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Una nueva ruta, respuesta a los economistas

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Por: Juan Carlos Echeverry 

En tiempos recientes se ha construido un diálogo entre un grupo numeroso de economistas que se ha traducido en un esfuerzo por escribir lo que podríamos llamar  el “Consenso de Bogotá”. La agenda contempla una propuesta de crecimiento, crear  un nuevo “contrato social”, consistente en reformas de pensiones, mercado laboral,  gasto público, tributación, entre otros temas. Este grupo de economistas dirigió una  carta a los pre-candidatos presidenciales. Lauchlin Currie decía que cuando los  economistas colombianos se ponen de acuerdo en algo, hay que tener cuidado. A  continuación, expreso mis personales reservas frente a este “consenso”.  

Crecimiento 

La propuesta sobre crecimiento se basa en una serie de multiplicadores aplicados a un grupo de reformas consideradas indispensables. En el pasado hemos aprobado muchas reformas en el congreso con trascendencia e impacto, y no se ha observado  el impacto sobre crecimiento que se derivaría de esos multiplicadores. Esto lleva a  pensar que no es acertado suponer un efecto mecánico hacia el crecimiento de una  agenda reformista. Se necesita mucho más para que la economía crezca.  

Se debe ir más allá del enfoque reformista. Las multilaterales del Consenso de  Washington aconsejan a los gobiernos reformar esto y aquello. Lo seguimos haciendo  a lo largo y ancho de América Latina, y para asombro de Washington y de los  economistas, los países no crecen más. Por qué, entonces, insistir en multiplicadores  que no funcionan. 

La economía actual sucede básicamente en 49 municipios de Colombia donde hay  alto valor agregado. El los restantes, 1,073, ocurre muy poco valor agregado. Que los  49 municipios relativamente ricos prosperen y crezcan no parece ser suficiente. Se  necesita “crear” nueva economía en todo el territorio nacional, en especial en los de  bajo valor agregado. 

Esto requiere emplearnos a fondo en las provincias, con ofertas de vías, crédito,  centros logísticos de pos-cosecha y frío, aduana, tecnología, logística y reducción de  costos. Para esto hace falta mucho más que reformas y leyes. Se necesita una  transformación económica con apuestas regionales, sumada a un agresivo cambio en  la gerencia y la gestión estatal y gremial de identificación de potenciales milagros  regionales, apertura de mercados, asociatividad y apuestas competitivas. 

Para esto hay una coyuntura favorable: con la declinación gradual de los hidrocarburos  se abre la posibilidad de curar la enfermedad holandesa y genuinamente “crear” nueva  economía donde no la hay. La transformación de Ecopetrol nos enseñó que esos  cambios son posibles con una gestión intensa en el territorio, cambiando la cultura  empresarial y la disciplina operativa. Esto implicaría una transformación a fondo del  Estado actual, ineficaz, ombliguista, entorpecedor y centralista. 

Fuerza además una descentralización urgente para que las cosas sucedan en el  territorio y no en modelos de Bogotá. Se trata de bajar costos y ser capaces de  competir y de asociarnos con jugadores globales. La visión mecanicista de la  economía, en mi concepto, nos ha llevado a dejar que los modelos piensen por nosotros, con un análisis económico que no esclarece la raíz del problema, y orienta al  Estado a un enfoque reformista, insuficiente para Colombia y América Latina. 

Hemos despreciado el poder transformador de la gestión y desechado entender por  qué no funcionan las cosas en el terreno. No entendemos el terreno donde habitan, sin  empleo promisorio, diez millones de colombianos informales, muchos de ellos  dedicados al rebusque, y cinco millones de mujeres no conectadas a la economía de mercado. 

Contrato social, pensiones y mercado laboral 

Importantes representantes de este consenso han propuesto un “Nuevo Contrato  Social”, nombre de moda entre las multilaterales de Washington, consistente en  adoptar rentas básicas en Colombia; en mi concepto, sin tener con qué. Un par de pre candidatos presidenciales se subieron en esa ola. No entiendo cómo se propone  gastar de esa forma la plata de otros. Menos aún con una economía que sale de la  pandemia con un déficit fiscal cercano al 8% del PIB y un nivel de deuda pública cercano al 70% del PIB. 

La renta básica convertiría a millones de jóvenes y familias en dependientes del  estado, enviándoles la señal de que otros deben hacerse cargo de ellos. No es lo que  quieren los jóvenes, ni las poblaciones pobres de ciudades como Tumaco, que quieren  oportunidades y la capacidad de desarrollar vidas llenas de propósito, asumiendo  riesgos, con la posibilidad de éxito, fracaso y aprendizaje.  

La propuesta de pensiones dejaría a los colombianos con un sistema voluntario, difícil  de clasificar o implementar y una completa inseguridad en la vejez. Solucionaría el  efecto financiero y fiscal, pero al costo de eliminar el sistema de aseguramiento y  solidaridad. Cuesta trabajo entender cómo eso soluciona un problema pensional consistente en contratos firmados por tres generaciones de colombianos, respaldados  por sólida jurisprudencia y sucesivas reformas. Siento que no tendría acogida en el  Congreso por irreal y destructiva de los sistemas existentes. La solución no puede ser  acabar con los dos sistemas de pensiones actuales, y así terminar con el “problema  pensional”, por sustracción de materia. 

Se propone acabar las Cajas de Compensación y la cotización para el Sena.  Supuestamente porque eso generaría un sinnúmero de empleos. No compro esa  historia ni su sustento conceptual, que no pasa de ser aritmética sin economía. La  economía actual genera los empleos que son eficientes. Una disminución del X% en  los costos laborales no va a crear 10 millones de empleos, si no se da un cambio  sustancial en el volumen de negocios y la creación de economía en Colombia.  

El SENA y las Cajas de Compensación son instituciones que han funcionado y cuyos  problemas actuales hay que solucionar. Tienen una gobernanza novedosa, de  concertación y dan resultados. Un empresario colombiano en Trujillo, Perú, me dijo  que la diferencia entre los dos países era la labor formidable que hacían las Cajas de  Compensación en Colombia, una vez los trabajadores dejaban la planta de producción  y se iban a sus casas. En Perú, se quejó, no había tal cosa. Antes de destruir algo que  funciona, nos debiéramos preguntar con qué lo vamos a reemplazar. Estoy persuadido  que el Estado haría muy pobremente lo que hacen la Cajas. 

En el frente laboral, que ha estado en el centro de la controversia reciente, se presume  que la economía actual puede crear 10 millones de empleos formales, si solo los  salarios mínimos no crecieran o inclusive si cayeran. Nada más equivocado. La  formalización es una prioridad y pasa por modificar las normas laborales y tributarias, haciendo suaves y continuos escalones de las regulaciones que hoy son demasiado  altos y discretos, que crean incentivos perversos. 

Me detengo en el tema del aumento del salario mínimo del 2021. Su fijación debía partir no de los multiplicadores, sino de valorar el sufrimiento familiar de los últimos 18  meses, así como de las preocupantes noticias que llegan de Chile y Perú. Incluso de EE.UU. Tenemos una situación de ilegitimidad del sistema de mercado. La economía  sencillamente sólo funciona para unos pocos. De hecho, la celebración por el  crecimiento económico de 2021 deja de lado que es un crecimiento empresarial aún  ineficaz para cambiar la realidad de las 10 millones de familias más pobres. 

Un gesto como un aumento salarial de 2.5 puntos porcentuales por encima de la  inflación y el aumento de productividad, fue oportuno después del Covid, del  sufrimiento, la desesperanza y el descreimiento. Envió un mensaje de un capitalismo  generoso y solidario. Los propios empresarios lo respaldaron, al tiempo que muchos  economistas anunciaron un cataclismo. 

Se pone demasiada importancia a una sola variable, el salario, mientras somos  testigos de cómo muchos funcionarios estropean la producción en miles de empresas con trabas, regulaciones y mayores costos. Se consideran inamovibles muchos  contratos profundos como la energía, las carreteras, el crédito, los SSPP, los  impuestos, etc., con lo cual los salarios medio y mínimo terminan siendo las variables  de ajuste. Es una de las razones por las cuales el salario medio no sube.  

El argumento de que muchas cosas están indexadas al salario mínimo debiera llevar a  des-indexarlas, y no a poner una prohibición a subir el mínimo. China y Vietnam han  subido su salario mínimo en varios múltiplos en un período breve. La clave ha sido  aumentar el volumen de negocios y poner a sus economía continuamente a entrar en  nuevas actividades.  

Tributación  

Para adelantar la agenda de generosidad asociada con el llamado nuevo contrato  social, se propone ahogar a la economía en impuestos, recaudando hasta cuatro  puntos porcentuales adicionales del actual PIB. Esa fue en parte la inspiración de la  reforma tributaria rechazada en las calles, inspirada en recomendaciones de  Fedesarrollo, BM, BID, FMI y OCDE. El ministro del momento tuvo la valentía de  presentarla y defenderla. Muy pocos lo acompañaron cuando se desataron las  protestas. 

Dije en su momento que la reforma quitaba el 56% del ahorro de la clase media, justo  en el momento que las familias más lo no necesitaban. Me opuse abiertamente a esa  reforma tributaria por inoportuna. Es una verdad de a puño que la economía actual no  da para las tareas estatales inminentes. Debemos pensar cómo transformarla a fondo. Ahogarla en impuestos en lugar de transformarla me parece la receta equivocada. 

En síntesis 

Estoy convencido que, sin gestión en el terreno, realmente transformadora, las  reformas de pensiones, laboral, tributaria, gasto social, etc., no cambian de forma  eficaz lo que hace la gente y cómo lo hace. No es desde el Congreso como se  transforma a Colombia. Desde allá meramente se reforman textos y se tramitan leyes.

Lo que sucede en Nariño, El Cauca y el resto del litoral Pacífico, y los 1,073 municipios  de bajo valor agregado sobrepasa el limitado esquema con el que el Consenso de  Bogotá espera que pensemos al país.  

Mi diferencia más profunda con el Consenso de Bogotá es sobre el papel de las  llamadas “recomendaciones de política”: recetas, leyes, normas, estudios, etc. Para  explicar la diferencia usaré el símil de las recetas de cocina. Hay un asombro en  Colombia y América Latina de que la comida preparada con buenas recetas sabe mal  y alimenta poco. 

Olvidan que entre la receta y el sabor del plato preparado media la calidad del  cocinero. Un buen cocinero es riguroso en las proporciones de la receta, la mezcla en el orden y momento preciso, aplica la temperatura indicada, por el tiempo señalado, la  saca del fuego oportunamente y la sirve tal como especifica la receta. Esa es la  diferencia entre los buenos y malos restaurantes que venden la misma comida. Es el  chef, no la receta. Claro, un buen chef además innova y mejora la receta, pero no  entremos en eso.  

Es decir, las instrucciones de los economistas se traducen en transformaciones  adecuadas de la realidad económica y social si son aplicadas por una persona o grupo de personas suficientemente consistentes, persistentes, concienzudos, éticos y  dedicados, para garantizar que se dé el resultado esperado. 

La clave está en la calidad de los funcionarios, de los equipos de gobierno, la claridad  de su liderazgo, la consistencia en seguir un derrotero hasta obtener el resultado; la  agudeza para identificar desviaciones fatales y corregir el rumbo, la dedicación a  controlar que todos los equipos funciones hacia el mismo objetivo; el tiempo dedicado  a entrenar continuamente a los equipos para “cocinar bien” las políticas públicas; en  fin, hay muchas formas de malograr una buena política pública; y tal vez sólo una de  acertar. Esa, para mí, es en buena parte de la diferencia entre Alemania, Japón,  Corea, de un lado, y Colombia o América Latina, del otro. No tanto las recetas, sino los  cocineros. 

A eso me refiero con la palabra “gestión”, normalmente incomprendida y despreciada por la profesión económica. El ingrediente más importante de la gestión de un equipo  es contar con el liderazgo correcto, el chef, que gobierne bien la cocina. 

Los mejores ayudantes no funcionan sin el liderazgo correcto. Un liderazgo equivocado no sólo  escoge recetas inadecuadas, sino que pervierte inclusive las más oportunas y  sofisticadas. Las prescripciones de política económica son un recetario; la gestión y la  administración, en cambio, es el arte y la ciencia de dar resultados. De lo que trata  siempre, es de dar resultados. Buenos resultados. 

Respetuosamente y con humildad les he contado mis reservas sobre una serie de  propuestas que he leído y escuchado en años y meses recientes, que constituyen un  esfuerzo interesante por pensar al país, pero que no comparto por las razones  reseñadas. Una fortaleza de Colombia son estas discusiones de política pública.  Agradezco la carta a los pre-candidatos presidenciales, y espero con estas reflexiones  contribuir a un sano y oportuno debate de ideas y opiniones.

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