Por: FERNANDO SALGADO QUINTERO MD MSc.*
Cuando el ruido de los agravios satura el espacio público, la sensatez no es solo una virtud, sino el único escudo capaz de preservar el porvenir de la república. Fernando Salgado Quintero
La actual campaña presidencial nos sumerge en una atmósfera densa, un escenario saturado de agravios donde la voracidad de las redes sociales amplifica millones de mensajes falsos, hirientes e irrespetuosos que desdibujan el verdadero sentido del servicio público.
Nos enfrentamos a la preocupante tendencia de atacar al contradictor a toda costa, degradando el ejercicio de la política y sustituyendo los argumentos por una preocupante estolidez que nubla el entendimiento colectivo.
Esta realidad evoca con fuerza las advertencias de José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, cuando señalaba los riesgos de la homogeneización y la pérdida de la deliberación calificada, advirtiendo que la homogeneidad masa es la que sufre la violencia de los tópicos y la que se deja arrastrar por las pasiones más bajas.
Frente a este panorama, surge la imperiosa necesidad de rescatar la ecuanimidad como la máxima guía de nuestro comportamiento ciudadano.
Al igual que una gran mayoría silenciosa que observa con preocupación el rumbo del país, mantenemos la firme convicción de que la nación, libre de odios y con profunda templanza, sabrá elegir la opción que defienda con rigor la institucionalidad, la democracia, el Estado de derecho y la Constitución de 1991.
No se trata simplemente de un proceso electoral coyuntural, sino de la preservación indispensable de los pilares que sostienen a la república, un imperativo que exige blindar la independencia de poderes como garantía última contra las arbitrariedades y salvaguarda de nuestras libertades fundamentales.
El verdadero desafío contemporáneo radica en devolverle a la política la altura y el debate de ideas que un día la caracterizaron, entendiendo que el respeto por las convicciones ajenas no es una debilidad, sino el fundamento central sobre el cual se edifica una sociedad pluralista.
Debemos mirar hacia referentes de auténtica estatura moral y académica, como José Manuel Restrepo, un verdadero estadista que siempre ha buscado extraer la discusión de los ataques mezquinos y los personalismos estériles, para retornarla a su cauce natural, la dialéctica, la argumentación rigurosa y la búsqueda genuina del bien común.
En este sentido, la deliberación informada y el respeto mutuo se constituyen en una condición sine qua non para tramitar las legítimas diferencias de una sociedad diversa sin caer en las trampas de la descalificación sistemática. La salud de una democracia, como recordaba el célebre pensador francés Alexis de Tocqueville, se mide precisamente por la calidad de su debate público y el respeto a sus instituciones, una premisa que hoy nos obliga a repensar el diseño y la implementación de las grandes reformas estructurales que el país reclama en sectores críticos como la seguridad social y la salud.
Estas transformaciones no pueden ser el resultado de la imposición o del revanchismo ideológico, sino el fruto de un consenso técnico y patriótico que priorice la equidad social y la eficiencia sostenible, asegurando que cada política pública responda a las necesidades reales de las regiones y no a la polarización del centro.
Asimismo, es imposible analizar nuestra realidad interna sin levantar la mirada hacia el entorno global, pues la geopolítica contemporánea demuestra que las naciones que descuidan su estabilidad institucional terminan rezagadas en los flujos del desarrollo económico y la cooperación internacional.
Para retomar el norte del crecimiento y garantizar un desarrollo sostenible y sustentable, Colombia requiere urgentemente recuperar la confianza inversionista y la seguridad jurídica, factores que solo se consolidan cuando las reglas del juego son claras y las instituciones democráticas se muestran fuertes e independientes.
Este propósito nacional exige silenciar de una vez por todas el ruido de los agravios personales para escuchar la fuerza de las propuestas viables y los argumentos sustentados. El llamado urgente es a elevar el tono del discurso, a proscribir el insulto del escenario público y a comprender, de manera definitiva, que la democracia no se construye destruyendo al oponente ni vulnerando sus preferencias étnicas, religiosas o de pensamiento, sino fortaleciendo las instituciones legítimas que nos cobijan a todos.
Al final del camino, la verdadera grandeza de un estadista no se mide por la estridencia de su voz ni por su capacidad de fracturar a la sociedad, sino por su lucidez para edificar consensos estables sobre los cuales las futuras generaciones puedan progresar en paz.
*Fernando Salgado Quintero MD MSc.
Médico Especialista y Magister en Medicina Tropical Especialista en Alta Dirección del Estado





Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.