pasando seguían hablando en voz baja.

Hasta que las protestas llegaron a Colombia unos pocos meses antes de la pandemia. Las primeras escaramuzas mostraron las mismas características, ataques a edificios públicos como la sede el Icetex, destrucción de buses y estaciones del Transmilenio para el caso de Bogotá y, quizá lo más novedoso, uso de las redes sociales como Twitter y WhatsApp para sembrar pánico en la población. ¿Se acuerdan de los famosos videos según los cuales los manifestantes se tomaban unidades residenciales y edificios de apartamentos? A eso me refiero.

La pandemia calmó las cosas en las calles, pero evidentemente les sirvió a quienes están detrás para pulir sus tácticas y estrategias, reclutar o reenganchar combatientes y recaudar la información necesaria para cuando llegara el momento.

Aunque en las escaramuzas de noviembre de 2019 ya se veía venir que unos de los objetivos de los organizadores de las marchas y las protestas era controlar la información a partir de 28 de abril, cuando hicieron sus debut oficial en Colombia las nuevas guerrillas urbanas, no hubo duda al respecto.

Lo primero que hicieron los manifestantes fue dejarle en claro a los medios de comunicación y sus periodistas que no eran bienvenidos. Dijeran lo que dijeran, hicieran lo que hicieran no se permitiría la cobertura de los medios de comunicación tradicionales.

La explicación es simple. A diferencias de sus antecesores los guerrilleros urbanos de los 70’s, los terroristas de hoy no necesitan a la radio y la televisión para llenar de miedo a la población. Para eso tienen las redes sociales. Quién controle lo que se publique en Twitter, Facebook, YouTube o WhatsApp tiene ganada la guerra.

Y a fe que la van ganando. Los medios aceptaron la censura impuesta por los organizadores del Paro Nacional. Replegaron periodistas, cámaras y antenas a terrazas  de edificios alejados del lugar de los enfrentamientos y se conformaron con usar de corresponsales a “ciudadanos espontáneos y desinteresados” que pasaban por ahí justo cuando un agente del Esmad golpeaba a un manifestante y aprovechaba para transmitirlo en directo, sin preocuparse por averiguar qué había pasado antes o que pasaría después.

Así las cosas, la información de los medios termina controlada por los manifestantes y sus estratégicamente bien ubicadas cámaras de video o celular.

Censura y manipulación “On Live” para beneplácito de políticos convencidos de que, como no pueden seguir engañando incautos con los inexistentes logros y beneficios del “Socialismo del Siglo XXI” se vale acudir al terrorismo para llenarlos de miedo como han hecho desde siempre en esas inmensas zonas rurales abandonadas a su suerte por un Estado ineficiente y corrupto que prefiere mirar hacia otro lado cuando el control se sale de sus manos.

Señoras y Señores. Las guerrillas urbanas están de regreso. Bien entrenadas. Bien financiadas. Bien adoctrinadas. Con una estrategia inteligente, apoyo nacional e internacional.

Amparadas por sistemas de justicias banales y gobiernos ineficientes. Favorecidas por organismos de inteligencia acorralados y acobardados.

El terrorismo urbano está de regreso. Si es que alguna vez se fue.

¿Quién podrá defendernos? Nadie distinto a nosotros mismos.

Estamos en vísperas de unas nuevas elecciones. Esta vez la llegada de la guerra a la ciudades no es una amenaza, es una realidad. Un lobo que apenas asoma sus narices. De nosotros depende evitar que nos devore.

¡Pilas pues!

PD

Después de escrito este post me enteré que la senadora Paloma Valencia presentará al Congreso de la República una ley que prohíbe darle reconocimiento político a la violencia y el terrorismo. Desde sus orígenes las guerrillas urbanas siempre han alegado actuar por razones políticas y acudir a la violencia como último recurso.

 

 

 

 

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