Cancha maquillada y penalti salvador: Millonarios 1 – Águilas 0

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Por: Ricardo Galán

Por momentos, el estadio El Campín parecía más un escenario de suspenso que un templo del fútbol.

Llegamos a la tribuna de prensa con una duda que flotaba en el aire como la humedad bogotana después del aguacero: ¿la cancha iba a aguantar o no? Después del receso, después de la promesa del concesionario, después de los discursos sobre recuperación y mejora.

A primera vista se veía bien. Muy bien. Pero en Bogotá ya sabemos leer entre líneas. Y también entre charcos.

Porque el aguacero de la tarde había inundado media ciudad. Y si la ciudad colapsó, ¿por qué el césped habría de resistir?

La respuesta empezó a aparecer lentamente, como se revelan las verdades incómodas: con el paso de los minutos, el verde impecable comenzó a mostrar baches, parches y cicatrices. Una cancha maquillada. Pintada. Disfrazada para la cámara. Un colega lo dijo con brutal honestidad: “la pintaron para que se viera bonita en las fotos”.

Tenía razón.

Y lo peor: no era solo estética. Era una metáfora.


Un Millonarios con nueva actitud… pero sin ideas

La noche tenía otra novedad importante: el debut de Fabián Bustos en Bogotá. Ya había dirigido en Cali, pero esta era su primera prueba en El Campín, donde el fútbol se mide distinto: no solo por el rival, sino por la presión, el ruido, la memoria y la exigencia.

Desde el inicio se percibió un cambio en el equipo. No necesariamente en el juego, pero sí en el lenguaje corporal: más intención de atacar, más deseo de ir al frente, especialmente con jugadores como Sarabia, más activo, más vertical, más atrevido.

Pero a los pocos minutos se volvió evidente el mismo problema que Millonarios arrastra hace meses:

no hay un mediocampista creativo que ponga orden.

El equipo tocaba y tocaba, era dueño del balón, del terreno, del ritmo… pero no del peligro.


El partido donde las dudas siempre caen del mismo lado

En el minuto 9, una jugada en el área de Águilas pareció penalti. En la tribuna, el gesto fue automático: manos al aire, reclamo inmediato, indignación instantánea.

Pero el árbitro siguió como si nada.

Y ahí apareció la sensación que en Millonarios ya es casi tradición: cualquier duda se resuelve en contra.

Lo repetimos en voz baja en la tribuna, como se repiten los lamentos de una hinchada vieja: “otra vez el cuentico”.

Minuto 29: mano clara de Águilas frente al árbitro. Nada.

Minuto 33: Castro cae en el área en una jugada confusa. Los jugadores piden penalti. El árbitro parece perdido. Termina revisando en el VAR.

Y el resultado es desconcertante: no penalti.

Ni siquiera esquina.

Saque de arco.

Rarísimo.


La otra historia: Águilas y el arte de perder tiempo

Águilas Doradas —o como muchos en la tribuna ya los llaman con desprecio: “Águilas de ninguna parte”— no vino a jugar un partido de fútbol. Vino a hacer lo que sabe hacer: enredar, provocar, frenar, confundir.

Su arquero, Arboleda, fue el gran símbolo de esa estrategia. Perdía tiempo con descaro, con la tranquilidad de quien sabe que el árbitro lo tolera. Y provocaba a la tribuna como si el partido dependiera más del show que del marcador.

La hinchada se desesperaba. Chiflaba. Insultaba. Y Millonarios, en lugar de reaccionar, parecía contagiarse de esa distracción.

En el fútbol colombiano, perder tiempo se volvió una cultura. Y eso es grave. Porque no es picardía: es mediocridad institucionalizada.


El miedo de Millonarios al choque

Hubo algo más que me quedó rondando toda la noche: Millonarios juega con miedo.

Miedo al choque.

Miedo a arriesgar.

Miedo a romper líneas.

Miedo a lesionarse.

Miedo al árbitro.

Miedo a equivocarse.

En varias jugadas, los jugadores prefirieron dejar pasar el balón antes que disputar un duelo. Y ese miedo es contagioso: se transmite a la tribuna, que empieza a sentir que su equipo juega como si estuviera pidiendo permiso.

La hinchada no perdona eso. Y con razón.


Carlos Darwin Quintero y la camiseta pesada

En la tribuna se notaba: Carlos Darwin Quintero no conecta con la hinchada.

No es solo el rendimiento. Es la actitud, la sensación de desgano, la falta de energía. A ratos parecía desconectado del partido, como si el frío bogotano lo estuviera derrotando antes que el rival.

Y cuando un jugador parece no intentar, el estadio lo detecta. Y lo castiga.


El negocio escondido: el internet de la tribuna de prensa

En el entretiempo apareció una historia que también merece contarse.

El internet del estadio —según colegas periodistas— es tan malo que hay una solución “oficial”: pagar un servicio premium por partido.

$ 89.000 por la conectividad. Por partido.

Un negocio redondo.

Una jugada pequeña, pero simbólica. Porque en Colombia a veces todo funciona así: no se cumple lo básico, pero se cobra por lo que debería estar garantizado.

Y eso, en el periodismo, no se puede normalizar.


Falcao calienta… y el estadio cambia de temperatura

Mientras algunos operarios revisaban sectores específicos del campo, tratando de drenar agua y evaluar el estado del césped, apareció la imagen que cambió el ánimo de El Campín:

Radamel Falcao García calentando en el área norte.

La sola presencia alteró el ambiente. Porque Falcao no es solo un jugador: es una promesa emocional. Un símbolo de que, a pesar de todo, aún se puede creer.

Y entonces llegó el cambio: Falcao entró para el segundo tiempo.

Millonarios, sin resolver su problema estructural en el medio campo, decidió apostar por algo distinto: tres centrodelanteros en cancha. Tres goleadores.

Una idea desesperada.

Pero lógica.

Porque si no hay fútbol, por lo menos hay fe.


El penalti y el momento que cambia la noche

Minuto 53: otra jugada confusa.

Otra vez el VAR.

Otra vez la sensación de que el partido está en manos de una pantalla más que de un árbitro.

Y esta vez, sí: penalti para Millonarios.

Falcao tomó el balón.

Arboleda hizo su show. Provocó, gritó, distrajo.

La tribuna hervía.

Y ahí apareció lo que diferencia a un jugador normal de un jugador grande: Falcao no entró en el juego psicológico.

Cobró.

Gol.

Minuto 54.

Y por primera vez en mucho tiempo, El Campín respiró.


Un gol que fue más que un gol

Ese gol no solo valía tres puntos. Valía un cambio de ánimo. Un respiro. Un giro simbólico.

Lo digo sin exagerar: fue un gol que parecía inaugurar el año.

Porque Millonarios llevaba seis fechas sin ganar, con una sensación de equipo extraviado, sin identidad, sin confianza, sin fútbol.

El gol fue el primer punto de apoyo para empezar a reconstruir.

Y lo más bonito fue ver el cierre: jugadores abrazando a Falcao, tribuna cantando, hinchas celebrando como si no fuera un penalti, sino una victoria histórica.


Los últimos minutos: sufrimiento colombiano

Después del gol, Bustos decidió replegar el equipo.

Entiendo la lógica: asegurar la victoria.

Pero el costo fue alto: Millonarios quedó demasiado atrás demasiado temprano. Y en Colombia eso es casi una invitación al caos.

Águilas, como era de esperarse, se dedicó a presionar al árbitro, a reclamar, a dramatizar. Y el árbitro, como también era previsible, permitió demasiado.

Hubo amarillas discutibles.

Hubo siete minutos de adición.

Hubo nerviosismo.

Hubo el clásico sufrimiento azul.

Y al final, cuando sonó el pitazo, lo que quedó fue una sensación contradictoria: alivio por la victoria, pero también preocupación por todo lo que sigue igual.


Victoria sufrida, pero luz al final del túnel

Millonarios ganó.

Ganó por lo mínimo.

Ganó con angustia.

Ganó con una cancha que se nota maquillada.

Ganó con un arbitraje que dejó dudas.

Ganó con un equipo todavía lento y sin creatividad.

Pero ganó.

Y a veces, en el fútbol, la victoria es el único argumento para empezar a corregir.

Falcao fue el hombre del partido. No solo por el gol. Por la presencia. Por el liderazgo. Por el mensaje.

Después del pitazo, incluso hubo hinchas esperando para aplaudirlo. Un recogebolas le pidió una foto y Falcao accedió, como quien entiende que su papel no es solo deportivo, sino simbólico.

Millonarios se fue con tres puntos.

Y yo también.

Feliz.

Porque, por fin, vi un gol de Falcao en El Campín.

Y porque, aunque falte muchísimo, por primera vez en semanas se asomó una idea peligrosa para los rivales: que Millonarios podría estar despertando.

El sábado volvemos aquí.

Y ojalá no sea solo maquillaje.

Bustos consiguió lo urgente: ganar. Ahora viene lo difícil: construir. Sin un mediocampista que ponga orden, el equipo seguirá tocando mucho y creando poco. Con Falcao, al menos, hay una referencia clara. Pero el fútbol no se sostiene solo con nombres.

Oído al tambor.

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